viernes, 19 de diciembre de 2014

La Paz y las guerras

Veinte siglos atrás, cuando llegó a nuestra tierra el Rey de Paz, el mundo tenía guerras por todos lados. Veinte siglos después, cuando nos acercamos a una nueva recordación de su primera venida, el mundo sigue con guerras.

¿Será que en estos veinte siglos, Cristo no ha podido establecer su Reino de Paz? Ha realizado la Redención y mostrado fehacientemente su triunfo de Resurrección, con testigos fidedignos. Dijo con toda claridad, y los que lo escucharon de sus labios lo registraron por escrito, que su Reino ya estaba entre nosotros, su Reino de Paz, en medio de las guerras del mundo.

¿Cómo es posible? Ha establecido su Reino de Paz y los hombres siguen en guerra. ¿No podría Dios forzarnos a vivir en paz? Podría, ciertamente, si nos quitara la libertad, pero entonces ya no podríamos elegir y por lo tanto no podríamos amar. Por otro lado, solo el amor es capaz de establecer la paz. Todo lo demás se ha probado una y mil veces y no ha podido evitar el odio y las guerras. La prepotencia por lograr la paz universal, se ha disfrazado incluso de religión, fracasando siempre en su intento de paz forzada. Los integrismos y fundamentalismos, incluso de cristianos, aún hoy persisten en la idea de procurar la paz, por la imposición de sus reglas, sin lograrlo. Más bien han agregado odio sobre odio.

¿Es que no existe el reino de Paz que Cristo aseguró haber establecido y que llevaría a plenitud en la eternidad de los justos? Sí que existe y son muchos los que viven en él.

La Ciudad de Dios, el Reino de Paz, cuyos moradores abundan en paz y amor, coexiste con la Ciudad de los hombres, con la ciudad del odio. Ahora crecen juntos el trigo y la cizaña, y será así hasta que llegue el Día grande de la Justicia final y permanente.

En esta Ciudad de Dios, verdaderamente presente en medio del mundo, viven los que aman de verdad. Sus ciudadanos han elegido amar a Dios, incluso hasta despreciar todo lo demás y hasta a sí mismos. “Despreciar” es quitar precio y, en cristiano, es más bien poner a cada cosa su precio justo. Priorizar el Amor, a los amores.

No se pierde ningún amor verdadero en esta priorización, al contrario, se ganan más de los imaginables. Lo único que se pierde y bien perdido está, son los falsos amores, los que engañan y dañan, los pasajeros, los engendrados en el egoísmo.

En veinte siglos, si bien hubo falsos seguidores del Rey de Paz, ha habido y aún hay, una “multitud imposible de contar” de santos. Su permanencia en la Ciudad de Dios, será siempre ardua pero gozosa.

En esta nueva Navidad, muchos más serán invitados a entrar… la puerta está abierta. ¡Feliz Navidad!

domingo, 14 de diciembre de 2014

¡Que se acabe el año!

Este es el más repetido deseo que se escucha pedir, por todos lados. Grandes y chicos, trabajadores y jubilados, todos (menos los vagos…, ya que a ellos no les importa ni el comienzo ni el fin de nada), todos esperan que se acabe el año, que se acabe el trabajo, el estudio, el trajín diario, las angustias de la política y la economía, etc.

Pero, ¿acaso con el fin de este año no vendrá, Dios mediante, el comienzo de otro nuevo? Sí, es lo más probable.

Algunos esperan las “fiestas”, así en general, la oportunidad de celebrar, de festejar, recibir regalos. No les importa si hay un Papá Noel o no. Ya son grandes y no se la creen, sólo esperan la fiesta y el regalo.

En los últimos años, se ha visto aumentar la oferta comercial de los “Pesebres”, junto a los arbolitos (los de las lucecitas de colores, y también los de moneda extranjera) y demás adornos navideños.

Creo que las múltiples campañas de información, han dejado menos ignorantes acerca del verdadero sentido de la Navidad. Son más los que han oído que la Navidad celebra el nacimiento de Jesús. Son menos los que ignoran que ese Jesús, al que suelen ver en la cruz, es el mismo Niño del pesebre.

La información se ha dado y ha llegado. No debemos dejar de anunciarlo, todavía más. No puede ser que lleguemos a la fiesta y muchos no sepan de qué se trata.

Es una fiesta para todos y todos deberíamos prepararnos muy bien para ella, ya que es una fiesta para nosotros. Dios se da a los hombres en la pequeñez de un niño envuelto en pañales. Todo Dios, el inmenso Dios que no puede ser abarcado por el universo entero. El creador se hace creatura, por amor a la creatura.

La noticia de la Navidad, la historia que celebraremos, los hechos pasados siempre presentes, nos aprovecharán tanto más, cuanto más los comprendamos. Como nos pasa con algún libro o película bien hechos, con profundo mensaje. Nos gusta releerlo, volver a ver la película, profundizar más en sus símbolos y en su mensaje. Así debemos tratar la Navidad.

Estamos en el tiempo previo, pero es muy cortito y pasa rápido, entre tanto cierre de año, de cosas, de preparativos, de otras noticias menos importantes, pero más llamativas.

Repasemos la Historia en casa, con los demás miembros de la familia. La tenemos en los evangelios, especialmente en la versión de San Lucas, que lo pone con más detalle.

Busquemos entender más y más el sentido del mensaje. Él ha venido ya y lo celebramos, pero va a volver y lo esperamos.

Se acaba un año y empezará otro, siempre, hasta que Él vuelva, entonces será el premio para quien haya entendido y vivido bien la Navidad.

Una fuente para calmar toda sed

La sed es una de las experiencias dolorosas más fuertes que siente el hombre. Sentir sed resulta más agobiante que sentir hambre. Nuestra masa corporal está formada por agua en más del 70 % y, cuando esa cantidad decrece mucho, la sed se vuelve un fuego ardiente y torturante.

Si un ser humano sufriera una profunda perdida de líquido por transpiración extrema, sumado a una gran pérdida de sangre, su sed sería terrible, mortal. Eso sintió Cristo en la cruz y, sin embargo, se negó a beber, pues su sed más intensa no era la ocasionada por la pérdida de fluidos corporales, sino por la amorosa necesidad de recuperar a su obra más preciada, nosotros. Dios tiene sed del hombre. Porque es el Bien, y el bien tiende, por naturaleza, a darse, y Dios eligió darse al hombre. Sin forzar su libertad, pero con una terrible sed de su creatura amada.

Por su parte, el hombre creado por Dios y para Dios, no encuentra en nada de lo creado, algo que sacie suficientemente sus ansias. Creado para unirse al Dios infinito, no puede calmar el ansia de su corazón en ningún otro amor, por grande y noble que sea. Aunque creado finito (esto es, con límites), está hecho para unirse al Infinito. Sólo el amor de Dios puede dar satisfacción a la sed de amor del hombre.

Dos sedientos. Y la fuente que los satisfacía, quebrada por la herida del pecado, seca de toda sequedad. Dos abismos que se buscan y no pueden encontrarse. El abismo del amor divino que solo puede darse al alma pura. El abismo de la miseria del hombre que, por su culpa, rechaza el amor divino, el único que puede llenarlo.

La iniciativa para curar este absurdo, sólo podía partir de Dios, pero debía contar con la creatura. Y Dios toma la iniciativa. Abre una fuente de la que podrán beber ambos. Una fuente capaz de restaurar lo que el pecado rompió, de unir lo que separó. En esa fuente, Dios va a encontrar la herramienta capaz de redimir a la humanidad. En ella, el Todopoderoso se hará pequeño como su creatura, para que la creatura pueda tener con qué pagar la deuda del pecado. Una fuente que debe ser límpida, para albergar el agua Viva que vivifica. Por eso adelanta a la Madre, los méritos del Hijo y la convierte en el Arca purísima de la Nueva y Eterna Alianza.

La fiesta de la Inmaculada Concepción, fiesta por demás popular, porque lo que se oculta a la soberbia de los poderosos, se revela suavemente a los sencillos de corazón, es la Fiesta en que celebramos el puente puesto por Dios.

Celebramos a María, por ser la Elegida, desde su concepción, para ser la fuente de la que bebemos la salvación.

martes, 2 de diciembre de 2014

¿Deshonestos o incapaces?

Le pregunté a un amigo, ¿vos crees que los legisladores (dicho en general y sin pretender condenar a las excepciones) son más deshonestos que incapaces? y me contestó: ¡en ese orden!. Me dejó pensando.

Uno ve tanta ineptitud para hacer las leyes que nos rigen, que se me ocurre pensar que muchos de los legisladores (esa mayoría que convierte los malos proyectos en leyes) tienen una absoluta incapacidad para la tarea. Votan cualquier cosa y no entienden sino las órdenes que da el partido. Eso es lo que parece, al menos.

Volviendo a la respuesta de mi amigo (“en ese orden”), hay que decir que la primera deshonestidad que se observa, no es ni más ni menos que la de asumir una tarea para la que no se tiene capacidad. Es una especie de “ignorancia culpable”, que debería ser penada por la ley, pero… ellos son los que hacen y modifican las leyes.

Se podría objetar que el trabajo del legislador es algo muy complejo, que no admite un juicio tan tajante en tan pocas líneas. Que las leyes que rigen a la sociedad deben ser abarcativas del conjunto social, más allá de que a algunos no les guste esto o aquello. Perdón, pero no es cuestión de gustos. Claramente lo dijo el que sabe: “por los frutos se conoce el árbol”. Y los frutos son muy malos.

La disciplina social está quebrada, se nota en la calle, en los accidentes, en la desidia colectiva y ni hablar de las aulas escolares, donde siempre se nivela hacia abajo, suicidando el futuro.

¿Dónde están las leyes que protejan y exalten la familia natural, como premio al que se esfuerza por alcanzar la virtud, el amor verdadero, lo óptimo? No hace falta condenar al que no lo logra, pero es imprescindible favorecer el bien y distinguirlo del mal, o se pudre todo el cajón.

¿Dónde están las leyes que favorezcan la cultura del trabajo, desde la niñez y adolescencia? Con flojos a los que se les facilite la flojera, no se edifica nada, solo se destruye más. No es que no haya que atender al que necesita ahora mismo, y no puede esperar soluciones de largo plazo. Pero las buenas leyes deberían premiar el esfuerzo, favorecer al que lo intenta y perseguir a los ladrones (a todos, pero sobre todo a los de “guante blanco”).

Me pregunto si de esta eterna y siempre renovada “campaña electoral”, al fin surgirá un candidato que empiece por hacerse cargo de los males realizados, que tenga la nobleza de pedir perdón sin andar echando la culpa a otros. Un candidato que tenga el coraje de decir que promoverá las leyes virtuosas y borrará los engendros que ha permitido la corrupción, con que se ha enriquecido la clase gobernante. ¿Aparecerá un valiente así? Dios lo quiera.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Cómo matar la esperanza

La semana pasada escribía sobre los buenos pibes, los que nos llenan de esperanza. Es claro que no ignoro que hay otros, otra clase de pibes. Esos que se van haciendo grandes en medio del vicio y la promiscuidad.

Mientras unos consiguen la oportunidad del esfuerzo y con ello conquistan la virtud, otros, en cambio, no reciben de los mayores otra cosa que mal.

Vi por la calle a una madre golpeando e insultando a su pequeño hijo, vi la mirada transida de dolor y angustia del pequeñito. Nada pudieron lograr unos policías que se acercaron. La mujer tenía “contactos”. ¿Qué será de ese niño? Alguien que miraba, dijo: seguro terminará siendo un delincuente. No lo sé, tal vez encuentre quien pueda darle la ayuda que allí no pudimos los que lo veíamos sufrir. Tal vez acepte esa ayuda y supere su trauma. Tal vez su madre se arrepienta y lo salve. Tal vez, como tantos otros, llegue a ser un santo. O tal vez tenga razón quien habló entonces y vaya por el camino del mal y el resentimiento, hacia su propia perdición.

Veo padres que dan a sus hijos ejemplo de amor y sacrificio, pero también veo a muchos desertores de su rol de padres, permisivos ante la pereza, faltos de verdadero amor, llevando a sus hijos por el camino del odio.

Ningún mafioso del mundo lograría tantos seguidores de sus crímenes como logran los que encuentran a los hijos de malos padres, a los hijos acostumbrados a que se les dé todo lo que piden, con sólo unos chillidos, porque a sus padres les molesta y los dejan hacer. Niños caprichosos, a los que llaman: “pobrecito, hay que darle el gusto para que no sufra”. Los van haciendo egoístas, egocéntricos. Luego cualquiera los hará delincuentes, porque el que no aprende a sufrir, a conseguir las cosas con esfuerzo, luego las buscará por el camino del facilismo y la delincuencia.

¡Cuántas lágrimas tardías de viejos padres, que no supieron imponerse a los caprichos para educar de verdad a sus hijos!

Es cierto que aún en las mejores familias hay hijos malos. Todos somos libres y por mucho bien que se reciba, siempre es posible que se elija el mal. Pero es mucho más difícil sacar un mal tipo de un hijo bien educado, y es muy fácil hacer un delincuente de un hijo mal educado.

La familia, la familia de verdad, la que cuesta hacer y mantener, pero que es como Dios lo quiso, es el mayor seguro de la esperanza. Las familias desquiciadas, con mucha frecuencia engendran monstruos egoístas, y matan la esperanza en aquellos que recién se abren a la vida.

Para matar la esperanza basta con dejar hacer, con no poner límites, con hacerse cómplice, con desertar del ejercicio de la autoridad.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Hay buenos pibes

Hoy en día hay tanto pibe malo, que parece que ya no quedaran pibes buenos. Pero sí que los hay. ¡Hay pibes buenos! Y no son pibes raros, ¡son buenos, sencillamente buenos!. Tampoco es que sean perfectos, pero quieren serlo, tratan de serlo aunque se equivoquen. Y se equivocan, pero saben que se puede volver de cada error, porque todavía hay quienes les dan buen ejemplo. En general se trata de pibes a quienes alguien les puso a la vista que para ser bueno, no hay que empezar por ser perfectos, sino que hay que llegar a ser perfectos, paso a paso, volviendo de cada error y sabiendo que Dios te ve también cuando te portás mal, pero no te liquida, te ama, te ama siempre y te espera.

Dios les dice al corazón: “no te equivoques como los facilistas, Dios no te quiere malo, te quiere bueno, pero sabe esperarte”. Los que comprenden esta misericordia divina, se animan a ser buenos, a intentarlo cada vez. Y cuando ven los buenos ejemplos de los que lo lograron antes, se entusiasman aún más.

He visto el rostro impresionado y emocionado de muchos jóvenes ante un buen ejemplo de amor verdadero. Tal vez un amor que no han visto en sus propias familias, pero que de pronto descubren en un matrimonio que se ama de verdad, en alguien que generosamente se entrega a Dios con toda el alma. Lo ven en sus miradas, en sus gestos, y se emocionan, porque lo ven posible. ¡Cuánto bien hacen a los jóvenes, los viejos matrimonios que se aman bien a la vista de todos! ¡Cuánto bien contagian a los jóvenes, los consagrados que viven con alegría su entrega a Dios!

Tal vez alguno piensa que estoy exagerando, que no hay tanto bien en el mundo. Si miro los diarios, no se ve esto. Si camino las calles, no se ve esto. Si miro con la mirada de Dios, con la paciencia de Dios, con el amor crucificado, sí que se encuentra. Y esa es una mirada más cierta, más confiable.

Muchas veces damos a los jóvenes oportunidades que para nada les sirven. Les damos oportunidad para ser flojos, para pasarla bien sin esfuerzo. Les damos permiso para falsear el amor, llamando tal a lo que sólo es deseo egoísta. Lo hacemos en las bromas que festejamos, en los programas que vemos, en los modelos que ensalzamos.

Personalmente soy testigo del éxito que tiene el exigir la virtud, no por la fuerza de la violencia, sino por la fuerza del ejemplo, del testimonio, de las razones explicadas con caridad y paciencia. Invito a todos a buscar lo mejor de los jóvenes, con exigencia, con cariño no-cómplice, con perseverancia, con confianza en que eso es lo que quiere el Dios que todo lo puede.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Benditos los peregrinos


En 1299, Europa se deshacía por la peste y la guerra, y en la Navidad de aquel año, Roma se vio, de golpe y sin previo aviso, llena de una multitud de peregrinos que buscaban purificarse de sus vicios y pecados, pues habían comprendido que los males que azotaban a Europa provenían de sus mismos pecados y sólo podían curarse por medio de la penitencia y la conversión. El Papa de entonces, Bonifacio VIII, convocó para el 1300 el primer Jubileo cristiano de la historia. Desde aquel año, en diferentes momentos, más o menos cada 25 años, los Papas nos invitan a peregrinar, a hacer penitencia y a convertir los corazones. Las peregrinaciones son parte de la vida cristiana, que concibe el vivir, como un caminar hacia la Casa del Padre

Peregrinar es caminar hacia un lugar distante y distinto. Porque es distante me esfuerzo, porque es distinto me animo y entusiasmo. Puedo ir lejos a buscar trabajo, puedo huir de la guerra o de las responsabilidades, puedo viajar para tomar vacaciones. Hay muchos modos de peregrinar, pero el más importante es el peregrinar hacia el lugar “santo”. A los jóvenes les gusta la aventura de la peregrinación, probarse en el esfuerzo del camino. A los viejos les cuesta caminar pero saben que necesitan limpiarse por el sacrificio de la marcha. A todos nos conviene peregrinar. Al hacerlo nos acordamos que vamos andando en la vida, que no fuimos hechos para “quedarnos”, sino para avanzar y llegar a la casa del Padre Bueno que nos espera.

¡Ánimo los jóvenes (y los no tan jóvenes) que peregrinan al Santuario de la Virgen del Valle Grande cada año! Ojalá aprovechen la aventura y conviertan el corazón. Ojalá valoren el esfuerzo y se enamoren de lo arduo, de lo grande, de lo noble. Todos avanzamos en la vida, pero sólo algunos deciden hacia dónde, son aquellos que caminan en la paz y la justicia hacia Dios.

Frente a tanta “peste” de egoísmos y corrupciones, frente a la “guerra” absurda de la inseguridad instalada, del “tomo lo que quiero”, del “mato porque puedo”, de tanta sinrazón. Frente a la disolución galopante de la institución fundamental de toda sociedad, como es la familia “tal cual Dios la diseñó”. Frente a la cultura de la muerte que se rasga las vestiduras ante algunas muertes, mientras procura legalizar el genocidio del aborto. Frente a todos estos males, nos convendría pensar como aquellos europeos del 1299 y comenzar un arduo peregrinar de vuelta a la Voluntad de Dios.

Hoy, muchos caminan hacia su propio exterminio, dejados llevar de sus caprichos, vicios y pecados. Hoy, como ayer y siempre, podemos mostrar, con nuestro peregrinar a los lugares santos, que es todavía posible la conversión para la vida y la felicidad verdaderas.

¡Ánimo, peregrinos! ¡Nos espera el Padre Bueno!

domingo, 2 de noviembre de 2014

Los invisibles

Por los medios de comunicación, se puede visibilizar una buena parte de nuestra sociedad. Se presentan a diario los que prometen, los que no cumplen, los que dañan, los que roban, los que mienten. También alguno que otro que lo hace bien y por eso, con toda justicia, lo premian. Pero de esto muy poco.

Son noticia los que manejan mal y hacen mucho daño con sus vehículos, porque los conducen como armas mortales.

Son noticia los famosos, por el arte, el deporte o por los escándalos que desatan, casi como si todo fuera lo mismo.

Protagonistas de nuestro día a día, parecen ser más los que desordenan la sociedad que los que la construyen con esfuerzo, ladrillo por ladrillo.

Sólo unos pocos se visualizan en las portadas de la prensa, pero somos muchos más los argentinos que compartimos este espacio de historia y geografía, nuestra “Patria”.

¿Qué hay de los invisibles? Los que figuran en los censos de población y no se ven en los medios. ¿Dónde están? ¿Qué están haciendo cada día?

Tanto mostrar “modelos” de mentira y criminalidad, muchos de esos invisibles están tratando de vivir sus vidas como ven que lo hacen los protagonistas de la prensa. Desean el éxito y la fama, lo cual no tiene nada de malo, pero lo hacen por caminos equivocados. Siguen modelos efímeros, aunque como tienen pocos recursos y muchas trabas,  se angustian al no llegar.

No son los únicos, ni los más numerosos. Hay mucha gente en la pavada. Y hasta parece que cada día hay más. Pero no son la mayoría.

La mayoría labura cada día. La mayoría tiene una familia y la lleva lo mejor que le sale. La mayoría desea el verdadero amor y lucha por conquistarlo, cada día. La mayoría sufre cuando se equivoca e intenta reparar los errores. La mayoría se escandaliza de los escándalos y espera soluciones y vida en paz. Esta mayoría es invisible para los registros diarios de la fama. Pero es la porción de la sociedad que hace posible, cada día, su existencia.

La mayoría tiene fe, aunque lo exprese de muy diferentes formas. La mayoría espera de Dios lo que ya no puede esperar de los hombres, y hace bien, porque sólo en Dios hay que poner la confianza.

Tal vez piensen que soy demasiado optimista al decir esto. No es que ignore que nos falta mucho para ser lo que deberíamos ser. Pero en cada niño que crece, en cada joven que pasa, aun en los que parecen ya perdidos por las adicciones y los vicios que les venden los corruptos, se puede visualizar la esperanza. Porque a los pibes, cuando tienen alguna posibilidad, por pequeña que sea, les brillan los ojitos y se les despiertan las ganas de ser felices de verdad. Y muchos lo logran, aun ahora, aunque sigan pareciendo invisibles.

lunes, 20 de octubre de 2014

Necesitados de medicina

Necesita ser sanado, sólo el que está enfermo. El que está sano, no requiere ningún tratamiento. A veces pensamos estar muy sanos y, al mismo tiempo, nos quejamos de muchas cosas.

Nos duele la inseguridad creciente y casi no reconocemos sus causas. Nos duele ver a los jóvenes atrapados por las adicciones, pero como si fuera ajeno a nuestra responsabilidad. Nos duele que la sociedad, de esta Patria rica y generosa, esté siempre disconforme, quejosa, insatisfecha. Nos duele que algunos se enriquezcan robando los bienes de la bolsa común, esto es del Estado, pero lo apañamos de hecho y hasta lo aplaudimos tantas veces.

No estamos sanos. Tenemos muchas pestes de que librarnos. Hay mucha violencia, mucha indiferencia, mucha impiedad, mucha despreocupación por lo verdaderamente importante.

Hubo un hombre que se preocupaba de los demás, con gran cuidado y aún a riesgo de su propia vida. Y a pesar de hacer el bien a todos, recibió males que lo llevaron casi a la desesperación.

Había una joven que quería amar y ser amada, ser la alegría de sus padres y madre de muchos buenos hijos. Pero no podía encontrar el amor, que le era arrebatado una y otra vez. Su propósito era generoso y la respuesta una terrible frustración que la empujó a la idea del suicidio.

Pero el hombre bueno y humillado, no desesperó, sino que rogó a Dios y se puso en sus manos. La joven, resistió el impulso a huir por la solución aparente de la autodestrucción y también oró al Señor y se entregó a su Voluntad.

La oración de ambos fue escuchada y, en el mismo momento, envió Dios la medicina que los curaría de sus males y les daría una nueva mirada de la vida, una nueva esperanza a sus deseos, una renovada historia que compartir.

Esta es la historia que cuenta el Libro bíblico de Tobias. La medicina de Dios enviada a aquellos que le suplicaron, fue administrada por un ángel con ese mismo nombre: Medicina de Dios, eso significa Rafael.

En el sur mendocino, quiso la Providencia de Dios que este gran Arcángel fuera el patrono de todos los que peregrinamos la vida aquí.

Estamos preparando una vez más su fiesta, para renovar nuestra adhesión a su patronazgo. Estamos enfermos de muchas miserias. Él, nuestro santo Patrono, es la Medicina de Aquel que todo lo puede.

Alaben a Dios y sólo a Él denle gracias”, dice el Arcángel y nos lo dice a nosotros también. Alabar a Dios es volver a ponerlo en primer lugar en nuestras vidas y en todas las cosas (lo hemos “sacado” de tantas realidades). Darle gracias es conformarse con su Voluntad y vencer todo egoísmo (sólo el amor vence al mal).

Desde nuestra pena y dolor, elevemos la súplica a Dios y hagamos caso a su enviado, nuestro Patrono.

viernes, 10 de octubre de 2014

El amor y la vida

No se puede pensar la existencia, sin estos dos valores fundamentales. Es como si cada uno fuera causa y efecto del otro.

No se llega a la vida, sino por amor. Y sin amor no es posible una vida verdadera.

La falta de amor es lo único que pone en peligro la vida. Cuando el amor está asegurado, la vida siempre encuentra refugio.

Creo que se debe negar todo debate a favor de la muerte, como así también debe ser prohibido todo diálogo que excluya el amor. Si por defender la vida, mato el amor, los mato a los dos.

En cuanto al derecho fundamental a la vida, tanto del inocente no nacido, como del hombre en cualquier circunstancia de su vida natural, el amor no se debe permitir ninguna blandura en su defensa. El amor nunca será causa verdadera de un homicidio, esto es, de la muerte de un inocente. No hay amor verdadero entre los motivos que se esgrimen a favor del crimen del aborto, o de las agresiones injustificadas de las guerras.

Alguien se levanta y dice que es por amor a una, que se elige contra la vida de otro; que es por amor a la libertad, que se da licencia para matar al inocente concebido y aún no nacido. Que es por amor de misericordia que se acorta la vida de un enfermo. Pamplinas. Es solo el amor desordenado del propio bien aparente, el que mueve estas decisiones y supuestos derechos, y es algo que se llama egoísmo, nunca amor. ¡Qué paradoja que los que promueven la impunidad del aborto, son justamente los que se salvaron de ser abortados!

Así también, la justa defensa, nunca ha de ser confundida con la maquiavélica estrategia, por el dinero o el poder, que mueve las guerras actuales; ni con los fundamentalismos terroristas que le dan entretención a los locos desalmados, de todas las calañas.

El amor llama a la vida y la protege. La vida requiere del amor, más que del aire para respirar.

No dejemos que nos roben el amor, ni que ha nadie se le niegue el derecho a la vida. Pero hagamos que estos valores sean sostenidos, al modo en que lo hace su Creador. Es de Dios toda vida y el mismo Dios es el Amor.

Él defendió la vida y probó el amor más grande, con la ofrenda de su propia vida en la cruz.

Debemos promover la cultura de la vida, para vencer a la cultura de la muerte; pero hemos de hacerlo desde la perspectiva que nos brinda aquel que es la Vida y el Amor. No hagamos “teatro” de la defensa de los valores fundamentales, más bien tengamos el compromiso positivo de alentar el bien en todas las cosas. Sólo el bien, bien hecho, vence al mal.

viernes, 3 de octubre de 2014

Sobre la impunidad

Muchas veces se oye hablar de este tema, tanto a personas que entienden en el asunto, como a cualquiera que habla desde el dolor sufrido o sólo porque tiene boca…
¿Por qué un chico, sólo por ser menor de 18 o 14 años, no debe ser hecho responsable de sus crímenes? Visto así no más, habría que decir que todo el que superó la infancia debe ser responsable de sus actos y si ha cometido delito, debe pagar por ello.
Pero en esto hay matices que no deben ser soslayados. No se puede pretender que sepan de la misma manera y, por lo tanto, que sean igualmente responsables de sus actos, los que tiene 7 años, los de 14 o los de 18. Esto es claro para cualquiera. La responsabilidad sobre los actos está en directa relación con la capacidad de comprensión que uno tiene de los hechos y sus consecuencias.
Lo mismo podríamos decir de los que son incapaces por razones psicológicas.
En todos estos casos, se prevé el instituto jurídico de la tutela. En el caso de los menores, los primeros tutores son papá y mamá, o alguno de los dos si falta el otro. Cuando faltan o fallan los dos, el Estado, por medio del Juez a quien corresponda, nombra un tutor, para que cuide del menor o del incapaz.
Por razón del derecho natural, el caso de los padres, o del derecho civil, el caso de los tutores judiciales, estos (padres o tutores) se hacen responsables del menor o incapaz y, por lo tanto, de todas sus acciones y las consecuencias que de ellas se sigan.
Es decir que no existe persona humana que pueda decirse absolutamente impune o inimputable de sus actos. Unos son responsables por sí mismos, los mayores de edad, en tanto capaces. Otros lo son por medio de sus tutores (padres o responsables asignados por el Estado).
Pero resulta que un menor comete un delito y, por ser menor, se lo declara inimputable y ¡ya está! ¡Nadie paga nada!!!!
Nadie le cobra la responsabilidad a quienes debían cuidar de él, a quienes debían ser responsables por él.
Allí está el error y la gran hipocresía de nuestro sistema social. Los menores delinquen y los mayores desertan de su responsabilidad, mientras el Estado actúa como un imbécil (= alguien incapaz de asumir su rol) sin hacer nada, ni corregir a nadie.
Para peor, cuando la cosa es grave, los que debían hacerse responsables, hunden al menor en el submundo de los “servicios de contención y reforma de menores judicializados” que, todos lo sabemos y los jueces más, no contienen ni corrigen a nadie. Más aún, son verdaderas escuelas de mayores delincuencias.
La verdadera impunidad que nos sumerge en la inseguridad creciente, es la falta de responsabilidad de quienes deben ejercer la autoridad.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Balance Positivo

Pasaron los festejos de la llegada de la Primavera, los festejos del día del estudiante, y el balance de la prensa, en general, muestra un signo “positivo”.

¿Qué cosa funda este balance “positivo”? Según los artículos que he leído, se fundan sobre todo en que no hubieron disturbios sobresalientes. Es decir que los disturbios que hubo no fueron “tan” grandes. Por otro lado se cita que hubo muy pocos procedimientos por la incautación de alcohol y droga. Es decir que hubo poca constatación del consumo de alcohol y droga entre los jóvenes, durante los festejos.

¿Quiere decir que no hubo disturbios, que no hubo consumo de alcohol entre menores de edad, que no hubo consumo de estupefacientes entre los jóvenes festejantes? No, nada de eso, sólo significa que lo disimularon mejor este año.

Hubo disturbios, porque se emborracharon, pero estaban suficientemente aislados como para no generar conflictos notables. Hubo consumo incontrolado de estupefacientes, pero los efectos se conocerán en las estadísticas de la próxima generación, así que no hay nada que lamentar por ahora.

¡Sociedad hipócrita y gravemente culpable! A todo nos vamos acostumbrando y disculpamos todo desorden, siempre y cuando se disimule mejor. ¡Qué asco!

Muchos de nuestros jóvenes pusieron el mayor empeño en lograr conseguir promiscuidad sexual, alcohol sin control y droga a discreción, pero sin hacer olas, y con eso nos quedamos tranquilos.

Una sociedad como esta merece su destrucción… y lo va logrando.

¿Cómo es posible que los padres, que dicen amar a sus hijos, los dejen pervertirse sin ningún escrúpulo? ¿Qué clase de monstruos son? Hay unas arañas que engendran a sus crías en su interior, en gran número. Esas crías, a medida que se desarrollan, se van comiendo a la madre por dentro, hasta matarla y recién entonces salen a luz. Así salen a la luz muchos jóvenes de hoy, pero no son arácnidos, son hijos de criminales egoístas, que no los cuidan como enseña el verdadero amor.

En estos días algunos grupos de jóvenes, católicos y de otras confesiones, e incluso sin definición religiosa, organizaron campamentos y festejos “limpios”. Es decir , eventos en los que se divirtieron sin dañar, ni dañarse. Fueron unos pocos, pero probaron que es posible vivir bien y ser jóvenes alegres y normales. Tuvieron a su favor a personas mayores que los ayudaron a ser buenos y felices. Dichosos ellos, ya que crecerán bien y serán capaces, el día de mañana, de hacerse cargo de este mundo. Ya que los corruptos no sabrán ni podrán hacerlo, porque la promiscuidad en la que viven, los está atontando o matando.

Estos pocos buenos jóvenes, son la prueba de que todos los demás también podrían serlo si les diéramos la oportunidad. Y estamos a tiempo de hacerlo aún. ¿Qué tal si cada uno empieza a hacer lo que puede?

viernes, 19 de septiembre de 2014

Divino Tesoro

Una antigua frase, rezaba así: “juventud, divino tesoro”.

Si hoy miramos por las acequias de las calles aledañas a los boliches, las madrugadas de los viernes, sábados y domingos (en cualquier pueblo o ciudad), y vemos a los jóvenes tirados allí, traspasados de droga y alcohol, tenemos la tentación de cambiar aquel antiguo refrán por otro que dijera: “juventud, diabólico desperdicio”.

Por otro lado, cuando llegan noticias de actos verdaderamente criminales como, entre otras, la llamada reforma educativa de Buenos Aires, que empuja aún más a los jóvenes a ser ignorantes y vagos, podemos entender que no es la juventud el fracaso o el desperdicio, sino los pseudo-pedagogos que manejan, desde hace años, la educación de los argentinos por un camino de desastre, bien pensado y desarrollado por sus ideologías, que los convierte en verdaderos criminales de lesa Patria.

¿La escuela es un lugar para aprender, o sólo un comedero y un aguantadero de vagos (escuela inclusiva, le llaman)?

Los jóvenes son fuertes, por naturaleza, pero sin educación jamás sabrán qué hacer con esa fuerza que tienen. Si no se les da oportunidad del bien, por medio de la exigencia de la virtud, por el esfuerzo del estudio serio, por la cultura del trabajo digno, se perderán y con ellos, la sociedad toda se corromperá aún más, que no es poco.

Los jóvenes son las víctimas de las drogas, porque ellos no tienen capacidad, aún, de ser sus productores, sus comercializadores, ni los poderosos cómplices de los narcotraficantes.

Los jóvenes son víctimas de padres que no les exigen, que cobardemente desertan de sus obligaciones de autoridad educativa. Siendo abandonados por sus propios padres, ¿dónde buscarán refugio? No me refiero sólo a los que sufren abandono material, sino también a aquellos que son abandonados de hecho, colmados de bienes por los que jamás se esforzaron, con tal que no les molesten la comodidad a sus padres desertores y egoístas.

Nos son jóvenes los que producen porquerías en la tele o en internet, por lo menos no depende de ellos lograrlo.

Sin embargo, con cada chico que crece, aún en medio de este mundo tan hostil, crece el divino tesoro de la juventud, que Dios no deja de enviarnos.

Somos responsables de encauzar el tesoro de la ”primavera” de las flores, hacia el tesoro aún mayor del “verano” de los frutos.

No miremos para otro lado. Cada cual mire a su alrededor y apoye, con todo lo que tenga, cada cosa, por pequeña que parezca, que eduque bien a los jóvenes. Pero no lo apoye de boca para afuera, sino con actos concretos, con acciones, con dineros, con compromiso. Salvemos la semilla del mañana, cuidando a los jóvenes, mediante una sostenida exigencia de la virtud. Responderán, como siempre lo han hecho y cambiarán el mundo. No será rápido, pero será seguro.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Podemos pedir y ser buenos

¿Qué hace falta para que un hombre, varón o mujer, sea bueno, pero bueno en serio, en todos los aspectos de su vida?

A veces nos parece una tarea imposible. Intentamos muchas veces no ser tan malos como otros, a quienes vemos haciendo el mal que nos repugna. Nos parece que con eso basta. No hago eso tan malo que hacen otros, por lo tanto soy bueno. Mentira, no es suficiente.

Pero, ¿es que acaso soy malo porque, a veces, me equivoco? Si me equivoco y me doy cuenta, pero no lo reparo, sí que soy malo. Mientras no me daba cuenta estaba eximido, pero cuando lo advertí y lo dejé así nomás, me hice culpable. Así reza el refrán cristiano: “el que no sabe, no peca”. Pero ojo, que el que no quiere saber, es culpable aún de su ignorancia.

Cualquiera puede ser bueno y totalmente bueno. Porque somos libres para elegir el bien y porque tenemos quién nos ayude, hasta en lo que pudiera resultarnos imposible.

Para alcanzar el bien, primero hay que decidir querer el bien, solo el bien, siempre el bien y, además, querer hacerlo bien. Porque cuando el bien no se hace bien, resulta un mal.

Esta decisión es interior, personalísima. debo buscar en mi interior y ser totalmente veraz conmigo mismo. No puedo guardar una parte de mal en mi elección del bien. Debo estar dispuesto a rechazar y renunciar absolutamente todo lo malo, por pequeño que sea.

Algunos dicen que basta con obrar según la conciencia. Pero no siempre han formado esa “conciencia” en la verdad. Su conciencia no es recta, o no es verdadera, sólo es “su” conciencia, o la conciencia regida por alguna ideología y no por la Verdad. Entonces, obrar según conciencia, de esa manera, sería un grave error. Además sería un error que haría daño a muchos.

Y así pasa, con todos los extremismos, los de izquierda, los de derecha y los que se disfrazan de religión y ortodoxia.

Se tiene por muy sabia y aún como un ícono de la sabiduría, la frase atribuida a Sócrates: “sólo sé que nada sé”. La gran sabiduría de esta frase, es la humildad que supone frente al misterio de la Verdad. Por mucho que supiera, siempre estaría muy lejos de saberlo todo, de tener la comprensión de la Verdad en su plenitud.

Para formar una conciencia recta y verdadera, que me lleve al conocimiento del bien que debo procurar, e impida todo error, tengo una herramienta maravillosa. Aquel que es la Verdad absoluta me ha invitado a pedirle ayuda para alcanzarlo y, como Él mismo es el Bien absoluto, alcanzar así la plenitud de bien. Todos estamos invitados a alcanzar así el Bien, pero debemos tener la humildad de pedirlo.

Al que pida con fe, se le dará.

domingo, 31 de agosto de 2014

Manual de Instrucciones

Aunque no siempre lo vemos o lo leemos con la debida atención, con todos los artefactos que compramos, suele venir algo que se llama “Manual de Instrucciones”. Este contiene las instrucciones para el correcto uso del artefacto. Puede que le demos atención o no, pero está escrito por quien ha fabricado el artefacto y, por lo tanto, supone la mejor fuente de información sobre el mismo.

Generalmente hay una notita que explica que no se reconocerá la garantía por roturas que se sigan del uso incorrecto del artefacto, es decir, de no atender al Manual de Instrucciones.

A nadie se le ocurre que los manuales de instrucciones de los artefactos, sean meros caprichos de sus fabricantes. Y cuando alguno, de hecho, actúa sin obedecer sus indicaciones y advertencias, luego deberá lamentar la pérdida del artefacto y la vergüenza por haber desoído las instrucciones.

Cuidamos los artefactos que compramos, porque nos han costado. Nos duele perder aquello por lo que tuvimos que pagar.

Seguimos la instrucciones de los fabricantes de casi todas las cosas que recibimos, de casi todas las que han sido hechas por otros que saben mejor que nosotros cómo se las debe usar.

Pero, ¿qué hay de nosotros mismos? ¿Acaso nos hicimos solos? ¿Somos los fabricantes de nuestra existencia? No, de ninguna manera. Es una soberbia estúpida creernos autogestores de nuestra existencia; incluso de nuestra continuidad en ella. Como si pudiéramos decidir comenzar a existir o seguir haciéndolo. Ni siquiera podemos decidir dejar de existir. Aunque acabáramos con nuestra vida temporal, no por eso podríamos dejar de existir, sólo habríamos abandonado el cuerpo. O acaso “¿eres lo mismo que tu cadáver?”. Tu alma seguirá existiendo, sin depender de lo que hagas con tu cuerpo.

Ya que somos hechura de otro, ¿tenemos Manual de Instrucciones?. Si que lo tenemos.

Está inscrito en nuestro ser y nos exige “buscar el bien y conseguirlo y evitar el mal”. Por la dureza de nuestros corazones, el autor de nuestra vida, publicó esa ley, con más detalles, en tablas de piedra y lo llamó “El Decálogo” o “Los Diez Mandamientos de la Ley de Dios”. En la plenitud de los tiempos nos dijo que toda esa Ley, escrita en nuestra naturaleza y en los Libros Sagrados, se resumía en un Mandamiento Nuevo y perfeccionador de todos los otros: el Mandamiento del Amor. Amar parece fácil, pero para que nos sirva de verdad y nos alcance el éxito definitivo y eterno, debe ser un amor al modo como somos amados por el que nos hizo (”ámense como Yo los he amado”)

Qué duros somos para hacer caso a lo que más nos conviene, y qué paciente es nuestro fabricante, que nos renueva la garantía, una y otra vez, esperando que al fin cumplamos con nuestro Manual de Instrucciones, simplemente para alcanzar la felicidad.

sábado, 23 de agosto de 2014

No olvidar a los mártires

Hace unos días recibía un correo de un fraile franciscano de Jerusalén, suplicando que no los olvidemos.

Este fraile, es un hombre que podría estar viviendo su ministerio y consagración, tranquilamente, en su España natal, pero que desde hace más de 40 años, está entregado a acompañar y asistir a los pocos cristianos que quedan en la Tierra Santa, como miembro de la Custodia Franciscana.

Me escribía a raíz de que tuvimos que postergar nuestra Peregrinación Diocesana, por el riesgo de la guerra. Su súplica de que no los olvidemos, iba más allá del hecho de las peregrinaciones, aunque también es de suma importancia que existan, pues de eso viven, principalmente, los cristianos de Israel y Palestina.

Su súplica se dirigía sobre todo a que no seamos indiferentes a su martirio, constante y reiterado; él mismo ha vivido varias guerras, con toda la historia de horror y miseria que eso significa.

Tenemos frecuentes noticias de cómo enfrentan la muerte los pocos cristianos de Gaza, o de Irak, gracias al testimonio de los sacerdotes del Instituto del Verbo Encarnado que están allá y son paisanos nuestros. Conocemos por los medios de comunicación, lo que sufren hoy, tanto cristianos como gentes de otras confesiones, perseguidos por los fundamentalistas fanáticos.

Hemos escuchado al mismo Papa Francisco, exigir a la comunidad internacional detener a los “agresores injustos” que masacran a cristianos y otros, en el autoproclamado califato islámico, que no es otra cosa que terrorismo internacional. Más aún, aclaró que no es suficiente con que EEUU tire unas bombas contra ellos, que no se trata de apagar el fuego con nafta, y que hay que actuar con suma urgencia.

Los mártires que hoy mueren, atrozmente, en manos de los terroristas del califato, como los que resultan víctimas del odio mutuo entre judíos y musulmanes extremistas en Gaza, son verdaderos mártires, ya que dan la vida por ser fieles a su fe. Los que los están masacrando son agresores injustos y deben ser detenidos, incluso por la fuerza de las armas. ¿Cómo se pueden conciliar estas posturas, ante el Evangelio de la paz?

La doctrina de la Iglesia, que es el Depósito de Fe que Dios le confió al fundarla, sostiene tanto la legitimidad de la defensa, como la preferencia heroica a la ofrenda de la propia vida.

Valga un ejemplo: las atrocidades del nazismo debieron y deberán siempre ser enfrentadas y detenidas, aún por la fuerza legítima. Por otro lado, frente a esas mismas atrocidades, Maximiliano María Kolbe, eligió dar la vida por un desconocido y es un mártir. La legítima defensa venció al nazismo, pero no los males del fanatismo. El martirio de San Maximiliano, mostró que la humanidad sólo se salva de verdad, por el amor, y sobre todo por el amor sacrificial. No hay contradicción entre defensa “legítima” y “heroísmo” martirial.

lunes, 18 de agosto de 2014

El Reino es para los violentos

Esto lo dijo Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, y se debe entender con exactitud, pero junto a todo lo demás que dijo Jesús. Todo Él y todo lo que Él dijo es la Palabra eterna de Dios. Quien tome una de sus palabras y la use como un todo, sin cuidar la interpretación en el contexto de toda la Revelación, puede equivocarse y mucho.

Según ha dicho Jesús, para ganar el Reino de los Cielos, hay que hacerse violencia. Hay que matar en nosotros las obras de la carne (y no se refiere sólo a las que prohíbe el sexto mandamiento), para que, muerto el “hombre viejo” (el que se deja llevar de las concupiscencias de lo temporal), surja el “hombre nuevo” (el que sólo busca la Voluntad de Dios y todo lo sacrifica con tal de ganar la virtud que lo acerque a Dios).

Siempre ha sido posible equivocarse respecto de la violencia que nos pide el Señor. Baste un ejemplo. En la noche misma de la Pasión, cuando el Señor se entregaba, voluntariamente, como manso cordero, para ser sacrificado por nuestros crímenes, el primero de sus apóstoles sacó la espada e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja. Jesús reprendió a Pedro y curó al herido. Más aún, dijo a modo de advertencia: “el que a hierro mata a hierro morirá”.

Toda la violencia cometida en nombre de Dios, a todo lo largo de la historia y aún hoy, tanto por cristianos como por quienes tengan otros credos, es una negación del mismo Dios.

Dios es el que “hace salir el sol sobre buenos y malos y caer la lluvia sobre justos e injustos”. El que en nombre de Dios hiere o mata a su hermano, se hace abominable a los ojos del Dios de la Vida.

Los fundamentalistas de todos los credos, incluso los que a sí mismos se llamen católicos, no creen en Dios. No en el Dios verdadero. Ellos se han hecho sus falsos dioses, hechos a su forma y medida; al modo de sus pequeñas capacidades para entender. Creen que son grandes y sabios, pero sólo son necios. La Sabiduría de Dios se manifiesta a los pequeños, a los simples, a los mansos.

Sólo son discípulos del único Dios, los que trabajan por la paz.

Sólo son verdaderos mártires, los que ofrecen sus vidas y no los que matan a sus adversarios.

Roguemos cada día a Dios, que nos dé entrañas de misericordia. No que seamos blandos y negligentes en el cumplimiento de nuestros deberes, sino misericordiosos, dispuestos a perdonar a los que se arrepienten, a ofrecer las propias vidas, aún por los que hacen el mal, a fin de que lleguen a salvarse todos. Cada día hay que hacerse, a sí mismos, esta violencia.

domingo, 10 de agosto de 2014

Hacerse como niños

En muchas ocasiones, Jesús invitó a ganarse el Cielo, buscando hacerse como niños. Más aún, dejó bien claro, que sólo se harán merecedores de la Vida, los que logren hacerse tales.

¿Cuáles son la virtudes que sólo se ven en la niñez, y que deben ser buscadas en toda edad?

Ante todo la inocencia, es lo primero que se ve brillar en la sonrisa de un niño. ¡Qué duro que va a ser el Juicio de aquellos que la hayan mancillado! Es tan común, en este mundo nuestro, la perversión contra los niños, que hasta dentro de la misma Iglesia se han colado esta clase de traidores miserables.

Cuando Jesús invita a ser como los niños en la inocencia, no es a los niños a los que invita. Ellos ya lo son. Es a nosotros, a los que hemos probado el mal y, por lo tanto, hemos perdido la inocencia. A nosotros nos invita a recuperar aquella frescura, que sólo la Gracia de Dios puede restaurar en el alma, si nos dejamos tocar por su misericordia.

Junto a la inocencia, en los niños brilla la sencillez. ¡Con qué poco se puede contentar a un niño! Me refiero a los bien criados, porque los malcriados no se contentan con nada. Pero la culpa no es de ellos sino de esos padres que les ahogan la sencillez con mil cosas superfluas.

La sencillez que debemos imitar de los niños, nosotros los grandes, siempre preocupados por tener, es aquella que se construye con la pobreza de espíritu. La capacidad de desprendimiento. Usar de las cosas sin atarse a ellas, y ser tan felices teniendo poco como teniendo mucho.

Entre otras características que se muestran en los niños, como virtudes necesarias para la salvación y que debemos imitar los que, a menudo, nos sentimos tan autosuficientes, es la confianza. El niño confía en sus padres, en sus mayores. ¡Qué miserables los que traicionan esta confianza de los niños!

Hace tiempo, en un avión militar, viajaban varios pasajeros civiles y entre ellos había un niño que jugaba, despreocupadamente, con sus autitos por el pasillo. El avión comenzó a transitar una turbulencia muy fuerte. Todos los pasajeros, incluido un obispo que iba con ellos, comenzaron a temer por sus vidas. El obispo observó que, a pesar del temor generalizado de todos por las sacudidas, el niño seguía jugando como si nada. Se volvió hacia él y le preguntó si se daba cuenta que el avión se sacudía tan fuerte. El niño asintió y siguió con sus juguetes. Entonces el obispo le preguntó “¿y cómo es que no tienes miedo?” a lo que el niño respondió, con toda naturalidad: “es que el piloto es mi papá”. La confianza de aquel niño se fundaba tan sólo en el amor. Esa confianza espera Dios que le tengamos.

viernes, 1 de agosto de 2014

Ante el dolor

Frente a esa realidad inevitable que es el dolor, existen diversas formas de reacción.

La más absurda e inútil, pero la primera que se presenta, es la negación. Negar el dolor no lo cura, pero parece evitarlo. Vivimos la era de los analgésicos. Para todo dolor parece haber una pastillita de algo que te lo alivia, sin más. Muchas veces ese alivio no hace otra cosa que ocultar el dolor y permitir que su causa siga avanzando. Por lo que hace a los efectos de los analgésicos para dolores físicos, es bueno consultar con los que saben más, es decir con los médicos.

Para los dolores del alma, no se encuentra remedio en las farmacias. Pero es posible negarlos de modos muy sutiles, tan sutiles como mortales.

¿Qué decir a quienes tratan de “borrar” el dolor? Simplemente que no se puede, nadie puede. Así como la ciencia no ha podido, ni podrá, evitar todo dolor, mucho menos ha podido explicar su causa última y fundamental. No se ve en un microscopio, no depende de una fórmula matemática. Para la sola luz de la razón es, simplemente, un misterio y una terrible contradicción.

Por eso tantos se preguntan, angustiados, “si el mayor deseo de mi corazón es la felicidad, ¿por qué entonces tanto dolor?”

En los momentos de mayor sufrimiento es común encontrar como único culpable de nuestros males, al mismo Autor de nuestra existencia. Pareciera que Dios nos ha hecho defectuosos. ¡Él tiene la culpa!

Pensar que cualquier mal que me aqueje sea siempre, y por definición, “la culpa de otro”, es un infantilismo espiritual que no nos resuelve nada. Tan solo nos lleva a sufrir aún más.

Pero el analgésico o la negación, o el echarle la culpa a otro, no son la única forma de enfrentar el misterio del dolor.

Sin duda, todo dolor es el efecto de una causa. Para curar los dolores del cuerpo es preciso encontrar sus causas y tener la terapia adecuada para su tratamiento y cura. De todos modos, más tarde o más temprano, la muerte llega siempre, sin que se pueda evitar.

Los dolores en general, los físicos, los espirituales y la misma muerte, pueden ser aprovechados. Pero para eso es necesario asumir su causa.

El origen de todo mal está en la negación del bien debido. Esto sólo lo puede hacer el que es libre para elegir. La cadena de males que todos tenemos que sufrir y la misma muerte, tienen origen en la primera desobediencia.

Si la desobediencia es la causa, la obediencia es la cura. Si esta vida corruptible fuera la única, lo que he dicho no tiene ningún valor de respuesta. Pero no es la única, ni la más importante. Son sólo unos años, frente a la eternidad sin fin.

Es sencillo, y por eso sólo los sencillos lo comprenden.

lunes, 7 de julio de 2014

Tomar vida de los muertos

Se ha dicho que los muertos recién mueren, cuando los vivos dejamos de recordarlos. Esta expresión debe ser aplicada al recuerdo arquetípico de los muertos. No es porque ellos requieran de nuestro recuerdo para su existencia más allá de la muerte física, sino porque nosotros necesitamos de su recuerdo para vivir mejor nuestras vidas. Por eso no podemos “matarlos” con nuestro olvido, ya que sería, para nosotros, como un suicidio.

Con la expresión “arquetipo”, entendemos “modelo”, pero mucho más que simplemente un buen ejemplo. Los arquetipos son los modelos mayores, los que resultan modelo para todos, incluso para aquellos que no tienen sus mismas circunstancias de vida. Y esto es porque en los arquetipos vemos el ejemplo de lo esencial bien vivido. Por eso se lo podemos aplicar a cualquier individuo.

Hace unos días murió un policía. No murió en acto heroico de servicio, enfrentándose a desalmados criminales o emboscado por delincuentes. Tal vez hubiera sido un muerto más de los tantos que se cobra el tránsito, de no ser por lo que se vio en su sepelio. No me refiero sólo a la solemnidad de la ceremonia policial que lo acompañó, o a la presencia de jefes y políticos.

El Sargento Primero Mario Cantero, fue acompañado a su sepultura por su vida, por una buena vida, y una vida bien vivida. En una tumba, sus restos esperan la resurrección. En nuestros corazones, su ejemplo espera ser imitado.

Para testimoniar esto que escribo, allí estaba su mujer, sus hijos y sus nietos. Traspasados de dolor, pero fuertes, con una fortaleza que no es común en nuestros pobres días, de tanta flojera de voluntades.

Estaban sus compañeros de la función policial. Unos habían ido en respuesta a una orden de servicio, otros no y eran muchos. Pero todos los policías que estaban allí, dejaron un poco de ellos mismos junto a los restos de su querido “babacha”, como lo llamaban.

Como lo señaló con santo orgullo su hijo, Cantero murió vestido de policía, como siempre había querido. Venía de cumplir servicio, de vuelta a su hogar, como cualquier otro día de sus 34 años de servicio policial. Y eso es lo grande, lo que lo define como un arquetipo. Fue capaz de hacer siempre lo que debía, hacerlo con ganas y dar ejemplo constante en el servicio de su misión policial y en el amor de su familia y amigos.

Hoy es común, tanto en la policía, como en otras formas de servicio comprometido, ver la deserción de muchos, ante cualquier dificultad. Son pocos los que luchan, los que perseveran, los que se comprometen. Pero podemos decir que tenemos un modelo más, que prueba que el bien obrar es posible, que llena el alma y deja huella profunda, y que es posible imitarlo.

Sargento Primero Mario Cantero, ¡¡¡Presente!!!

viernes, 27 de junio de 2014

Recemos por el Papa

Este domingo, festividad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, es el Día del Papa.

La palabra “Papa” se origina en la abreviatura de un título, originalmente dado a aquellos obispos que, por diversas razones, tenían cierto predominio sobre otros. El título era “Pater Patrorum” y significa “Padre de los Padres” (Pa-Pa). Por eso hay varios Patriarcas que llevan también este título de Papa.

Pero no es el día de todos los Papas, sino de uno sólo, el Papa de Roma. Que es el único y legítimo sucesor, histórica y arqueológicamente certificado, del Apóstol san Pedro; aquel que se llamaba “Simón el hijo de Juan” y a quien Jesús dio el título de “Cefas”, esto es “piedra”, de donde deriva el nombre de Pedro. Hay que subrayar que “Pedro” no es un simple apodo, sino un título y un encargo, muy solemne.

Jesús le dio este nombre luego de que el apóstol confesara la divinidad del Maestro, movido por una inspiración del mismo Dios Padre. “…feliz de ti, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado la carne o la sangre, sino mi Padre del Cielo, por eso te digo: tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, ha dicho Jesús y, al hacerlo, le ha dado un título y una misión, a la vez que ha expresado una profecía de cumplimiento indispensable. A esta Iglesia, levantada sobre la piedra de la confesión de Pedro, la única fundada por Cristo, y que subsiste en la llamada Iglesia Católica, Apostólica, Romana, le ha prometido el Hijo de Dios prevalecer contra todos sus enemigos, sin defección posible, hasta que Él vuelva a juzgar al mundo.

Las fuerzas del infierno han atacado a esta Iglesia, en todas las épocas y cada vez con mayor ferocidad y jamás han podido ni podrán destruirla. Y esto no porque sea una empresa humana muy bien organizada y mucho menos por pura casualidad. La Iglesia fundada por Cristo, cuyo Vicario en la Tierra es el Papa de Roma, jamás ha sido vencida ni podrá serlo, a pesar de que los hombres que la formamos somos tan débiles como cualquiera, porque su fuerza está puesta en una promesa divina.

¿Por qué deberíamos rezar por el Papa, si es Cristo quien se juega por él? De tal modo que si el Papa defeccionara en la fe, como tantos lo han temido a lo largo de su historia, deberíamos decir que Cristo falló a su promesa y, por lo tanto, no es Dios.

Los enemigos, de dentro y de fuera, le pegan duro al Papa, porque es quien confirma la divinidad de Cristo, como testimonio constante. Pero como el Papa es un simple hombre, con un gran peso sobre sus hombros, justo es que recemos por él, para que cumpla su misión con la debida santidad.

viernes, 20 de junio de 2014

Un amor que no falla

Si algo esperamos del amor es que no nos falle, que no se acabe, que jamás nos traicione. Queremos alcanzar el amor y que nunca se agote.

Queremos amar y ser amados. ¡Es nuestra naturaleza! El sentido último de nuestra existencia es poder sentirnos colmados de amor. “En amar está todo el contento de amar” dijo uno que sabía mucho de amor. Es clarísimo, sólo el amor llena el ansia de nuestro corazón y, una vez colmado, nada más nos hace falta.

Pero, aunque tenemos esta ansia de amor, siempre despierta, sabemos que los amores que podemos encontrar son, como nosotros mismos, finitos, limitados. Se nos pueden acabar y de hecho se nos acaban. Y por mucho que nos dure un amor, tarde o temprano se enfrenta a la muerte.

¿Es que no hay amor que colme nuestro deseo de amar, de modo pleno y sin fin? ¿Será que nuestra naturaleza está frustrada en su intento más esencial?

Alguien ha dicho que “el amor es más fuerte que la muerte”, que no pueden anegarlo ni todas las aguas que existen, que trasciende todas las cosas, en todas está, que todo lo colma y todo existe únicamente por el amor. Alguien ha dicho que el amor existe y que puede ser alcanzado por el hombre sediento de amar.

Decirlo es fácil. Cualquiera puede escribir palabras bonitas sobre el amor, dejado llevar de sus ansias legítimas.

Pero una cosa es decirlo y otra es hacerlo realidad.

Sólo podría hacerlo realidad quien poseyera el amor en toda su plenitud, quien fuera su mismo autor infalible, capaz de compartirlo con quien quiera y sin que se le acabe jamás.

Para que el amor que desea mi corazón pudiera existir, ese amor debería ser Dios, ni más ni menos. Menos amor sería siempre demasiado débil. Si el amor no fuera Dios, no me sería suficiente. El amor de las creaturas es como las mismas creaturas, limitado, corruptible. No alcanza a colmar ningún corazón, al menos no por mucho tiempo.

Pero es cierto que el amor es Dios, porque Dios es amor. No sólo lo ha dicho, sino que lo ha probado. Y del modo más increíble. Del modo más exigente y permanentemente.

No sólo se ha dado por entero a la creatura amada, hasta dar la misma vida, sino que permanece sin cesar en esta entrega, a la espera silenciosa de hallar nuestra reciprocidad. Para que el amor sea pleno para nosotros, tanto como es pleno en Él.

Este misterio de amor alcanzable, se esconde para ser encontrado en cada Sagrario, se ofrece para ser recibido en cada Misa. Es el milagro más repetido y menos considerado.

¡Qué terrible es que teniendo todos tanta sed del amor, el Amor sea tan poco amado! Sin embargo, Él sigue esperando…