En 1299, Europa se deshacía por la peste y la guerra, y en la Navidad
de aquel año, Roma se vio, de golpe y sin previo aviso, llena de una multitud
de peregrinos que buscaban purificarse de sus vicios y pecados, pues habían
comprendido que los males que azotaban a Europa provenían de sus mismos pecados
y sólo podían curarse por medio de la penitencia y la conversión. El Papa de
entonces, Bonifacio VIII, convocó para el 1300 el primer Jubileo cristiano de
la historia. Desde aquel año, en diferentes momentos, más o menos cada 25 años,
los Papas nos invitan a peregrinar, a hacer penitencia y a convertir los
corazones. Las peregrinaciones son parte de la vida cristiana, que concibe el
vivir, como un caminar hacia la Casa del Padre
Peregrinar es caminar hacia un lugar distante y distinto. Porque es
distante me esfuerzo, porque es distinto me animo y entusiasmo. Puedo ir lejos
a buscar trabajo, puedo huir de la guerra o de las responsabilidades, puedo
viajar para tomar vacaciones. Hay muchos modos de peregrinar, pero el más
importante es el peregrinar hacia el lugar “santo”. A los jóvenes les gusta la
aventura de la peregrinación, probarse en el esfuerzo del camino. A los viejos
les cuesta caminar pero saben que necesitan limpiarse por el sacrificio de la
marcha. A todos nos conviene peregrinar. Al hacerlo nos acordamos que vamos
andando en la vida, que no fuimos hechos para “quedarnos”, sino para avanzar y
llegar a la casa del Padre Bueno que nos espera.
¡Ánimo los jóvenes (y los no tan jóvenes) que peregrinan al Santuario
de la Virgen del Valle Grande cada año! Ojalá aprovechen la aventura y
conviertan el corazón. Ojalá valoren el esfuerzo y se enamoren de lo arduo, de
lo grande, de lo noble. Todos avanzamos en la vida, pero sólo algunos deciden
hacia dónde, son aquellos que caminan en la paz y la justicia hacia Dios.
Frente a tanta “peste” de egoísmos y corrupciones,
frente a la “guerra” absurda de la inseguridad instalada, del “tomo lo que
quiero”, del “mato porque puedo”, de tanta sinrazón. Frente a la disolución
galopante de la institución fundamental de toda sociedad, como es la familia “tal
cual Dios la diseñó”. Frente a la cultura de la muerte que se rasga las
vestiduras ante algunas muertes, mientras procura legalizar el genocidio del aborto.
Frente a todos estos males, nos convendría pensar como aquellos europeos del
1299 y comenzar un arduo peregrinar de vuelta a la Voluntad de Dios.
Hoy, muchos caminan hacia su propio exterminio,
dejados llevar de sus caprichos, vicios y pecados. Hoy, como ayer y siempre,
podemos mostrar, con nuestro peregrinar a los lugares santos, que es todavía
posible la conversión para la vida y la felicidad verdaderas.
¡Ánimo, peregrinos! ¡Nos espera el Padre Bueno!
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