Mientras unos consiguen la oportunidad del esfuerzo y
con ello conquistan la virtud, otros, en cambio, no reciben de los mayores otra
cosa que mal.
Vi por la calle a una madre golpeando e insultando a
su pequeño hijo, vi la mirada transida de dolor y angustia del pequeñito. Nada
pudieron lograr unos policías que se acercaron. La mujer tenía “contactos”.
¿Qué será de ese niño? Alguien que miraba, dijo: seguro terminará siendo un
delincuente. No lo sé, tal vez encuentre quien pueda darle la ayuda que allí no
pudimos los que lo veíamos sufrir. Tal vez acepte esa ayuda y supere su trauma.
Tal vez su madre se arrepienta y lo salve. Tal vez, como tantos otros, llegue a
ser un santo. O tal vez tenga razón quien habló entonces y vaya por el camino
del mal y el resentimiento, hacia su propia perdición.
Veo padres que dan a sus hijos ejemplo de amor y
sacrificio, pero también veo a muchos desertores de su rol de padres,
permisivos ante la pereza, faltos de verdadero amor, llevando a sus hijos por
el camino del odio.
Ningún mafioso del mundo lograría tantos seguidores de
sus crímenes como logran los que encuentran a los hijos de malos padres, a los
hijos acostumbrados a que se les dé todo lo que piden, con sólo unos chillidos,
porque a sus padres les molesta y los dejan hacer. Niños caprichosos, a los que
llaman: “pobrecito, hay que darle el gusto
para que no sufra”. Los van haciendo egoístas, egocéntricos. Luego
cualquiera los hará delincuentes, porque el que no aprende a sufrir, a
conseguir las cosas con esfuerzo, luego las buscará por el camino del facilismo
y la delincuencia.
¡Cuántas lágrimas tardías de viejos padres, que no
supieron imponerse a los caprichos para educar de verdad a sus hijos!
Es cierto que aún en las mejores familias hay hijos
malos. Todos somos libres y por mucho bien que se reciba, siempre es posible
que se elija el mal. Pero es mucho más difícil sacar un mal tipo de un hijo
bien educado, y es muy fácil hacer un delincuente de un hijo mal educado.
La familia, la familia de verdad, la que cuesta hacer
y mantener, pero que es como Dios lo quiso, es el mayor seguro de la esperanza.
Las familias desquiciadas, con mucha frecuencia engendran monstruos egoístas, y
matan la esperanza en aquellos que recién se abren a la vida.
Para matar la esperanza basta con dejar hacer, con no
poner límites, con hacerse cómplice, con desertar del ejercicio de la
autoridad.
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