martes, 2 de diciembre de 2014

¿Deshonestos o incapaces?

Le pregunté a un amigo, ¿vos crees que los legisladores (dicho en general y sin pretender condenar a las excepciones) son más deshonestos que incapaces? y me contestó: ¡en ese orden!. Me dejó pensando.

Uno ve tanta ineptitud para hacer las leyes que nos rigen, que se me ocurre pensar que muchos de los legisladores (esa mayoría que convierte los malos proyectos en leyes) tienen una absoluta incapacidad para la tarea. Votan cualquier cosa y no entienden sino las órdenes que da el partido. Eso es lo que parece, al menos.

Volviendo a la respuesta de mi amigo (“en ese orden”), hay que decir que la primera deshonestidad que se observa, no es ni más ni menos que la de asumir una tarea para la que no se tiene capacidad. Es una especie de “ignorancia culpable”, que debería ser penada por la ley, pero… ellos son los que hacen y modifican las leyes.

Se podría objetar que el trabajo del legislador es algo muy complejo, que no admite un juicio tan tajante en tan pocas líneas. Que las leyes que rigen a la sociedad deben ser abarcativas del conjunto social, más allá de que a algunos no les guste esto o aquello. Perdón, pero no es cuestión de gustos. Claramente lo dijo el que sabe: “por los frutos se conoce el árbol”. Y los frutos son muy malos.

La disciplina social está quebrada, se nota en la calle, en los accidentes, en la desidia colectiva y ni hablar de las aulas escolares, donde siempre se nivela hacia abajo, suicidando el futuro.

¿Dónde están las leyes que protejan y exalten la familia natural, como premio al que se esfuerza por alcanzar la virtud, el amor verdadero, lo óptimo? No hace falta condenar al que no lo logra, pero es imprescindible favorecer el bien y distinguirlo del mal, o se pudre todo el cajón.

¿Dónde están las leyes que favorezcan la cultura del trabajo, desde la niñez y adolescencia? Con flojos a los que se les facilite la flojera, no se edifica nada, solo se destruye más. No es que no haya que atender al que necesita ahora mismo, y no puede esperar soluciones de largo plazo. Pero las buenas leyes deberían premiar el esfuerzo, favorecer al que lo intenta y perseguir a los ladrones (a todos, pero sobre todo a los de “guante blanco”).

Me pregunto si de esta eterna y siempre renovada “campaña electoral”, al fin surgirá un candidato que empiece por hacerse cargo de los males realizados, que tenga la nobleza de pedir perdón sin andar echando la culpa a otros. Un candidato que tenga el coraje de decir que promoverá las leyes virtuosas y borrará los engendros que ha permitido la corrupción, con que se ha enriquecido la clase gobernante. ¿Aparecerá un valiente así? Dios lo quiera.

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