Uno ve tanta ineptitud para hacer las leyes que nos
rigen, que se me ocurre pensar que muchos de los legisladores (esa mayoría que
convierte los malos proyectos en leyes) tienen una absoluta incapacidad para la
tarea. Votan cualquier cosa y no entienden sino las órdenes que da el partido.
Eso es lo que parece, al menos.
Volviendo a la respuesta de mi amigo (“en ese orden”), hay que decir que la
primera deshonestidad que se observa, no es ni más ni menos que la de asumir
una tarea para la que no se tiene capacidad. Es una especie de “ignorancia
culpable”, que debería ser penada por la ley, pero… ellos son los que hacen y
modifican las leyes.
Se podría objetar que el trabajo del legislador es
algo muy complejo, que no admite un juicio tan tajante en tan pocas líneas. Que
las leyes que rigen a la sociedad deben ser abarcativas del conjunto social,
más allá de que a algunos no les guste esto o aquello. Perdón, pero no es
cuestión de gustos. Claramente lo dijo el que sabe: “por los frutos se conoce
el árbol”. Y los frutos son muy malos.
La disciplina social está quebrada, se nota en la
calle, en los accidentes, en la desidia colectiva y ni hablar de las aulas
escolares, donde siempre se nivela hacia abajo, suicidando el futuro.
¿Dónde están las leyes que protejan y exalten la
familia natural, como premio al que se esfuerza por alcanzar la virtud, el amor
verdadero, lo óptimo? No hace falta condenar al que no lo logra, pero es
imprescindible favorecer el bien y distinguirlo del mal, o se pudre todo el
cajón.
¿Dónde están las leyes que favorezcan la cultura del
trabajo, desde la niñez y adolescencia? Con flojos a los que se les facilite la
flojera, no se edifica nada, solo se destruye más. No es que no haya que
atender al que necesita ahora mismo, y no puede esperar soluciones de largo
plazo. Pero las buenas leyes deberían premiar el esfuerzo, favorecer al que lo
intenta y perseguir a los ladrones (a todos, pero sobre todo a los de “guante
blanco”).
Me pregunto si de esta eterna y siempre renovada
“campaña electoral”, al fin surgirá un candidato que empiece por hacerse cargo
de los males realizados, que tenga la nobleza de pedir perdón sin andar echando
la culpa a otros. Un candidato que tenga el coraje de decir que promoverá las
leyes virtuosas y borrará los engendros que ha permitido la corrupción, con que
se ha enriquecido la clase gobernante. ¿Aparecerá un valiente así? Dios lo
quiera.
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