domingo, 14 de diciembre de 2014

Una fuente para calmar toda sed

La sed es una de las experiencias dolorosas más fuertes que siente el hombre. Sentir sed resulta más agobiante que sentir hambre. Nuestra masa corporal está formada por agua en más del 70 % y, cuando esa cantidad decrece mucho, la sed se vuelve un fuego ardiente y torturante.

Si un ser humano sufriera una profunda perdida de líquido por transpiración extrema, sumado a una gran pérdida de sangre, su sed sería terrible, mortal. Eso sintió Cristo en la cruz y, sin embargo, se negó a beber, pues su sed más intensa no era la ocasionada por la pérdida de fluidos corporales, sino por la amorosa necesidad de recuperar a su obra más preciada, nosotros. Dios tiene sed del hombre. Porque es el Bien, y el bien tiende, por naturaleza, a darse, y Dios eligió darse al hombre. Sin forzar su libertad, pero con una terrible sed de su creatura amada.

Por su parte, el hombre creado por Dios y para Dios, no encuentra en nada de lo creado, algo que sacie suficientemente sus ansias. Creado para unirse al Dios infinito, no puede calmar el ansia de su corazón en ningún otro amor, por grande y noble que sea. Aunque creado finito (esto es, con límites), está hecho para unirse al Infinito. Sólo el amor de Dios puede dar satisfacción a la sed de amor del hombre.

Dos sedientos. Y la fuente que los satisfacía, quebrada por la herida del pecado, seca de toda sequedad. Dos abismos que se buscan y no pueden encontrarse. El abismo del amor divino que solo puede darse al alma pura. El abismo de la miseria del hombre que, por su culpa, rechaza el amor divino, el único que puede llenarlo.

La iniciativa para curar este absurdo, sólo podía partir de Dios, pero debía contar con la creatura. Y Dios toma la iniciativa. Abre una fuente de la que podrán beber ambos. Una fuente capaz de restaurar lo que el pecado rompió, de unir lo que separó. En esa fuente, Dios va a encontrar la herramienta capaz de redimir a la humanidad. En ella, el Todopoderoso se hará pequeño como su creatura, para que la creatura pueda tener con qué pagar la deuda del pecado. Una fuente que debe ser límpida, para albergar el agua Viva que vivifica. Por eso adelanta a la Madre, los méritos del Hijo y la convierte en el Arca purísima de la Nueva y Eterna Alianza.

La fiesta de la Inmaculada Concepción, fiesta por demás popular, porque lo que se oculta a la soberbia de los poderosos, se revela suavemente a los sencillos de corazón, es la Fiesta en que celebramos el puente puesto por Dios.

Celebramos a María, por ser la Elegida, desde su concepción, para ser la fuente de la que bebemos la salvación.

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