Dios les dice al corazón: “no te equivoques como los facilistas, Dios no te quiere malo, te quiere
bueno, pero sabe esperarte”. Los que comprenden esta misericordia divina,
se animan a ser buenos, a intentarlo cada vez. Y cuando ven los buenos ejemplos
de los que lo lograron antes, se entusiasman aún más.
He visto el rostro impresionado y emocionado de muchos jóvenes
ante un buen ejemplo de amor verdadero. Tal vez un amor que no han visto en sus
propias familias, pero que de pronto descubren en un matrimonio que se ama de
verdad, en alguien que generosamente se entrega a Dios con toda el alma. Lo ven
en sus miradas, en sus gestos, y se emocionan, porque lo ven posible. ¡Cuánto
bien hacen a los jóvenes, los viejos matrimonios que se aman bien a la vista de
todos! ¡Cuánto bien contagian a los jóvenes, los consagrados que viven con
alegría su entrega a Dios!
Tal vez alguno piensa que estoy exagerando, que no hay
tanto bien en el mundo. Si miro los diarios, no se ve esto. Si camino las
calles, no se ve esto. Si miro con la mirada de Dios, con la paciencia de Dios,
con el amor crucificado, sí que se encuentra. Y esa es una mirada más cierta,
más confiable.
Muchas veces damos a los jóvenes oportunidades que para
nada les sirven. Les damos oportunidad para ser flojos, para pasarla bien sin
esfuerzo. Les damos permiso para falsear el amor, llamando tal a lo que sólo es
deseo egoísta. Lo hacemos en las bromas que festejamos, en los programas que
vemos, en los modelos que ensalzamos.
Personalmente soy testigo del éxito que tiene el exigir
la virtud, no por la fuerza de la violencia, sino por la fuerza del ejemplo,
del testimonio, de las razones explicadas con caridad y paciencia. Invito a
todos a buscar lo mejor de los jóvenes, con exigencia, con cariño no-cómplice,
con perseverancia, con confianza en que eso es lo que quiere el Dios que todo
lo puede.
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