domingo, 2 de noviembre de 2014

Los invisibles

Por los medios de comunicación, se puede visibilizar una buena parte de nuestra sociedad. Se presentan a diario los que prometen, los que no cumplen, los que dañan, los que roban, los que mienten. También alguno que otro que lo hace bien y por eso, con toda justicia, lo premian. Pero de esto muy poco.

Son noticia los que manejan mal y hacen mucho daño con sus vehículos, porque los conducen como armas mortales.

Son noticia los famosos, por el arte, el deporte o por los escándalos que desatan, casi como si todo fuera lo mismo.

Protagonistas de nuestro día a día, parecen ser más los que desordenan la sociedad que los que la construyen con esfuerzo, ladrillo por ladrillo.

Sólo unos pocos se visualizan en las portadas de la prensa, pero somos muchos más los argentinos que compartimos este espacio de historia y geografía, nuestra “Patria”.

¿Qué hay de los invisibles? Los que figuran en los censos de población y no se ven en los medios. ¿Dónde están? ¿Qué están haciendo cada día?

Tanto mostrar “modelos” de mentira y criminalidad, muchos de esos invisibles están tratando de vivir sus vidas como ven que lo hacen los protagonistas de la prensa. Desean el éxito y la fama, lo cual no tiene nada de malo, pero lo hacen por caminos equivocados. Siguen modelos efímeros, aunque como tienen pocos recursos y muchas trabas,  se angustian al no llegar.

No son los únicos, ni los más numerosos. Hay mucha gente en la pavada. Y hasta parece que cada día hay más. Pero no son la mayoría.

La mayoría labura cada día. La mayoría tiene una familia y la lleva lo mejor que le sale. La mayoría desea el verdadero amor y lucha por conquistarlo, cada día. La mayoría sufre cuando se equivoca e intenta reparar los errores. La mayoría se escandaliza de los escándalos y espera soluciones y vida en paz. Esta mayoría es invisible para los registros diarios de la fama. Pero es la porción de la sociedad que hace posible, cada día, su existencia.

La mayoría tiene fe, aunque lo exprese de muy diferentes formas. La mayoría espera de Dios lo que ya no puede esperar de los hombres, y hace bien, porque sólo en Dios hay que poner la confianza.

Tal vez piensen que soy demasiado optimista al decir esto. No es que ignore que nos falta mucho para ser lo que deberíamos ser. Pero en cada niño que crece, en cada joven que pasa, aun en los que parecen ya perdidos por las adicciones y los vicios que les venden los corruptos, se puede visualizar la esperanza. Porque a los pibes, cuando tienen alguna posibilidad, por pequeña que sea, les brillan los ojitos y se les despiertan las ganas de ser felices de verdad. Y muchos lo logran, aun ahora, aunque sigan pareciendo invisibles.

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