viernes, 20 de junio de 2014

Un amor que no falla

Si algo esperamos del amor es que no nos falle, que no se acabe, que jamás nos traicione. Queremos alcanzar el amor y que nunca se agote.

Queremos amar y ser amados. ¡Es nuestra naturaleza! El sentido último de nuestra existencia es poder sentirnos colmados de amor. “En amar está todo el contento de amar” dijo uno que sabía mucho de amor. Es clarísimo, sólo el amor llena el ansia de nuestro corazón y, una vez colmado, nada más nos hace falta.

Pero, aunque tenemos esta ansia de amor, siempre despierta, sabemos que los amores que podemos encontrar son, como nosotros mismos, finitos, limitados. Se nos pueden acabar y de hecho se nos acaban. Y por mucho que nos dure un amor, tarde o temprano se enfrenta a la muerte.

¿Es que no hay amor que colme nuestro deseo de amar, de modo pleno y sin fin? ¿Será que nuestra naturaleza está frustrada en su intento más esencial?

Alguien ha dicho que “el amor es más fuerte que la muerte”, que no pueden anegarlo ni todas las aguas que existen, que trasciende todas las cosas, en todas está, que todo lo colma y todo existe únicamente por el amor. Alguien ha dicho que el amor existe y que puede ser alcanzado por el hombre sediento de amar.

Decirlo es fácil. Cualquiera puede escribir palabras bonitas sobre el amor, dejado llevar de sus ansias legítimas.

Pero una cosa es decirlo y otra es hacerlo realidad.

Sólo podría hacerlo realidad quien poseyera el amor en toda su plenitud, quien fuera su mismo autor infalible, capaz de compartirlo con quien quiera y sin que se le acabe jamás.

Para que el amor que desea mi corazón pudiera existir, ese amor debería ser Dios, ni más ni menos. Menos amor sería siempre demasiado débil. Si el amor no fuera Dios, no me sería suficiente. El amor de las creaturas es como las mismas creaturas, limitado, corruptible. No alcanza a colmar ningún corazón, al menos no por mucho tiempo.

Pero es cierto que el amor es Dios, porque Dios es amor. No sólo lo ha dicho, sino que lo ha probado. Y del modo más increíble. Del modo más exigente y permanentemente.

No sólo se ha dado por entero a la creatura amada, hasta dar la misma vida, sino que permanece sin cesar en esta entrega, a la espera silenciosa de hallar nuestra reciprocidad. Para que el amor sea pleno para nosotros, tanto como es pleno en Él.

Este misterio de amor alcanzable, se esconde para ser encontrado en cada Sagrario, se ofrece para ser recibido en cada Misa. Es el milagro más repetido y menos considerado.

¡Qué terrible es que teniendo todos tanta sed del amor, el Amor sea tan poco amado! Sin embargo, Él sigue esperando…

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