viernes, 6 de junio de 2014

Lo importante y lo que me importa

Tantas veces se da que, lo que de veras me importa y por lo que me muevo en la vida, no es ni por lejos algo verdaderamente importante.

Nada debería importarme más que lo verdaderamente importante, lo objetivamente importante, lo indiscutiblemente importante. Sin embargo, tantas veces me descubro perdiendo la paciencia y aún la paz interior, por ocupar todo mi corazón en cosas banales, pasajeras, casi sin importancia. Es que, como suelen ser cosas que me atraen o molestan en lo inmediato, me quedo ante ellas como las liebres ante las luces de los autos. Y, peor que a las liebres, la vida me atropella, una y otra vez.

¡Ah, si las liebres no fueran tan zonzas de salir al camino de las cosas pasajeras, las que encandilan y atropellan sin piedad, y pasan luego de largo, dejándonos vacíos! Si en cambio, como liebres astutas, camináramos por las sendas que nos resultan más convenientes, sin arriesgar inútilmente la vida del alma, cuánto aprovecharíamos, y de cuántas heridas nos veríamos libres.

Lo importante no puede ser, jamás, aquello que nos trae un contento pasajero y luego nos abandona, apaleados, a la orilla del camino de la vida, sin rumbo ni destino.

Lo importante, en nuestras vidas, ha de ser, más bien, aquello que pueda darnos una paz estable y duradera. Una paz que no pueda ser vencida por las dificultades de lo cotidiano, antes bien, que sea una fortaleza interior que nos alcance para vencer tales dificultades, imponiéndonos a ellas.

Por ejemplo el honesto amor humano que hace de un varón y una mujer, por el sagrado consorcio del matrimonio, un nuevo y único ser, indisoluble y llamado por la misma naturaleza a constituir la base de una familia y de la sociedad humana misma, es algo muy importante, objetiva e indiscutiblemente importante. No puede anteponerse a este bien importante, ningún egoísmo, ningún “proyecto personal”, ningún “otro amor”, por verdadero y consolador que parezca.

El Bien Común de la sociedad, que se juega en los actos u omisiones de todos y cada uno de los individuos, pero de manera principal en los actos u omisiones de quienes tienen el sagrado deber de gobernar, es un bien importantísimo que no debe ser descuidado por conseguir bienes individuales, ni lícitos ni, mucho menos, ilícitos. La corrupción en el manejo de los fondos públicos debería ser castigada con la misma pena que el homicidio. Aún más debería ser equiparada, tal como están las cosas, con el genocidio.

Son sólo dos ejemplos. Hay muchos más. Lo justo sería que cada uno de nosotros, hagamos nuestro examen de prioridades. ¿Qué estoy anteponiendo, en mi vida y obligaciones, a lo que es verdaderamente importante? Y, en consecuencia, que procuremos cambiar lo que se deba cambiar, ya mismo.

“La pelota está en nuestra cancha”, juguémosla bien.

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