Nada debería importarme más que lo verdaderamente
importante, lo objetivamente importante, lo indiscutiblemente importante. Sin
embargo, tantas veces me descubro perdiendo la paciencia y aún la paz interior,
por ocupar todo mi corazón en cosas banales, pasajeras, casi sin importancia.
Es que, como suelen ser cosas que me atraen o molestan en lo inmediato, me
quedo ante ellas como las liebres ante las luces de los autos. Y, peor que a
las liebres, la vida me atropella, una y otra vez.
¡Ah, si las liebres no fueran tan zonzas de salir al
camino de las cosas pasajeras, las que encandilan y atropellan sin piedad, y
pasan luego de largo, dejándonos vacíos! Si en cambio, como liebres astutas,
camináramos por las sendas que nos resultan más convenientes, sin arriesgar
inútilmente la vida del alma, cuánto aprovecharíamos, y de cuántas heridas nos
veríamos libres.
Lo importante no puede ser, jamás, aquello que nos
trae un contento pasajero y luego nos abandona, apaleados, a la orilla del
camino de la vida, sin rumbo ni destino.
Lo importante, en nuestras vidas, ha de ser, más bien,
aquello que pueda darnos una paz estable y duradera. Una paz que no pueda ser
vencida por las dificultades de lo cotidiano, antes bien, que sea una fortaleza
interior que nos alcance para vencer tales dificultades, imponiéndonos a ellas.
Por ejemplo el honesto amor humano que hace de un
varón y una mujer, por el sagrado consorcio del matrimonio, un nuevo y único
ser, indisoluble y llamado por la misma naturaleza a constituir la base de una
familia y de la sociedad humana misma, es algo muy importante, objetiva e
indiscutiblemente importante. No puede anteponerse a este bien importante,
ningún egoísmo, ningún “proyecto personal”, ningún “otro amor”, por verdadero y
consolador que parezca.
El Bien Común de la sociedad, que se juega en los
actos u omisiones de todos y cada uno de los individuos, pero de manera
principal en los actos u omisiones de quienes tienen el sagrado deber de
gobernar, es un bien importantísimo que no debe ser descuidado por conseguir bienes
individuales, ni lícitos ni, mucho menos, ilícitos. La corrupción en el manejo
de los fondos públicos debería ser castigada con la misma pena que el
homicidio. Aún más debería ser equiparada, tal como están las cosas, con el
genocidio.
Son sólo dos ejemplos. Hay muchos más. Lo justo sería
que cada uno de nosotros, hagamos nuestro examen de prioridades. ¿Qué estoy
anteponiendo, en mi vida y obligaciones, a lo que es verdaderamente importante?
Y, en consecuencia, que procuremos cambiar lo que se deba cambiar, ya mismo.
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