viernes, 27 de junio de 2014

Recemos por el Papa

Este domingo, festividad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, es el Día del Papa.

La palabra “Papa” se origina en la abreviatura de un título, originalmente dado a aquellos obispos que, por diversas razones, tenían cierto predominio sobre otros. El título era “Pater Patrorum” y significa “Padre de los Padres” (Pa-Pa). Por eso hay varios Patriarcas que llevan también este título de Papa.

Pero no es el día de todos los Papas, sino de uno sólo, el Papa de Roma. Que es el único y legítimo sucesor, histórica y arqueológicamente certificado, del Apóstol san Pedro; aquel que se llamaba “Simón el hijo de Juan” y a quien Jesús dio el título de “Cefas”, esto es “piedra”, de donde deriva el nombre de Pedro. Hay que subrayar que “Pedro” no es un simple apodo, sino un título y un encargo, muy solemne.

Jesús le dio este nombre luego de que el apóstol confesara la divinidad del Maestro, movido por una inspiración del mismo Dios Padre. “…feliz de ti, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado la carne o la sangre, sino mi Padre del Cielo, por eso te digo: tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, ha dicho Jesús y, al hacerlo, le ha dado un título y una misión, a la vez que ha expresado una profecía de cumplimiento indispensable. A esta Iglesia, levantada sobre la piedra de la confesión de Pedro, la única fundada por Cristo, y que subsiste en la llamada Iglesia Católica, Apostólica, Romana, le ha prometido el Hijo de Dios prevalecer contra todos sus enemigos, sin defección posible, hasta que Él vuelva a juzgar al mundo.

Las fuerzas del infierno han atacado a esta Iglesia, en todas las épocas y cada vez con mayor ferocidad y jamás han podido ni podrán destruirla. Y esto no porque sea una empresa humana muy bien organizada y mucho menos por pura casualidad. La Iglesia fundada por Cristo, cuyo Vicario en la Tierra es el Papa de Roma, jamás ha sido vencida ni podrá serlo, a pesar de que los hombres que la formamos somos tan débiles como cualquiera, porque su fuerza está puesta en una promesa divina.

¿Por qué deberíamos rezar por el Papa, si es Cristo quien se juega por él? De tal modo que si el Papa defeccionara en la fe, como tantos lo han temido a lo largo de su historia, deberíamos decir que Cristo falló a su promesa y, por lo tanto, no es Dios.

Los enemigos, de dentro y de fuera, le pegan duro al Papa, porque es quien confirma la divinidad de Cristo, como testimonio constante. Pero como el Papa es un simple hombre, con un gran peso sobre sus hombros, justo es que recemos por él, para que cumpla su misión con la debida santidad.

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