domingo, 31 de agosto de 2014

Manual de Instrucciones

Aunque no siempre lo vemos o lo leemos con la debida atención, con todos los artefactos que compramos, suele venir algo que se llama “Manual de Instrucciones”. Este contiene las instrucciones para el correcto uso del artefacto. Puede que le demos atención o no, pero está escrito por quien ha fabricado el artefacto y, por lo tanto, supone la mejor fuente de información sobre el mismo.

Generalmente hay una notita que explica que no se reconocerá la garantía por roturas que se sigan del uso incorrecto del artefacto, es decir, de no atender al Manual de Instrucciones.

A nadie se le ocurre que los manuales de instrucciones de los artefactos, sean meros caprichos de sus fabricantes. Y cuando alguno, de hecho, actúa sin obedecer sus indicaciones y advertencias, luego deberá lamentar la pérdida del artefacto y la vergüenza por haber desoído las instrucciones.

Cuidamos los artefactos que compramos, porque nos han costado. Nos duele perder aquello por lo que tuvimos que pagar.

Seguimos la instrucciones de los fabricantes de casi todas las cosas que recibimos, de casi todas las que han sido hechas por otros que saben mejor que nosotros cómo se las debe usar.

Pero, ¿qué hay de nosotros mismos? ¿Acaso nos hicimos solos? ¿Somos los fabricantes de nuestra existencia? No, de ninguna manera. Es una soberbia estúpida creernos autogestores de nuestra existencia; incluso de nuestra continuidad en ella. Como si pudiéramos decidir comenzar a existir o seguir haciéndolo. Ni siquiera podemos decidir dejar de existir. Aunque acabáramos con nuestra vida temporal, no por eso podríamos dejar de existir, sólo habríamos abandonado el cuerpo. O acaso “¿eres lo mismo que tu cadáver?”. Tu alma seguirá existiendo, sin depender de lo que hagas con tu cuerpo.

Ya que somos hechura de otro, ¿tenemos Manual de Instrucciones?. Si que lo tenemos.

Está inscrito en nuestro ser y nos exige “buscar el bien y conseguirlo y evitar el mal”. Por la dureza de nuestros corazones, el autor de nuestra vida, publicó esa ley, con más detalles, en tablas de piedra y lo llamó “El Decálogo” o “Los Diez Mandamientos de la Ley de Dios”. En la plenitud de los tiempos nos dijo que toda esa Ley, escrita en nuestra naturaleza y en los Libros Sagrados, se resumía en un Mandamiento Nuevo y perfeccionador de todos los otros: el Mandamiento del Amor. Amar parece fácil, pero para que nos sirva de verdad y nos alcance el éxito definitivo y eterno, debe ser un amor al modo como somos amados por el que nos hizo (”ámense como Yo los he amado”)

Qué duros somos para hacer caso a lo que más nos conviene, y qué paciente es nuestro fabricante, que nos renueva la garantía, una y otra vez, esperando que al fin cumplamos con nuestro Manual de Instrucciones, simplemente para alcanzar la felicidad.

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