lunes, 18 de agosto de 2014

El Reino es para los violentos

Esto lo dijo Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, y se debe entender con exactitud, pero junto a todo lo demás que dijo Jesús. Todo Él y todo lo que Él dijo es la Palabra eterna de Dios. Quien tome una de sus palabras y la use como un todo, sin cuidar la interpretación en el contexto de toda la Revelación, puede equivocarse y mucho.

Según ha dicho Jesús, para ganar el Reino de los Cielos, hay que hacerse violencia. Hay que matar en nosotros las obras de la carne (y no se refiere sólo a las que prohíbe el sexto mandamiento), para que, muerto el “hombre viejo” (el que se deja llevar de las concupiscencias de lo temporal), surja el “hombre nuevo” (el que sólo busca la Voluntad de Dios y todo lo sacrifica con tal de ganar la virtud que lo acerque a Dios).

Siempre ha sido posible equivocarse respecto de la violencia que nos pide el Señor. Baste un ejemplo. En la noche misma de la Pasión, cuando el Señor se entregaba, voluntariamente, como manso cordero, para ser sacrificado por nuestros crímenes, el primero de sus apóstoles sacó la espada e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja. Jesús reprendió a Pedro y curó al herido. Más aún, dijo a modo de advertencia: “el que a hierro mata a hierro morirá”.

Toda la violencia cometida en nombre de Dios, a todo lo largo de la historia y aún hoy, tanto por cristianos como por quienes tengan otros credos, es una negación del mismo Dios.

Dios es el que “hace salir el sol sobre buenos y malos y caer la lluvia sobre justos e injustos”. El que en nombre de Dios hiere o mata a su hermano, se hace abominable a los ojos del Dios de la Vida.

Los fundamentalistas de todos los credos, incluso los que a sí mismos se llamen católicos, no creen en Dios. No en el Dios verdadero. Ellos se han hecho sus falsos dioses, hechos a su forma y medida; al modo de sus pequeñas capacidades para entender. Creen que son grandes y sabios, pero sólo son necios. La Sabiduría de Dios se manifiesta a los pequeños, a los simples, a los mansos.

Sólo son discípulos del único Dios, los que trabajan por la paz.

Sólo son verdaderos mártires, los que ofrecen sus vidas y no los que matan a sus adversarios.

Roguemos cada día a Dios, que nos dé entrañas de misericordia. No que seamos blandos y negligentes en el cumplimiento de nuestros deberes, sino misericordiosos, dispuestos a perdonar a los que se arrepienten, a ofrecer las propias vidas, aún por los que hacen el mal, a fin de que lleguen a salvarse todos. Cada día hay que hacerse, a sí mismos, esta violencia.

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