Según ha dicho Jesús, para ganar el Reino de los
Cielos, hay que hacerse violencia.
Hay que matar en nosotros las obras de la carne (y no se refiere sólo a las que
prohíbe el sexto mandamiento), para que, muerto el “hombre viejo” (el que se
deja llevar de las concupiscencias de lo temporal), surja el “hombre nuevo” (el
que sólo busca la Voluntad de Dios y todo lo sacrifica con tal de ganar la
virtud que lo acerque a Dios).
Siempre ha sido posible equivocarse respecto de la
violencia que nos pide el Señor. Baste un ejemplo. En la noche misma de la
Pasión, cuando el Señor se entregaba, voluntariamente, como manso cordero, para
ser sacrificado por nuestros crímenes, el primero de sus apóstoles sacó la
espada e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja. Jesús
reprendió a Pedro y curó al herido. Más aún, dijo a modo de advertencia: “el
que a hierro mata a hierro morirá”.
Toda la violencia cometida en nombre de Dios, a todo
lo largo de la historia y aún hoy, tanto por cristianos como por quienes tengan
otros credos, es una negación del mismo Dios.
Dios es el que “hace salir el sol sobre buenos y malos
y caer la lluvia sobre justos e injustos”. El que en nombre de Dios hiere o
mata a su hermano, se hace abominable a los ojos del Dios de la Vida.
Los fundamentalistas de todos los credos, incluso los
que a sí mismos se llamen católicos, no creen en Dios. No en el Dios verdadero.
Ellos se han hecho sus falsos dioses, hechos a su forma y medida; al modo de
sus pequeñas capacidades para entender. Creen que son grandes y sabios, pero
sólo son necios. La Sabiduría de Dios se manifiesta a los pequeños, a los
simples, a los mansos.
Sólo son discípulos del único Dios, los que trabajan
por la paz.
Sólo son verdaderos mártires, los que ofrecen sus
vidas y no los que matan a sus adversarios.
Roguemos cada día a Dios, que nos dé entrañas de
misericordia. No que seamos blandos y negligentes en el cumplimiento de
nuestros deberes, sino misericordiosos, dispuestos a perdonar a los que se
arrepienten, a ofrecer las propias vidas, aún por los que hacen el mal, a fin
de que lleguen a salvarse todos. Cada día hay que hacerse, a sí mismos, esta
violencia.
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