sábado, 23 de agosto de 2014

No olvidar a los mártires

Hace unos días recibía un correo de un fraile franciscano de Jerusalén, suplicando que no los olvidemos.

Este fraile, es un hombre que podría estar viviendo su ministerio y consagración, tranquilamente, en su España natal, pero que desde hace más de 40 años, está entregado a acompañar y asistir a los pocos cristianos que quedan en la Tierra Santa, como miembro de la Custodia Franciscana.

Me escribía a raíz de que tuvimos que postergar nuestra Peregrinación Diocesana, por el riesgo de la guerra. Su súplica de que no los olvidemos, iba más allá del hecho de las peregrinaciones, aunque también es de suma importancia que existan, pues de eso viven, principalmente, los cristianos de Israel y Palestina.

Su súplica se dirigía sobre todo a que no seamos indiferentes a su martirio, constante y reiterado; él mismo ha vivido varias guerras, con toda la historia de horror y miseria que eso significa.

Tenemos frecuentes noticias de cómo enfrentan la muerte los pocos cristianos de Gaza, o de Irak, gracias al testimonio de los sacerdotes del Instituto del Verbo Encarnado que están allá y son paisanos nuestros. Conocemos por los medios de comunicación, lo que sufren hoy, tanto cristianos como gentes de otras confesiones, perseguidos por los fundamentalistas fanáticos.

Hemos escuchado al mismo Papa Francisco, exigir a la comunidad internacional detener a los “agresores injustos” que masacran a cristianos y otros, en el autoproclamado califato islámico, que no es otra cosa que terrorismo internacional. Más aún, aclaró que no es suficiente con que EEUU tire unas bombas contra ellos, que no se trata de apagar el fuego con nafta, y que hay que actuar con suma urgencia.

Los mártires que hoy mueren, atrozmente, en manos de los terroristas del califato, como los que resultan víctimas del odio mutuo entre judíos y musulmanes extremistas en Gaza, son verdaderos mártires, ya que dan la vida por ser fieles a su fe. Los que los están masacrando son agresores injustos y deben ser detenidos, incluso por la fuerza de las armas. ¿Cómo se pueden conciliar estas posturas, ante el Evangelio de la paz?

La doctrina de la Iglesia, que es el Depósito de Fe que Dios le confió al fundarla, sostiene tanto la legitimidad de la defensa, como la preferencia heroica a la ofrenda de la propia vida.

Valga un ejemplo: las atrocidades del nazismo debieron y deberán siempre ser enfrentadas y detenidas, aún por la fuerza legítima. Por otro lado, frente a esas mismas atrocidades, Maximiliano María Kolbe, eligió dar la vida por un desconocido y es un mártir. La legítima defensa venció al nazismo, pero no los males del fanatismo. El martirio de San Maximiliano, mostró que la humanidad sólo se salva de verdad, por el amor, y sobre todo por el amor sacrificial. No hay contradicción entre defensa “legítima” y “heroísmo” martirial.

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