Este fraile, es un hombre que podría estar viviendo su
ministerio y consagración, tranquilamente, en su España natal, pero que desde
hace más de 40 años, está entregado a acompañar y asistir a los pocos
cristianos que quedan en la Tierra Santa, como miembro de la Custodia
Franciscana.
Me escribía a raíz de que tuvimos que postergar
nuestra Peregrinación Diocesana, por el riesgo de la guerra. Su súplica de que
no los olvidemos, iba más allá del hecho de las peregrinaciones, aunque también
es de suma importancia que existan, pues de eso viven, principalmente, los
cristianos de Israel y Palestina.
Su súplica se dirigía sobre todo a que no seamos
indiferentes a su martirio, constante y reiterado; él mismo ha vivido varias
guerras, con toda la historia de horror y miseria que eso significa.
Tenemos frecuentes noticias de cómo enfrentan la
muerte los pocos cristianos de Gaza, o de Irak, gracias al testimonio de los
sacerdotes del Instituto del Verbo Encarnado que están allá y son paisanos
nuestros. Conocemos por los medios de comunicación, lo que sufren hoy, tanto
cristianos como gentes de otras confesiones, perseguidos por los
fundamentalistas fanáticos.
Hemos escuchado al mismo Papa Francisco, exigir a la
comunidad internacional detener a los “agresores injustos” que masacran a
cristianos y otros, en el autoproclamado califato islámico, que no es otra cosa
que terrorismo internacional. Más aún, aclaró que no es suficiente con que EEUU
tire unas bombas contra ellos, que no se trata de apagar el fuego con nafta, y
que hay que actuar con suma urgencia.
Los mártires que hoy mueren, atrozmente, en manos de
los terroristas del califato, como los que resultan víctimas del odio mutuo
entre judíos y musulmanes extremistas en Gaza, son verdaderos mártires, ya que
dan la vida por ser fieles a su fe. Los que los están masacrando son agresores
injustos y deben ser detenidos, incluso por la fuerza de las armas. ¿Cómo se
pueden conciliar estas posturas, ante el Evangelio de la paz?
La doctrina de la Iglesia, que es el Depósito de Fe
que Dios le confió al fundarla, sostiene tanto la legitimidad de la defensa,
como la preferencia heroica a la ofrenda de la propia vida.
Valga un ejemplo: las atrocidades del nazismo debieron
y deberán siempre ser enfrentadas y detenidas, aún por la fuerza legítima. Por
otro lado, frente a esas mismas atrocidades, Maximiliano María Kolbe, eligió
dar la vida por un desconocido y es un mártir. La legítima defensa venció al
nazismo, pero no los males del fanatismo. El martirio de
San Maximiliano, mostró que la humanidad sólo se salva de verdad, por el amor,
y sobre todo por el amor sacrificial. No hay contradicción entre defensa
“legítima” y “heroísmo” martirial.
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