La más absurda e inútil, pero la primera que se
presenta, es la negación. Negar el dolor no lo cura, pero parece evitarlo.
Vivimos la era de los analgésicos. Para todo dolor parece haber una pastillita
de algo que te lo alivia, sin más. Muchas veces ese alivio no hace otra cosa
que ocultar el dolor y permitir que su causa siga avanzando. Por lo que hace a
los efectos de los analgésicos para dolores físicos, es bueno consultar con los
que saben más, es decir con los médicos.
Para los dolores del alma, no se encuentra remedio en
las farmacias. Pero es posible negarlos de modos muy sutiles, tan sutiles como
mortales.
¿Qué decir a quienes tratan de “borrar” el dolor?
Simplemente que no se puede, nadie puede. Así como la ciencia no ha podido, ni
podrá, evitar todo dolor, mucho menos ha podido explicar su causa última y
fundamental. No se ve en un microscopio, no depende de una fórmula matemática.
Para la sola luz de la razón es, simplemente, un misterio y una terrible
contradicción.
Por eso tantos se preguntan, angustiados, “si el
mayor deseo de mi corazón es la felicidad, ¿por qué entonces tanto dolor?”
En los momentos de mayor sufrimiento es común
encontrar como único culpable de nuestros males, al mismo Autor de nuestra
existencia. Pareciera que Dios nos ha hecho defectuosos. ¡Él tiene la culpa!
Pensar que cualquier mal que me aqueje sea siempre, y
por definición, “la culpa de otro”, es un infantilismo espiritual que no nos
resuelve nada. Tan solo nos lleva a sufrir aún más.
Pero el analgésico o la negación, o el echarle la
culpa a otro, no son la única forma de enfrentar el misterio del dolor.
Sin duda, todo dolor es el efecto de una causa. Para
curar los dolores del cuerpo es preciso encontrar sus causas y tener la terapia
adecuada para su tratamiento y cura. De todos modos, más tarde o más temprano,
la muerte llega siempre, sin que se pueda evitar.
Los dolores en general, los físicos, los espirituales
y la misma muerte, pueden ser aprovechados. Pero para eso es necesario asumir
su causa.
El origen de todo mal está en la negación del bien
debido. Esto sólo lo puede hacer el que es libre para elegir. La cadena de males que
todos tenemos que sufrir y la misma muerte, tienen origen en la primera
desobediencia.
Si la desobediencia es la causa, la obediencia es la
cura. Si esta vida corruptible fuera la única, lo que he dicho no tiene ningún
valor de respuesta. Pero no es la única, ni la más importante. Son sólo unos
años, frente a la eternidad sin fin.
Es sencillo, y por eso sólo los sencillos lo comprenden.
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