viernes, 1 de agosto de 2014

Ante el dolor

Frente a esa realidad inevitable que es el dolor, existen diversas formas de reacción.

La más absurda e inútil, pero la primera que se presenta, es la negación. Negar el dolor no lo cura, pero parece evitarlo. Vivimos la era de los analgésicos. Para todo dolor parece haber una pastillita de algo que te lo alivia, sin más. Muchas veces ese alivio no hace otra cosa que ocultar el dolor y permitir que su causa siga avanzando. Por lo que hace a los efectos de los analgésicos para dolores físicos, es bueno consultar con los que saben más, es decir con los médicos.

Para los dolores del alma, no se encuentra remedio en las farmacias. Pero es posible negarlos de modos muy sutiles, tan sutiles como mortales.

¿Qué decir a quienes tratan de “borrar” el dolor? Simplemente que no se puede, nadie puede. Así como la ciencia no ha podido, ni podrá, evitar todo dolor, mucho menos ha podido explicar su causa última y fundamental. No se ve en un microscopio, no depende de una fórmula matemática. Para la sola luz de la razón es, simplemente, un misterio y una terrible contradicción.

Por eso tantos se preguntan, angustiados, “si el mayor deseo de mi corazón es la felicidad, ¿por qué entonces tanto dolor?”

En los momentos de mayor sufrimiento es común encontrar como único culpable de nuestros males, al mismo Autor de nuestra existencia. Pareciera que Dios nos ha hecho defectuosos. ¡Él tiene la culpa!

Pensar que cualquier mal que me aqueje sea siempre, y por definición, “la culpa de otro”, es un infantilismo espiritual que no nos resuelve nada. Tan solo nos lleva a sufrir aún más.

Pero el analgésico o la negación, o el echarle la culpa a otro, no son la única forma de enfrentar el misterio del dolor.

Sin duda, todo dolor es el efecto de una causa. Para curar los dolores del cuerpo es preciso encontrar sus causas y tener la terapia adecuada para su tratamiento y cura. De todos modos, más tarde o más temprano, la muerte llega siempre, sin que se pueda evitar.

Los dolores en general, los físicos, los espirituales y la misma muerte, pueden ser aprovechados. Pero para eso es necesario asumir su causa.

El origen de todo mal está en la negación del bien debido. Esto sólo lo puede hacer el que es libre para elegir. La cadena de males que todos tenemos que sufrir y la misma muerte, tienen origen en la primera desobediencia.

Si la desobediencia es la causa, la obediencia es la cura. Si esta vida corruptible fuera la única, lo que he dicho no tiene ningún valor de respuesta. Pero no es la única, ni la más importante. Son sólo unos años, frente a la eternidad sin fin.

Es sencillo, y por eso sólo los sencillos lo comprenden.

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