viernes, 12 de septiembre de 2014

Podemos pedir y ser buenos

¿Qué hace falta para que un hombre, varón o mujer, sea bueno, pero bueno en serio, en todos los aspectos de su vida?

A veces nos parece una tarea imposible. Intentamos muchas veces no ser tan malos como otros, a quienes vemos haciendo el mal que nos repugna. Nos parece que con eso basta. No hago eso tan malo que hacen otros, por lo tanto soy bueno. Mentira, no es suficiente.

Pero, ¿es que acaso soy malo porque, a veces, me equivoco? Si me equivoco y me doy cuenta, pero no lo reparo, sí que soy malo. Mientras no me daba cuenta estaba eximido, pero cuando lo advertí y lo dejé así nomás, me hice culpable. Así reza el refrán cristiano: “el que no sabe, no peca”. Pero ojo, que el que no quiere saber, es culpable aún de su ignorancia.

Cualquiera puede ser bueno y totalmente bueno. Porque somos libres para elegir el bien y porque tenemos quién nos ayude, hasta en lo que pudiera resultarnos imposible.

Para alcanzar el bien, primero hay que decidir querer el bien, solo el bien, siempre el bien y, además, querer hacerlo bien. Porque cuando el bien no se hace bien, resulta un mal.

Esta decisión es interior, personalísima. debo buscar en mi interior y ser totalmente veraz conmigo mismo. No puedo guardar una parte de mal en mi elección del bien. Debo estar dispuesto a rechazar y renunciar absolutamente todo lo malo, por pequeño que sea.

Algunos dicen que basta con obrar según la conciencia. Pero no siempre han formado esa “conciencia” en la verdad. Su conciencia no es recta, o no es verdadera, sólo es “su” conciencia, o la conciencia regida por alguna ideología y no por la Verdad. Entonces, obrar según conciencia, de esa manera, sería un grave error. Además sería un error que haría daño a muchos.

Y así pasa, con todos los extremismos, los de izquierda, los de derecha y los que se disfrazan de religión y ortodoxia.

Se tiene por muy sabia y aún como un ícono de la sabiduría, la frase atribuida a Sócrates: “sólo sé que nada sé”. La gran sabiduría de esta frase, es la humildad que supone frente al misterio de la Verdad. Por mucho que supiera, siempre estaría muy lejos de saberlo todo, de tener la comprensión de la Verdad en su plenitud.

Para formar una conciencia recta y verdadera, que me lleve al conocimiento del bien que debo procurar, e impida todo error, tengo una herramienta maravillosa. Aquel que es la Verdad absoluta me ha invitado a pedirle ayuda para alcanzarlo y, como Él mismo es el Bien absoluto, alcanzar así la plenitud de bien. Todos estamos invitados a alcanzar así el Bien, pero debemos tener la humildad de pedirlo.

Al que pida con fe, se le dará.

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