Si hoy miramos por las acequias de las calles aledañas
a los boliches, las madrugadas de los viernes, sábados y domingos (en cualquier
pueblo o ciudad), y vemos a los jóvenes tirados allí, traspasados de droga y
alcohol, tenemos la tentación de cambiar aquel antiguo refrán por otro que
dijera: “juventud, diabólico desperdicio”.
Por otro lado, cuando llegan noticias de actos
verdaderamente criminales como, entre otras, la llamada reforma educativa de
Buenos Aires, que empuja aún más a los jóvenes a ser ignorantes y vagos,
podemos entender que no es la juventud el fracaso o el desperdicio, sino los pseudo-pedagogos que manejan, desde hace
años, la educación de los argentinos por un camino de desastre, bien pensado y
desarrollado por sus ideologías, que los convierte en verdaderos criminales de
lesa Patria.
¿La escuela es un lugar para aprender, o sólo un
comedero y un aguantadero de vagos (escuela inclusiva, le llaman)?
Los jóvenes son fuertes, por naturaleza, pero sin
educación jamás sabrán qué hacer con esa fuerza que tienen. Si no se les da
oportunidad del bien, por medio de la exigencia de la virtud, por el esfuerzo
del estudio serio, por la cultura del trabajo digno, se perderán y con ellos,
la sociedad toda se corromperá aún más, que no es poco.
Los jóvenes son las víctimas de las drogas, porque
ellos no tienen capacidad, aún, de ser sus productores, sus comercializadores,
ni los poderosos cómplices de los narcotraficantes.
Los jóvenes son víctimas de padres que no les exigen,
que cobardemente desertan de sus obligaciones de autoridad educativa. Siendo abandonados
por sus propios padres, ¿dónde buscarán refugio? No me refiero sólo a los que
sufren abandono material, sino también a aquellos que son abandonados de hecho,
colmados de bienes por los que jamás se esforzaron, con tal que no les molesten
la comodidad a sus padres desertores y egoístas.
Nos son jóvenes los que producen porquerías en la tele
o en internet, por lo menos no depende de ellos lograrlo.
Sin embargo, con cada chico que crece, aún en medio de
este mundo tan hostil, crece el divino tesoro de la juventud, que Dios no deja
de enviarnos.
Somos responsables de encauzar el tesoro de la
”primavera” de las flores, hacia el tesoro aún mayor del “verano” de los
frutos.
No miremos para otro lado. Cada cual mire a su
alrededor y apoye, con todo lo que tenga, cada cosa, por pequeña que parezca,
que eduque bien a los jóvenes. Pero no lo apoye de boca para afuera, sino con
actos concretos, con acciones, con dineros, con compromiso. Salvemos la semilla
del mañana, cuidando a los jóvenes, mediante una sostenida exigencia de la
virtud. Responderán, como siempre lo han hecho y cambiarán el mundo. No será
rápido, pero será seguro.
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