Comparto el texto del Decreto del Presidente Hipólito Yrigoyen, en el que establece que sea Día Patrio y explica por qué. está muy bueno (también al leerlo uno se explica que tan pobre y equivocado fue el cambiarle el nombre. De todos modos el nombre actual de este día en la efemérides oficial es inteligible y todo el mundo sigue diciendo "Día de la Raza" o "de la Hispanidad" o del Descubrimiento"... el Pueblo sencillo no sigue a los ideólogos tanto como ello creen...)
Va el texto del Decreto de Yrigoyen:
Considerandos:
"1º. El descubrimiento de América es el acontecimiento más trascendental
que haya realizado la humanidad a través de los tiempos, pues todas las
renovaciones posteriores derivan de este asombroso suceso, que a la par
que amplió los límites de la tierra, abrió insospechados horizontes al
espíritu.
"2º. Que se debió al genio hispano intensificado con la visión suprema de
Colón, efemérides tan portentosa, que no queda suscrita al prodigio del
descubrimiento, sino que se consolida con la conquista, empresa ésta tan
ardua que no tiene término posible de comparación en los anales de todos
los pueblos.
"3º. Que la España descubridora y conquistadora volcó sobre el continente
enigmático el magnífico valor de sus guerreros, el ardor de sus
exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, la
labor de sus menestrales, y derramó sus virtudes sobre la inmensa heredad
que integra la nación americana.
Resolución:
"Por tanto, siendo eminentemente justo consagrar la festividad de la fecha
en homenaje a España, progenitora de las naciones a las cuales ha dado con
la levadura de su sangre y la armonía de su lengua una herencia inmortal,
debemos afirmar y sancionar el jubiloso reconocimiento, y el poder
ejecutivo de la nación:
"Artículo primero: Se declara Fiesta Nacional el 12 de octubre.
"Artículo segundo: Comuníquese, publíquese, dése al Registro Nacional y se
archive".
lunes, 12 de octubre de 2015
viernes, 28 de agosto de 2015
Se necesitan palabras para pensar
¿A cuántas palabras se reduce el vocabulario de una
persona hoy? Si pensamos en adultos que han leído mucho, probablemente ese
número de palabras conocidas sea bastante grande. Si pensamos en las jóvenes
generaciones, en los que hoy están tomando los puestos de mando en todas las
cosas, ya no es tan grande el número, pues han tenido que padecer las barbaridades
de los pedagogos modernos, que hicieron todo lo posible por impedirles el
acceso a la buena literatura, sumado al aporte de escritores que todo lo que
han hecho es multiplicar las palabrotas y las obscenidades en sus supuestas
obras literarias, sin contar con el efecto de lo audiovisual que, aunque muy
bueno en sí mismo, reemplaza las palabras con sensaciones visuales poco
definidas. Si nos trasladamos a los más pequeños de hoy y observamos sus
comunicaciones en las redes sociales, encontramos un vocabulario poco superior
al de los primates, con apenas algunos rasgos de humanidad que, a Dios gracias,
aún permanecen.
Es cierto que no basta tener un gran vocabulario, sino
también comprenderlo y usarlo para el bien. Conozco personas que poseen un
riquísimo vocabulario que, con gran soberbia, usan para confundir a otros y
hacerlos seguir falsas doctrinas. Con esa especie de tratados de la palabra
excesivamente trabajada, consiguen grandes frutos, ya sea en dinero, poder o
simplemente fama y aplauso. Todos bienes efímeros que suelen terminar siendo
muy dañinos.
Si no se conocen palabras en abundancia, conociendo,
al mismo tiempo, el significado de ellas, de modo de aprender a usarlas para la
argumentación, no se podrá lograr el conocimiento.
No es lo mismo “simiente” que “siguiente”, pero suenan
parecido y al leer, no son pocos los que leen una u otra sin detenerse a pensar
si es eso lo que se ha querido decir. Por lo tanto, al leer, no han entendido
en absoluto lo que leyeron; menos aún lo entendieron los que sólo escucharon la
lectura.
Los signos de puntuación, como las comas, los puntos
seguidos o los finales, tienen un sentido en la comprensión de lo que está
escrito. Si no los respeto, cambio el sentido y me puedo equivocar muy feo. Una
vez, en una Misa, un lector leyó: “¡Sí, Cristo no resucitó, vana es nuestra fe!”,
pero San Pablo dijo: “si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe”. (Por favor lea las dos versiones de nuevo,
bien despacio y trate de entender en dónde está el error. Si no lo comprende,
pregunte a alguien que sepa leer con buena pronunciación). La primera
forma, equivocando las comas y los acentos, concluye lo que afirmaría un ateo.
Bien leída, es una llamada de atención a los cristianos con poca instrucción
sobre lo importante de la fe.
Libros, buenos libros, muchos buenos libros, bien
leídos, para salvar la inteligencia humana. ¡Urgente!
miércoles, 12 de agosto de 2015
Qué hacemos con la Patria
Estamos a un paso de una nueva recordación del
fallecimiento del más grande héroe de la Patria. De ese grande “universal” que
fue el General Don José Francisco de San Martín. Su grandeza nos dio origen e
identidad ante el mundo, quiso darnos un legado para que siguiéramos su obra,
nos dio ejemplo y la vida misma.
¿Qué hemos hecho de su legado? Tenemos su nombre en
calles y plazas de todo el país. Tenemos asociaciones que recuerdan su historia
y celebran sus hazañas. Tenemos sus restos descansando en la Catedral de Buenos
Aires y su sable en el Museo Nacional. Sus “máximas a Merceditas” se siguen
leyendo en nuestras escuelas primarias. Y no mucho más…
Un turista me dijo una vez: “qué importante es para
ustedes el “hombre del caballo”, está por todas partes”, se refería a las
estatuas ecuestres de San Martín, que tenemos por todo el país. ¿Es realmente
importante para nosotros? Debería serlo.
Uno de los grandes logros del partido liberal de la
Argentina, fue poner a San Martín en las plazas y sacarlo de las mentes y los
corazones de los argentinos. Conocemos muy poco de su figura, de su vida, menos.
Para el ridículo pseudo-progresismo de hoy, apenas
llega a ser la oportunidad de una falsificación cinematográfica para promover
al líder difunto, ¡un mamarracho!
“Serás lo que debas ser o no serás nada”. Y ¿qué es lo
que debíamos ser, según nuestro Padre y Libertador? Ese es el gran interrogante
que casi nadie se hace en la Patria. ¿A quién le importa? La Argentina hoy,
para muchos, especialmente para los que la van de líderes, es una oportunidad
para vivir bien, porque acá sobra de todo. Para muchos más, es sólo el lugar
donde se come, se bebe, se ve fútbol y se deja pasar la vida.
¿Se habría largado a cruzar la cordillera el General,
de haber sabido que íbamos a hacer lo que hacemos con la Patria? Él sí, él lo
habría hecho de todos modos y lo volvería a hacer. Porque era un héroe, porque
era un cristiano de ley, un hombre íntegro y honesto. ¿Y nosotros? ¿Lo
haríamos, lo habríamos seguido, siendo como somos? Muchos de nosotros, no hace
muchos años, probaron que todavía quedaba en la Patria gente dispuesta al
heroísmo. Tratamos su memoria como la de San Martín, monumentos y olvido.
Yo creo que todavía hay gente capaz de la herencia de
San Martín. Lo veo en muchos jóvenes. Los que a pesar de las modas, son fieles,
no se drogan, no se alcoholizan, tienen ideales y se mueven por ellos. Hay
gente a la que le cuesta, pero no aflojan.
Desde sus monumentos, en cada rincón
de la Patria, Don José Francisco nos convoca. Hoy no hacen falta espadas, pero
si corazones capaces del heroísmo. La Patria los tiene y se impondrán sobre los
corruptos.
viernes, 17 de julio de 2015
Doctrina Social cristiana
(Nota: Este pequeño aporte no pretende agotar la Doctrina Social de la Iglesia, solo referirse humildemente a lo dicho al respecto por el Papa Francisco, en su reciente visita a Latinoamérica.)
Es claro que lo que ha dicho el Papa Francisco, en su
última gira, va a dar mucho que hablar.
Tal vez no dijo nada nuevo, pero lo dijo de un modo
nuevo. El Magisterio de la Iglesia ha dejado claro, en muchas de sus páginas
doctrinales y desde hace mucho tiempo que, así como la ideología marxista es
intrínsecamente perversa, así también el liberalismo, sustento ideológico del
capitalismo liberal, es pecado, un pecado social, grave y destructivo. El
comunismo, sistema que surge de aplicar el marxismo, se cayó definitivamente y
solo pervive en los ensueños utópicos de una minoría intelectualoide. No sólo
fracasó en la ex-Unión Soviética, dejando millones de víctimas. Ya ni siquiera
existe en China o en Cuba, lugares donde aún se ve la estrella roja, pero donde
sus economías, en manos de castas dominantes, sólo repiten las normas del
capitalismo salvaje.
El Papa alzó fuerte la voz sobre las nefastas
consecuencias de lo que llamó “estiércol del diablo”, definiendo así la avidez
liberal por el dinero; causante de tantas esclavitudes modernas y productor de
tantas guerras.
Pero no opuso comunismo a capitalismo, o viceversa,
con esa falsa y popular idea de que no existen más que esas dos opciones. Les
habló a los que imaginan socialismos superadores, sobre las mismas líneas equivocadas.
Los felicitó por sus acciones en bien de los más pobres, pero les indicó un
camino distinto y realmente superador de las irrealidades ideológicas. Incluso
les advirtió que, por más sinceras que sean sus intenciones, las ideologías
siempre terminan en los totalitarismos opresores de los más pobres y pequeños.
En su viaje apostólico, no sólo hubo palabras y
discursos, sino también gestos muy significativos. La torpe idea del Presidente
de Bolivia de regalarle un extraño engendro, de la ya desaparecida teología de
la liberación filomarxista, quedó sepultada bajo un sinnúmero de testimonios de
heroicas realidades cristianas, visibilizadas por la oportunidad brindada por
la Visita Papal.
El sistema no da más, ¡hay que cambiarlo! No volviendo
atrás, ni a las ideologías del siglo XX, ni a las utopías de antiguos supuestos
buenos tiempos.
Hay que ser realistas, tampoco es algo que se consiga
tan fácilmente, pero es un modo realmente posible en el que se pueden ir dando
pasos concretos.
Tres cosas les propuso conseguir a los Movimientos
Populares. Primero hacer efectiva la mejor distribución de los bienes, con
acceso a la educación, deporte, recreación; recurriendo a las ayudas sociales
sólo como excepción pasajera en la búsqueda de crear fuentes de trabajo dignas.
En segundo lugar, seguir procurando unir a los pueblos en el camino de la paz y
la justicia. Tercero, cuidar realmente, en lo que esté al alcance de cada uno,
de la “casa común”.
A la avaricia del sistema, el Papa pidió oponer la
caridad efectiva y afectiva. ¡Se puede!
sábado, 4 de julio de 2015
¿Se puede educar hoy?
A raíz del caso de la
profesora “sacada” que se viralizó en las redes y la prensa toda, lo que más me
llenó de asombro no fue tanto el desborde de la docente, cuanto la reacción de
la mayoría de los comentarios. Prácticamente todos justificaban a la docente y
muy pocos hacían salvedad de que debió reaccionar mejor. Tal parece que pocos pensaran que haya un modo mejor para responder al problema, y esto es parte también del problema.
No conozco a la docente,
pero a raíz del suceso he podido tomar mayor conciencia de la tremenda gravedad
de la situación del sistema educativo. Objetivamente no es posible justificar las expresiones de violencia
que se escucharon en la grabación. Aunque al leer los comentarios y conocer
toda la polémica que se desató, se puede llegar a comprender que esta “anormalidad” suceda y que se repita por casi
todos lados.
A los que tenemos la dicha
de enseñar en colegios donde aún es posible el orden, el respeto y la disciplina
debidos e indispensables al proceso educativo de niños y adolescentes, igualmente
nos duele que pueda darse este desastre, sin que se tomen medidas eficientes
para solucionarlo.
Este clima de generalizada
violencia, de indiferencia ante el aprendizaje, de absoluta falta de respeto,
parece ser invisible a la mirada de las autoridades gubernamentales, quienes
deben proveer el derecho constitucional a la educación. Vemos que se sigue
insistiendo, gobierno tras gobierno, en las mismas “genialidades” pedagógicas,
que nos llevan de mal en peor. Estamos formando generaciones de ignorantes
irresponsables, y pareciera estar todo bien para padres y gobernantes.
Los niños y jóvenes en los
colegios, tienen un derecho fundamental, el derecho a estudiar y aprender. Y
eso supone que no deben estar vestidos de cualquier manera, peinados de
cualquier forma, haciendo cualquier cosa; porque, aunque estos ejemplos parezcan pequeñeces superadas, lo contrario es el caos en
el que están la mayoría de las escuelas. Por buscar una muy falsa “inclusión”,
hemos formado verdaderas selvas anárquicas, donde resulta imposible enseñar y
aprender.
Los docentes se ven
impotentes, los padres resultan cada día más ausentes y hasta cómplices, y las
autoridades absoluta y culpablemente ineptas para cumplir su deber.
Pero no hay manifestaciones
populares contra este desquicio. Nos importa la inseguridad, la inestabilidad
económica y el fútbol para todos, pero las causas de nuestras mayores
fragilidades, las que producen todos los demás males, esas no nos preocupan.
Mientras no nos ocupemos, todos, de este gran problema, estaremos condenados a
la desaparición como sociedad de personas libres y soberanas. Cualquier idiota
con plata nos dominará. Ahora cambian las autoridades, ¿harán algo mejor de lo
que se ha hecho hasta ahora? No lo escuché en ningún debate, pero ruego a Dios
que al menos lo intenten seriamente.
No debió “sacarse” la
docente, pero más importante es que no debió tener motivo para hacerlo. Y eso
es responsabilidad de todos y debemos exigirlo a las autoridades.
sábado, 27 de junio de 2015
Permitido asesinar legalmente
Pocas
horas antes de las elecciones provinciales pasadas, nos llegaba la noticia de
la promulgación de un “protocolo para la
atención integral de las personas con derecho a la interrupción legal del
embarazo”. Una verdadera atrocidad, digna del más absoluto rechazo por
parte de toda persona que se respete y respete la vida.
La expresión “interrupción
del embarazo” es un eufemismo hipócrita, por el que se trata de disimular
en qué consiste esta acción del aborto provocado: el homicidio más vil y
miserable, el asesinato de un varón o una mujer, aún no ha nacido, pero ya
existente y que debe ser protegido.
Agregarle a esta hipócrita condena a muerte la palabra
“legal”, es establecer el derecho y
hasta la obligación, según este mismo adefesio pretendidamente legal, de
dictar oficialmente la pena de muerte de los inocentes por nacer, sin
juicio ni defensa.
Que se pretenda que existen “personas con derecho” a asesinar a seres humanos nonatos, por el motivo que
sea, es una monstruosidad digna del nazismo o de las peores prácticas del
paganismo precristiano.
Que este engendro de injusticia y malignidad esté
rubricado por las más altas autoridades, que para vergüenza suya se declaran
cristianos, convierte a sus autores en criminales de lesa humanidad. Hay que recordarles que, a menos que se arrepientan
y reparen, no podrán escapar de la justa ira de Dios, que protege a los débiles
y aplasta a los soberbios.
El perverso “protocolo” pretende imponerse sobre las
conciencias personales e institucionales, prohibiendo de hecho la objeción de
conciencia, actitud comparable a las criminales órdenes de Nerón o de Hittler,
que al menos no tenían la hipocresía de llamarse cristianos o defensores de la
causa del pueblo.
La Conferencia Episcopal Argentina ha emitido un claro
mensaje al respecto (que invito a buscar en los medios y leer con atención). En ella
recuerdan la sabia advertencia ética de
San Juan Pablo II cuando expresó que "en el caso de una ley
intrínsecamente injusta, como es la que admite el aborto o la eutanasia, nunca
es lícito someterse a ella". Por lo tanto es necesario decir
claramente que nadie, ni los simples ciudadanos, ni los profesionales de la
salud (médicos, enfermeros, etc.), ni la autoridades políticas o judiciales,
nadie debe aceptar este protocolo y mucho menos ejecutarlo, sin caer en el
delito agravado de homicidio.
Oremos
por nuestros gobernantes para que se arrepientan de su crimen y reparen
urgentemente sus nefastas consecuencias. Que protejan la vida y la defiendan.
Que procuren condiciones verdaderamente dignas para la vida y virtud de los
jóvenes y destierren la corrupción que los pervierte, en lugar de promover
mayores crímenes.
Roguemos
a Dios, por la sangre derramada de inocentes asesinados en el vientre de sus
madres, que tenga piedad de la Patria en la que se cometen tan aberrantes
crímenes.
viernes, 8 de mayo de 2015
La Gran Misionera
Cuando esta Patria nuestra comenzaba a tener una propia
existencia en el concierto de las naciones, Ella ya estaba entre nosotros y
nosotros nos vestimos de Ella desde que nacimos. Quiso quedarse cuando todavía no éramos, para
darnos el ser debido, el que no debemos olvidar y mucho menos renunciar.
Tal como nos lo refiere la documentación segura, a los
pies de la pequeña imagen de la Pura y Limpia Concepción del Luján (tal el
primer nombre que tuvo nuestra Virgencita gaucha), el recientemente nombrado
General Don Manuel Belgrano, pidiendo la protección de la Madre de Dios y
nuestra, le prometió vestir con sus colores al ejército que comandaría. Así lo
hizo y, con el tiempo, la insignia de aquel primer ejército patrio se convirtió
en la Bandera Nacional.
Para que la bandera fuera totalmente mariana y por lo
mismo cristiana, le faltaba en el seno una figura del Verbo eterno encarnado en
María. Y esto lo realizó, sin saberlo ni pretenderlo, el General Bartolomé Mitre.
Dicen que quiso distinguir nuestra bandera de los colores de la casa de Borbón,
o bien que tuvo alguna otra causa no tan clara, lo cierto es que le puso en el
medio un sol rampante. Y resulta que Cristo es el verdadero “sol de justicia” y
como la bandera fue tomada del manto de María de Luján, poner el sol en su
centro no hace sino representar, mejor aún, el Misterio escondido desde los
siglos y manifestado en el Hijo de Dios, hecho carne en las purísimas entrañas
de la que Él mismo se eligió y preparó para tal misión.
La Virgen Madre, en su título de Ntra. Sra. de Luján
es proclamada como Patrona de la República Argentina, la misma República que
juró su primera constitución de organización nacional, invocando el auxilio de
Dios, fuente de toda razón y justicia. Y juraron por Dios, ya que de nada vale
un juramento por uno mismo o las cosas inferiores, se jura por lo superior, por
eso los padres fundadores lo hicieron a la sombra del crucificado y bajo el
manto de María.
El amor de la Santísima Virgen, en Luján como en
tantos otros lugares de esta bendita tierra argentina, ha forjado un espíritu
de fe, sencilla y profunda, que nuestro pueblo manifiesta siempre y a pesar de
la prédica disolvente de tantos poderosos. La simiente que plantó María
santísima en nuestra tierra patria, es el mismo Hijo que de ella hemos recibido
por designio divino.
Desde Luján y desde tantos otros santuarios de su
presencia misionera, Ella nos dice lo que en Caná de Galilea, cuando la primera
manifestación del Mesías: “Hagan todo lo que Él les diga”. ¡Una sola frase! Y
¡qué profundidad! Buscamos fórmulas salvadoras de la Patria y Ella nos
responde: ¡argentinos, hagan todo lo que les manda mi Hijo!
domingo, 3 de mayo de 2015
Que mande el prudente
Cuentan como verdadera una anécdota de la vida de
Santo Tomás de Aquino, máximo doctor de la Iglesia, que habría ocurrido al
tener que elegir un nuevo superior para un convento. Algunos frailes le fueron
a proponer a fray Tomás que les dijera cual de tres candidatos, se debería
elegir para el cargo. Proponían uno muy santo, otro muy docto en todas las
ciencias filosóficas y teológicas (que son las ciencias de las esencias) y por
último uno que era muy buen administrador, pero nada más. Cuando todos pensaban
que el famoso fraile sabio se quedaría con alguno de los dos primeros
candidatos, este dijo sin dudar “que el
prudente nos gobierne y que el sabio lo asesore”. Los otros dijeron “¿y el santo?”, a lo que Santo Tomás
respondió: “ese que rece por nosotros”.
No sé si la anécdota es verdadera en todas sus instancias, pero sí sé que
concuerda con las enseñanzas del Doctor Angélico, que así es como entendía el
gobierno de la cosa política, usando este concepto en su sentido más amplio.
El que había dado razones para tenerlo por buen
administrador, resultaba ser el más prudente para el gobierno, ya que gobernar
es administrar los bienes de todos para que sirvan al bien de cada uno. Se
trata de administrar el Bien Común de la sociedad, para asegurar el bienestar
de todos y cada uno de los individuos.
Pero al que le toca el hacer práctico, le conviene el
consejo del que es capaz de la abstracción, es decir, del que sabe “ver” las
esencias de lo mutable, descubriendo lo verdaderamente importante, separándolo
de lo meramente accidental.
El sabio debe ser el consejero del hombre práctico y
así se completa el obrar prudente que es la regla del político, o debiera ser,
si se quiere gobernar bien.
Es la razón valedera por la que los presupuestos de los
estados incluyen dinero para el sueldo de asesores.
Pero y ¿qué hay del santo?, es decir del hombre
religioso, del que se dedica a hablar a Dios de los hombres y a los hombres de
Dios. Pues bien, que eso es lo que debe hacer y hacerlo bien. Esto no significa
que no deba ser oído su consejo, ya que quien gobierna debe ser capaz de oír a
todos y sobre todo a los mejores, para no equivocarse. Hoy hay unos cuantos
curas metidos a políticos. Yo me pregunto, ¿cuándo se equivocaron? ¿Ahora,
cuando dejaron el ministerio sagrado para dedicarse al gobierno político, o
antes, cuando dejaron el mundo para dedicarse a Dios?
¿Buscan los gobernantes ser buenos administradores de
lo que es de todos? Saberlo, lo saben, todos son políticos desde hace rato.
¿Tienen a sabios por asesores? ¿Se confían a la oración de los santos? ¡Ojo!,
este año hay que exigírselos…
domingo, 26 de abril de 2015
¿Quién es el asesino?
Nadie duda que la violencia ha aumentado notablemente
y no sólo en la criminalidad, sino también en los hogares, en las escuelas, en
la calle, en el deporte, en todas partes. Nada queda afuera. Y en casi todas
partes la violencia llega a producir, incluso, la muerte.
El otro día fui testigo de una balacera insólita. Un
chiquillo huía de dos policías que lo seguían a pie, corriendo. Ignoro qué
habría hecho, lo que vi es a un adolescente huyendo de la autoridad policial.
Durante la persecución, el pibe comenzó a disparar con un arma de fuego sobre
los policías. Siguió la carrera y la persecución, y ya no vi más. Qué se le
cruzó por la cabeza a ese pibe para, primero, huir de la autoridad y luego,
encima, abrir fuego sobre ellos sin la menor dubitación.
¿Quién es el asesino que nos mata los policías, los
pibes del barrio, las mujeres en su casa, los espectadores en el fútbol, etc.
etc.? Tal vez usted me diga que debo preguntar en plural, que son muchos los
asesinos. Materialmente es cierto. De todos modos el asesino más peligroso, no
es el que dispara el arma o asesta la puñalada, porque ese no es más que la
herramienta de matar de otros asesinos, que son su causa.
Ojo, no estoy diciendo que el que dispara a matar no
sea culpable. No me sumo al coro estúpido de los que justifican la violencia de
unos por la violencia de otros, ni de los que ven culpas solo en las
estructuras injustas y se vuelven permisivos de todo egoísmo y corrupción. El
que las hace, que las pague. Que se arrepienta, sí, que Dios lo perdonará, pero
siempre que repare sus crímenes.
Si cargo todo el peso del problema en el asesino
material, sin ver a los que lo fueron formando para que llegara a lo que llegan
cada vez más personas, entonces nunca encontraré una solución.
Yo digo que el político que dice que hay que dejar que
los jóvenes se droguen cuanto quieran, es un asesino. Yo digo que el conductor
de TV que propone lo vicioso como si fuera un éxito a imitar, es un asesino. Yo
digo que los padres que no le ponen límites a los hijos, que les hacen creer
que todo se les debe y a nada están obligados, que los dejan navegar en la web
sin control, mal-vestirse y mal-hablar sin corregirlos y hasta festejándolos,
son asesinos. Yo digo que los responsables de la educación pública que no
permiten sanciones enérgicas, que no exigen que se aprenda de verdad en las
escuelas, son asesinos. Yo digo que todos los que tenemos autoridad, si no la
usamos para formar en la virtud, deberíamos ser condenados por asesinato. ¡El
freno se pisa desde arriba!
viernes, 10 de abril de 2015
De cobardes a valientes
Podemos imaginar a un grupo de amigos, que llevan años
juntos y que, en un momento dado, uno de ellos comienza a tener graves
problemas. El grupo se conmociona mucho, pero en lugar de acompañar al amigo en
desgracia, lo abandonan. Más aún dos de ellos lo traicionan. El amigo muere.
Sus matadores declaran que harán lo mismo con todo aquel que se llame amigo del
muerto. Imagínense ¿qué harían los que lo abandonaron cuando comenzó a sufrir y
lo dejaron solo o lo negaron cuando fue a morir?...
Esto pasó con Jesús, pero los resultados de la
historia resultaron bien distintos de lo que pudo pasar a este grupo imaginario
de amigos desamorados.
Jesús se mostró “poderoso en obras y palabras”, es del
único hombre del que se pudo decir, sin excepciones, que “pasó haciendo el
bien”. Jesús prometió a sus seguidores el Reino eterno y feliz, que “nadie les
podrá arrebatar”. Invitó a sus discípulos a seguirlo por su mismo camino, en la
confianza de alcanzar con Él el triunfo prometido y para animarlos realizó
portentosos milagros. “Jamás se dijo de alguien que le diera la vista a un
ciego de nacimiento” y Él lo hizo. resucitó muertos, curó todo tipo de
enfermedades y se mostró poderoso ante el demonio.
Habló, ciertamente, de que debía librar un combate, que
sería entregado y sentenciado, y declaró que triunfaría al tercer día. Esto del
combate los tenía perplejos. Tanto que no entendían de qué hablaba cuando decía
de “resucitar de entre los muertos”.
Un día ocurrió lo tan temido. Llegó “la hora” anunciada.
Fue herido el pastor y se dispersaron las ovejas. Todos los abandonaron, Judas
la entregó y Pedro lo negó tres veces. Todos huyeron y se encerraron llenos de
temor.
Unos días después y estando pendiente la orden de
captura y muerte para sus seguidores, los cobardotes de la Pasión, comienzan a
predicar de Él. Los que lo negaron mientras andaba en vida mortal, después de
muerto y entregado, lo proclaman como al vencedor del pecado y de la muerte.
Los que se achicaron durante el combate y se escondieron llenos de miedo ante
la frustración del calvario, aparecen enfrentando a todos, sin temor alguno.
Los que pensaron que no podía salvarse a sí mismo de la cruz, ahora están
seguros de que los salvará a ellos de todo mal.
¿Qué pasó? Algunos dicen que no murió, sino que,
aprovechando una distracción, se fugó. ¡Absurdo e increíble!. Otros, que de tanto que lo querían, los
discípulos se imaginaron que había resucitado; es decir: más de 500 fantasiosos enfrentando la muerte, de un día para el otro y sin ninguna razón. ¡Increíble!
¡No! Sólo una cosa puede explicar que estos que fueron
cobardes, se hayan vuelto tan valientes y, todos sin excepción, hayan dado su
vida por este anuncio; esa cosa es que de verdad lo vieron y comprobaron que
había resucitado de entre los muertos.
¡Vive y puede vivificarnos!.
miércoles, 1 de abril de 2015
Ejercicios para todos
Pienso que si le dieran a algún joven la posibilidad
de ir gratis a un muy buen gimnasio, con resultados garantizados, no dejaría
pasar la oportunidad. Pienso también que, hoy en día, no cualquier joven
perseveraría mucho tiempo en ese buen gimnasio, solo porque fuera gratis.
Lamentablemente a muchos jóvenes les han mentido tanto sobre la vida, que han
llegado a creer que sólo vale lo que les sale fácil y sin esfuerzo.
Pero sacando a los perezosos sin arreglo que pudiera
haber, lo de tener la posibilidad de entrenar el cuerpo de modo de lucir y
sentirse bien, capaces de enfrentar los desafíos y salir victoriosos, por estar
bien entrenados, resulta una oportunidad apetecible y aprovechable para la
mayoría.
Si entrenar el cuerpo para tener una condición física
capaz de cualquier meta, resulta atractivo y mucho más si se ofreciera con
cierta facilidad de acceso, cuánto más debiera ser la posibilidad de entrenar
el espíritu para hacerlo capaz de cualquier reto, por duro que fuera y con
resultados exitosos garantizados.
Claro que, por más que me den acceso gratuito al
gimnasio, eso no me exime del esfuerzo del entrenamiento, tanto como de la
necesidad de constancia en ese esfuerzo. Ir al gimnasio no es lo mismo que
hacer ejercicios, sólo estar allí no es lo mismo que entrenar.
Pero vayamos a lo de entrenar el espíritu. ¿Para qué
me haría falta? Si mi condición espiritual tiene capacidad de pensar y querer
(inteligencia y voluntad, las dos potencias del espíritu humano), así sea que las
entrene o que no lo haga, ¿para qué esforzarme en ejercicios espirituales? De la
misma manera podría decirse que si uno fuera o no a un gimnasio igual tendría
una masa muscular, aunque fuera fofa y enfermiza.
Si yo no quiero tener un cuerpo fofo y enfermizo,
tampoco debería contentarme con un espíritu sólo capaz de entender y amar, pero
sin rumbo ni eficacia.
El que lee mucho y medita poco, no sabe nada. El que
se va detrás de cualquier deseo, jamás llegará a amar en serio.
Hacen falta los ejercicios espirituales y esta semana
son gratis y se pueden hacer muy cerca de casa. Basta con acompañar los actos
de la Semana Santa, seguir a Jesús por su camino de dolor, muerte y triunfo.
Pero hacerlo en orden, sin adelantarse, paso a paso, profundizando, aprendiendo
a amar de Aquel que es el Amor mismo. Conocemos la historia y podemos repasarla en los Evangelios, sólo hay que revivirla paso por paso, una y otra vez. Sufrir con Cristo sufriente, padecer con
Cristo paciente, para triunfar con Cristo vencedor del pecado y de la muerte.
Acercarme al Maestro, mirarlo en la cruz con insistencia, dejarme llevar de su
amor sangrante, dejarme amar, enamorarme y comenzar a amar como soy amado por Él.
Animémonos a hacer los ejercicios espirituales de esta
Semana Santa, sin dejar pasar la oportunidad, y ¡feliz Pascua de Resurrección,
para todos!
domingo, 29 de marzo de 2015
Memoria sanadora
En cierta ocasión, un grupo de personas esperaba, a
las puertas de un tribunal, al que habían sido citados para prestar testimonio.
En general estaban nerviosos, tratando de imaginar cómo sería aquella
declaración. Había uno muy tranquilo, tanto que llamaba la atención. Preguntado
por su tranquilidad, dijo simplemente: “voy a decir lo que sé y como sólo sé lo
que recuerdo, no tengo temor a equivocarme”.
Simples y profundas palabras, “sólo sé lo que
recuerdo”. Si bien habrá algún superdotado que pueda, para el común de los
mortales no es posible recordar todas las cosas que se han vivido. Nuestra
memoria actúa selectivamente. Guardamos algunos recuerdos y otros los
desechamos. Por muy variadas razones; puede ser por miedo, por no repetir dolores
profundos, porque algunas cosas nos dan vergüenza o porque son simplemente
inútiles para nuestra vida.
Tratamos de atesorar sólo los mejores recuerdos y
buscamos darnos tiempo para revivirlos. Lo hacemos a veces en el silencio y la
soledad y otras veces, en la conversación con amigos que puedan valorarlos
tanto como nosotros.
Es común oír de las perdonas mayores contar casi
siempre las mismas anécdotas. Cierto que a veces es por alguna disfunción
neurológica, pero en general es porque con el tiempo, cada vez son menos las
cosas que se recuerdan como verdaderamente valiosas.
Los buenos recuerdos nos hacen bien. Al recordarlos
los revivimos y nos enriquecen más y más, porque con el tiempo y la experiencia
podemos llegar a valorarlos más y con más detalle.
Los malos recuerdos también son necesarios para formar
la prudencia, para no caer otra vez en el mismo pozo. Pero esconden un peligro
gravísimo del que debemos estar muy alertas; y es que pueden envenenar el
corazón por el rencor y el ansia de venganza. Son el origen de todas las
guerras. Hay que guardarlos para aprender, pero desechar el odio que nos pueden
provocar, de lo contrario el mal que nos hicieron se vuelve contra nosotros y
nos hace infelices.
Debemos recordar el bien para ser más buenos. El bien
que nosotros mismos vivimos y también el que otros vivieron para nosotros.
Recordar y revivir el bien realizado o recibido, nos
ayuda a valorarlo más y a realizar mayores bienes en nuestra vida. Cura
nuestras miserias, sana nuestro corazón, nos ayuda a amar con mayor intensidad
y con mucho más fruto.
Estamos a las puertas del recuerdo anual del mayor
bien que podamos concebir, el que se nos ha dado sin haberlo merecido. Es
necesario darle todo el tiempo posible a este recuerdo, ponerle la mayor
atención y grabarlo a fuego. es el recuerdo del mayor amor con que hemos sido y
somos amados por el mismo Amor encarnado. Es la Semana Santa. Es sólo una vez
por año. No la desperdiciemos. Revivámosla en soledad y con los hermanos.
lunes, 23 de marzo de 2015
Familia, Vida y elecciones
Ante la campaña electoral que, aunque prohibida por
ley con tanta anticipación, igualmente se desarrolla con impunidad y gran despliegue
de dineros publicitarios, hay que seguir reflexionando sobre los temas
principales en los que hay que poner la atención.
Prometer bondades, las promete cualquiera y, de hecho,
bien sabemos que casi nadie las cumple. Por esto debemos dejar de ser ingenuos
y volvernos más exigentes con quienes aspiran al noble deber de procurar el
Bien Común de la sociedad.
Un tema fundamental es la Familia y consecuentemente
aquel de todos los derechos humanos por el que se empieza a ser sujeto de los
demás derechos y obligaciones, y que es el derecho a la Vida.
¿Qué puede hacer un concejal o un intendente
municipal, para fortalecer la familia y evitar su acelerado deterioro? Parece
que esto sólo fuera algo posible a los hacedores de las leyes provinciales y
nacionales. Sin duda los legisladores de esos niveles son gravísimamente
responsables, por acción u omisión, de lo que devenga en beneficio o deterioro
de la institución fundante de la sociedad.
¿Basta con declaraciones a favor de la vida y la
familia? Es bueno, muy bueno, que se haya declarado a nuestros municipios del
sur mendocino como defensores de la vida y la familia, con sendas declaraciones
de los Concejos Deliberantes. Pero no basta. ¿Qué parte del presupuesto va a
destinarse a las organizaciones de la sociedad civil que promueven la defensa
de estos valores? Mientras se destina mucho dinero a favorecer espectáculos
totalmente contrarios a los valores esenciales de la familia, casi nada se
ofrece a quienes buscan dar buenas respuestas a los jóvenes que se disponen a
formar nuevas familias. Poco y nada se promocionan los verdaderos modelos
sustentables de la organización familiar natural y normal. Casi nada con los
dineros públicos y bastante poco con los privados.
Es urgente promocionar el verdadero amor, el que
pospone todo egoísmo personal ante el maravilloso don de la vida. Es necesario
restaurar las profundas heridas que la cultura de la muerte y la promiscuidad
desenfrenada, han marcado a fuego en la juventud.
Es necesario que los que aspiran al gobierno digan de
qué modo se comprometerán (ojalá lo hicieran en público y firmándolo por
escrito) a la defensa de la Familia y del derecho a la vida de los aún no
nacidos.
Hacen falta campañas a favor de la vida familiar
natural y sobran dineros puestos a favorecer a los disolventes del orden. Hace
falta destinar dineros a los programas que fortalecen los vínculos familiares y
hace falta perseguir la indolencia de aquellos que abandonan la educación (no
la escolaridad) de sus hijos cada fin de semana o ante cada exigencia de virtud
adolescentemente resistida.
Hace falta imaginación para proponer acciones
concretas y comprometidas a favor del bien. Las seguimos esperando.
sábado, 14 de marzo de 2015
Los candidatos y las drogas
Este año hay que elegir gobernantes. Debemos elegir en
todas las instancias y en múltiples actos electorales. Hay que pensar bien y,
aunque un voto es solo un voto, si al pensar bien ayudo a otros a hacerlo, se
van sumando votos y votos.
En estos días trascendieron distintos dichos del Papa
Francisco sobre la drogadicción en la Argentina. Dijo lo que todos sabemos,
aunque no podamos reunir las pruebas para ir a un tribunal (¿no habrá fiscales
que lo sepan?). Lo vemos a diario en los efectos, lo oímos en las charlas de
amigos, lo deducimos de las noticias policiales.
Con asombro escuchamos también en estos días a
funcionarios de alto nivel negar, frescamente, lo que es para todos evidente: que
aquí hay droga, hay mucha, hay en todas las clases sociales y que mucha es de
fabricación nacional (con plantaciones descubiertas casi a diario). ¿Cómo se
puede negar esta realidad? Sólo lo pueden negar los necios y los cómplices.
Estamos de acuerdo en que la droga-dependencia es un
flagelo que carcome la sociedad misma. Es un veneno maldito que nos mata a los
jóvenes y aún a los niños. También estamos de acuerdo que se trata de un
negocio que le da mucho dinero a un número, cada vez mayor, de delincuentes de lesa humanidad, muchos de los cuales
tienen que ser funcionarios o empresarios con altos niveles de autoridad y
poder. Lo digo porque es necesario que este tráfico perverso sea permitido por la autoridad
para funcionar como funciona, de lo contrario los narcotraficantes estarían
todos presos y no lo están.
Quiero decir algo que resulta evidente al más
superficial de los análisis, y es que el narcotráfico es el negocio de muchos
de nuestros políticos y tiene otro montón más de cómplices silentes que los
dejan actuar.
Alguno dirá que esto pasa porque hay jueces y policías
en el negocio y yo agrego que también hay kiosqueros y amas de casa y lo que se
te ocurra, pero todos esos pueden ser cómplices porque los que manejan el
negocio son gobernantes con poder y con impunidad.
Es hora de averiguar de dónde sacan la plata para las
campañas los candidatos. Hay que exigirles las facturas y demás comprobantes. Y
al que no los muestre, tenerlo por cómplice o simple delincuente.
Señores candidatos, de todos los cargos electivos,
anímense a mostrar pruebas de que el dinero con el que cuentan no está manchado
de sangre del narcotráfico. Si no lo pueden mostrar… es que lo tiene sucio y
deberían estar presos.
Este es un punto nada más, uno muy grave, hay otros.
Lo seguiremos analizando, lo seguiremos pensando. Pero mientras tanto, ya tienen
tema para sus próximos discursos: prueben
que no son narcotraficantes o tendremos que pensar que sí lo son, y
negarles el voto.
sábado, 7 de marzo de 2015
Católicos en política
Sé que algunos de los lectores de esta columna se
molestan cuando dedico el espacio para hablar de política. Me lo han dicho.
Piensan que no es un tema que deba ser abordado por un sacerdote. Siento mucho
disgustarlos una vez más y contradecir su opinión.
Precisamente porque soy sacerdote no debo dejar de
iluminar desde el Evangelio y las enseñanzas de la Iglesia, también este tema
de la política. Lo que de ninguna manera debo hacer es tomar partido por alguna
postura política en particular, ya que debo mi ministerio a todos, sin
excepción. Incluso a los que pudieran sostener ideas opuestas a las enseñanzas
de Cristo, ya que el Señor dio la vida también por ellos y yo sólo soy un
administrador de su gracia redentora.
El “meterse” en posturas determinadas, dentro del
actuar político, es tarea de los cristianos laicos. Al decir “laico” me refiero
a todo bautizado que no sea clérigo.
Esta obligación surge del propio compromiso bautismal,
que nos exige una caridad concreta y eficiente. El recto actuar político es
precisamente el ejercicio de la más alta caridad en el orden social. No basta
con dar limosna o comprometer algún tiempo o recursos en una obra de ayuda a los
demás. Es fundamental hacer participar la fe en la toma de decisiones de la
sociedad civil. Para que haya una más justa distribución de los bienes y
oportunidades, no se debe dejar la política en manos de los corruptos. Hay que
meterse y meterse en serio.
Si bien la acción política es una obligación que surge
de la misma fe en Cristo, debe ser realizada con prudencia y respeto de la
diversidad de opciones. El Papa Pío XII enseñaba que la política es el plano de las libres opciones; y ya que son libres
no se las debe encerrar en una única, por muy mejor que pudiera ser alguna
respecto de otras. En casi todos los partidos políticos hay católicos (aunque no siempre se notan), pero no
existe ni existirá un “partido católico”. Así como es una obligación de todo
bautizado el confesar (incluso públicamente) su fe en el ámbito de la política,
resulta una cierta deshonestidad pretender representar a la Iglesia en su
conjunto o a alguna de sus instituciones particulares en la opción que cada uno
elije.
Es bueno que un laico católico se comprometa dentro de
una opción política, incluso que forme con otros, asociaciones dedicadas a la
política, en sus múltiples aspectos. Pero ninguno tiene permiso para reducir la
fe a su opción política, ni comprometer a la Iglesia en una opción entre otras.
El que se ponga a trabajar en lo político, no debe
olvidar que su compromiso no es con los hombres, sino con Dios y que debe
obedecer a Dios antes que a los hombres, en todos los temas. ¡Ánimo, valientes!
viernes, 20 de febrero de 2015
¿Por qué la penitencia?
Se podría preguntar, al modo de una analogía, si todavía hacen
falta medicinas para curar enfermedades. En ese caso, la respuesta sería clara,
mientras existan las enfermedades, serán indispensables las medicinas.
Así mientras exista pecado, será necesaria la penitencia
para reparar la culpa.
Algunos se oponen a esta afirmación. Dicen que,
efectivamente, el pecado exige reparación, pero que ésta ya se ha dado de una
vez para siempre y para todos. La revelación divina nos ensaña que Jesucristo
ha pagado en la cruz por todos los pecados, de todos los hombres, de todos los
tiempos, aún los todavía no cometidos. Es cierto. Pero San Pablo nos enseña que
“hay que completar en nosotros, lo que falta a la Pasión de Cristo”.
En cuanto al pago por el pecado, exigido por la divina
justicia, a la Pasión de Cristo no le falta nada. Constituye el definitivo
triunfo de la gracia de Dios sobre todo pecado y esa justicia es la que se nos
aplica por medio del Bautismo, como camino ordinario, sin excluir los infinitos
caminos extraordinarios que Dios puede dar a los hombres, para cumplir su voluntad
de salvar a todos.
Si la Pasión de Cristo ha satisfecho de manera plena y
definitiva la deuda de los pecados, cómo es que el apóstol habla de “completar
lo que falta a la Pasión de Cristo”. ¿Qué le falta que debamos nosotros
completar? ¿Qué hay de lo nuestro que pueda pagar la deuda de un solo pecado y
qué imperfección podría tener la misericordia del Redentor?
La Misericordia de Dios, obrada por la Pasión y Muerte
de Jesucristo, su divino Hijo, no tiene imperfección alguna. Es acto de Dios y
es, por lo tanto, perfecto y completo. Una sola cosa es capaz de frustrar sus
efectos y es la libertad de cada hombre. Para obtener sus frutos es necesario
creer y obedecer. Si bien, la fe y la posibilidad de ser discípulos, se nos dan
juntas en el Bautismo, así como el ser plenamente humanos se nos da desde la
concepción, pero debe ir desarrollándose poco a poco, hasta llegar a la
plenitud; de semejante manera, la gracia recibida de la Pasión de Cristo no
requiere de un nuevo mérito de parte del hombre, pero sí de su continua y
constante aceptación. La misma gracia que nos rescata en el Bautismo, nos
vuelve a santificar en cada Reconciliación o Confesión, pero no de un modo
mágico, sino al modo de lo humano, es decir con nuestra colaboración, con nuestra aceptación.
Para eso es necesario, entre otras cosas la penitencia, esto es, los
sacrificios y privaciones que podamos realizar libremente. La Iglesia nos pide
realizarlos siempre. Cada semana nos lo pide especialmente los viernes; y una vez al año
en el tiempo de Cuaresma, con 40 días de oportuna y vivificante penitencia. Estamos
en ese período del año, no dejemos de aprovecharlo.
domingo, 1 de febrero de 2015
Agradecer las primicias
En nuestra Mendoza, al llegar a los actos principales de la Fiesta de la
Vendimia, lo primero es la Bendición de los Frutos, o lo que los antiguos
llamaban, la presentación a Dios de las primicias de la cosecha. ¿Por qué?
Porque somos administradores de una finca cuyo dueño es Dios, por eso lo
primero y lo mejor ha de ofrecerse al dueño.
Después del pecado, la primera gran crisis de la
humanidad, consecuencia de la primera desobediencia, fue el homicidio.
Descuidado de la Voluntad de Dios, el hombre se volvió lobo del hombre.
La Sagrada Escritura nos describe aquella terrible
consecuencia del pecado, con el enfrentamiento entre Caín y Abel. Y justamente
se presenta en el marco de la ofrenda de las primicias. Caín era agricultor,
Abel era pastor. Mientras Abel presentó a Dios lo mejor de su rebaño, Caín sólo
le ofreció las sobras. Dios aceptó con agrado la ofrenda de Abel y, por
supuesto, no pudo quedar agradado con el egoísmo avaro de Caín. Pero, este, en
lugar de pedir perdón a Dios por su ofensa, se volvió feroz contra su hermano,
y por envidia lo mató.
La sangre de Abel es profecía de la de Cristo, el
verdadero Justo que ofrece a Dios la mejor primicia, su propia vida en rescate por la
multitud.
Sigue habiendo “caínes” que ofrecen a Dios mentiras,
sobras, falsos dones. Pero también, sigue habiendo muchos que, como Abel, dan a
Dios lo mejor de sí.
En la Bendición de los Frutos de nuestra fiesta
vendimial, unimos el verdadero deseo de dar a Dios las gracias por los frutos
conseguidos, con el don perfecto del amor de Cristo con el que esperamos sean
bendecidos.
Dios no necesita de uvas y duraznos, eso es evidente.
Pero sí espera corazones obedientes, que le den lo mejor de sí mismos, que es
lo menos que podemos dar a Aquel de quien todo recibimos.
Al participar de la Bendición de los Frutos, en esta
nueva Vendimia, ojalá no lo hagamos sólo por participar de un bello
espectáculo, de una costumbre tradicional de nuestra tierra y nada más.
Estaríamos haciendo algo bueno, pero insuficiente.
Sería bueno que vayamos a poner nuestros corazones
ante Dios, a rendirle la debida alabanza. Con un corazón contrito, porque mucho
hemos maltratado la finca del Señor. Vayamos al encuentro de aquel que nos ama
hasta el exceso más increíble, que es colmarnos de la bendición que no
merecemos, pero que Él mismo nos ha conseguido al precio de su sangre.
Cuando el sacerdote invoque el Nombre Santo sobre el
fruto de nuestro trabajo, saquemos de nuestros corazones todos los avaros
egoísmos de Caín, para poner la pura y limpia intención de Abel. Y a partir de
esa mejor intención, al sonar la reja del arado, comencemos, no tanto una
fiesta más, sino una vida nueva, mejor.
viernes, 23 de enero de 2015
La corrupción mata
El país entero está conmocionado por la muerte de un
hombre; la muerte del fiscal que se atrevió a acusar a las más altas autoridades,
nada menos que de traición a la Patria. Es sin duda una muerte sobremanera
significativa, pero no la única muerte de la corrupción argentina.
En esta bendita Patria de la abundancia de todo, se
han muerto niños de hambre, y no han sido “casos aislados”.
La desnutrición endémica, mata todos los días la
inteligencia futura de muchos, y en todas las provincias argentinas, incluso en
Mendoza.
La falta, casi absoluta, de disciplina social mata a
diario a cientos de argentinos, en accidentes de tránsito, en desatenciones
sanitarias, en violencia familiar, en excesos de todo tipo.
La ludopatía mata familias todos los días y se
acrecienta gracias a la corrupción que autoriza y promueve la proliferación de
centros de juego por todo el país.
El deseo, protegido por las leyes de la corrupción, de
ganar más a como de lugar, ha llevado a acrecentar el narcotráfico. La droga no
se comercializa para ayudar, sino para ganar plata fácil, a pesar de que
quienes lo hacen saben que la droga mata siempre y a todo el que la usa.
Protegidos a la sombra de un estado lleno de
corrupción, crece el “negocio” de la trata de personas, infinitamente más vil
que la misma esclavitud de antaño.
El egoísmo promueve el aborto y mata inocentes.
La integridad moral de la Patria está herida de muerte
por el facilismo de los corruptos. No es “astuto y buen ciudadano” el que
compra barato lo que otros han robado, incluso matando; el que eso hace es un
miserable cómplice de robo y homicidio.
La lista de “muertos por la corrupción” es mucho más
larga de lo que cabe en esta columna. Lo invito a que haga su propia lista, sin
excluir aquello en lo que se descubra cómplice, aún sin haberse dado cuenta
hasta ahora.
Un fiscal ha muerto y por el pequeño orificio de una
bala calibre 22, se alcanza a ver el interior del cuerpo social lleno de
podredumbre.
Ojalá que para cuando estas palabras se publiquen, ya
se haya esclarecido la muerte del fiscal. Más aún deseo que, cuanto antes,
tanto quienes nos gobiernan como los que este año pretenden llegar a hacerlo,
dejen de mirar para otro lado sobre la corrupción que mata a la Patria.
Ruego a Dios por la conversión de la clase dirigente,
porque si ellos no paran de robar, la corrupción no parará de matar.
Mientras tanto, ¿qué hacemos? No podemos quedarnos
sólo a esperar el milagro. Se puede poner luz en las tinieblas, se puede dejar
de ser cómplices y convertirse en denunciantes valientes. Se puede ser honesto
y enseñar a los jóvenes a serlo. Y este año se puede votar mejor…
viernes, 16 de enero de 2015
Los lápices y balas pueden matar
Si me dicen que sólo es violento el que arregla las
cosas a tiros o a golpes, yo le diría que también es posible ser violento, y
mucho, con un simple “lápiz y papel”, con un escrito calumniador, con una caricatura burlesca.
Si alguien me dice que Dios exige la sumisión de los
hombres, sin respeto de su libertad, de tal modo que el que no quiera creer y
aceptar sus mandamientos se vuelve, sólo por eso, reo de muerte; le digo que no
conoce lo que Dios ha dicho de sí mismo. Dios es rico en misericordia y
juzgará, sí, por cierto, pero a cada uno según cada uno pueda entender y de lo
que cada uno sea capaz, cosa que sólo Dios conoce.
Los fundamentalistas, de cualquier religión, no son
discípulos de Dios, son psicópatas o pervertidos.
Si alguien me dice que la libertad, que todo hombre ha
recibido de Dios, su creador, le da derecho a hacer lo que quiera, le digo que
no entiende qué cosa es la libertad. Si me dice que por ser libre tiene derecho
a blasfemar, porque entiende que la blasfemia es una opinión contraria a la fe
y nada más, le digo que pensar diferente es muy distinto a insultar lo que otro
piensa y cree. Blasfemar es insultar a Dios, y sea que crea en él o no lo haga,
nada le da derecho a insultarlo. Además no sólo insulta a Dios, sino también a
aquellos que le aman y creen en él. No tienen derecho a blasfemar, nadie lo
tiene.
La Europa hipócrita dice que Charlie Hebdo tiene derecho a blasfemar y, al mismo tiempo, creen
que los musulmanes no tienen derecho a vivir en la rica Europa, salvo que
acepten ser sus esclavos, para hacer el trabajo que ellos ya no pueden hacer,
porque fueron tan egoístas que no han tenido los hijos que podían.
Los terroristas pseudo-islámicos dicen que tienen
derecho a vengar los insultos al profeta Mahoma, dando muerte a quienes ellos
decidan. Así como los fundamentalistas no-islámicos opinan que habría que dar muerte a los otros terroristas, sin más.
La Europa apóstata, a fuerza de negar a Dios sus
derechos y darle derechos a los blasfemos, de tanto negar los mandamientos de
Dios y considerar cualquier perversión como verdadera libertad, se ha llenado
de fundamentalistas listos para asesinarlos (digo "fundamentalistas", no digo "musulmanes", porque no es lo mismo) y ahora están llenos de miedo y no
comprenden cómo fue que pasó lo que pasó y lo que puede llegar a pasar.
Entiéndase bien: nadie tiene derecho a blasfemar y
nadie tiene derecho a asesinar. Además creo que nadie tiene derecho a ser
zonzo, como los liberales, ni malvado, como los terroristas.
Cuando una sociedad niega a Dios o pretende “usarlo”
según su capricho, ¡se suicida!.
En esta guerra espantosa que hoy vive el mundo, sólo
hay un fruto santo: los miles de mártires que mueren por amor y sin odiar.
domingo, 4 de enero de 2015
De leyes y costumbres
Qué ha sido primero, ¿la ley o la costumbre? ¿Quién
engendra a quién? Cuando las leyes se cumplen, establecen costumbres en el
obrar de la sociedad. Cuando las costumbres se generalizan, terminan
convirtiéndose en leyes.
En el falso dilema sobre si es antes el huevo o la
gallina, la sana filosofía responde que primero es la gallina. El huevo está en
potencia de ser gallina, pero no puede llegar a serlo, si una gallina anterior
no lo empolla. Porque la gallina está en acto, puede sacar al huevo de la
potencia, en cambio el huevo que es solo potencia no puede nada. Ahora bien,
como las gallinas no pueden hacerse a sí mismas, hay que aceptar que alguien
anterior las hizo, aquel que es el Acto Puro y que los cristianos llamamos
Dios.
En lo que hace a las leyes, pasa algo semejante,
porque las leyes son la norma del buen obrar de todo. El hombre descubre las
leyes de la física y de la química, simplemente porque ya existían antes que el
hombre las pensase. ¿Qué pasa con las leyes de la sociedad humana? ¿Es el
hombre el supremo legislador de esas leyes? ¿Acaso son y deben ser solamente el
producto de leyes que forman costumbres contra costumbres que imponen leyes?
¿No hay un modelo anterior que permita una armonía frente a tanto caos en el
que vivimos?
Un pensador pagano, Tácito, dijo alguna vez “¿para qué sirven las buenas leyes si no
existen las buenas costumbres?. Según esto, las costumbres son anteriores a
las leyes. Porque las buenas costumbres son la sujeción del obrar a unas normas
superiores, que son las que rigen los hábitos buenos y los distinguen de los
malos. Las que llamamos, con justa razón, “leyes morales”. Estas no han sido
elaboradas en ninguna Legislatura humana, pero sí han estado siempre al alcance
de la comprensión de los legisladores humanos. Cuando estos han obedecido la
ley moral, han establecido leyes positivas que ayudaron a forjar buenas
costumbres en la sociedad, así como intentaron evitar las malas costumbres, por
violadoras de la ley moral.
Pero hoy en día, como con triste jocosidad se dice: “las leyes se han hecho para violarlas”.
O también: “hecha la ley, hecha la trampa”,
que suele ser la guía inmoral de buena parte del obrar jurídico positivo.
Es imperativo salvar las costumbres, procurar que mis costumbres sean conformes a la ley
moral, es decir que sean buenas, simple y arduamente buenas. No necesito
esperar que se hagan buenas leyes en el Congreso de la Nación, ya está claro
que si quiero que las cosas funcionen bien, debo hacer el bien y evitar el mal,
sin esperar a que me obliguen. Y debo hacer el bien, aunque las leyes humanas
pretendan obligarme a hacer el mal.
¡Feliz año nuevo del Señor!
jueves, 1 de enero de 2015
Homilía del Papa Francisco en Solemnidad de la Madre de Dios y Jornada de la Paz
Basílica de San Pedro, 1º
de enero de 2015.
Vuelven hoy a
la mente las palabras con las que Isabel pronunció su bendición sobre la
Virgen Santa: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?» (Lc 1,42-43).
Esta bendición está en continuidad con la bendición sacerdotal que Dios había sugerido a Moisés para que la transmitiese a Aarón y a todo el pueblo: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (Nm 6,24-26). Con la celebración de la solemnidad de María, Madre de Dios, la Iglesia nos recuerda que María es la primera destinataria de esta bendición. Se cumple en ella, pues ninguna otra criatura ha visto brillar sobre ella el rostro de Dios como María, que dio un rostro humano al Verbo eterno, para que todos lo puedan contemplar.
Además de contemplar el rostro de Dios, también podemos alabarlo y glorificarlo como los pastores, que volvieron de Belén con un canto de acción de gracias después de ver al niño y a su joven madre (cf. Lc 2,16). Ambos estaban juntos, como lo estuvieron en el Calvario, porque Cristo y su Madre son inseparables: entre ellos hay una estrecha relación, como la hay entre cada niño y su madre. La carne de Cristo, que es el eje de la salvación (Tertuliano), se ha tejido en el vientre de María (cf. Sal 139,13). Esa inseparabilidad encuentra también su expresión en el hecho de que María, elegida para ser la Madre del Redentor, ha compartido íntimamente toda su misión, permaneciendo junto a su hijo hasta el final, en el Calvario.
María está tan unida a Jesús porque él le ha dado el conocimiento del corazón, el conocimiento de la fe, alimentada por la experiencia materna y el vínculo íntimo con su Hijo. La Santísima Virgen es la mujer de fe que dejó entrar a Dios en su corazón, en sus proyectos; es la creyente capaz de percibir en el don del Hijo el advenimiento de la «plenitud de los tiempos» (Ga 4,4), en el que Dios, eligiendo la vía humilde de la existencia humana, entró personalmente en el surco de la historia de la salvación. Por eso no se puede entender a Jesús sin su Madre.
Cristo y la Iglesia son igualmente inseparables, y no se puede entender la salvación realizada por Jesús sin considerar la maternidad de la Iglesia. Separar a Jesús de la Iglesia sería introducir una «dicotomía absurda», como escribió el beato Pablo VI (cf. Exhort. ap. N. Evangelii nuntiandi, 16). No se puede «amar a Cristo pero sin la Iglesia, escuchar a Cristo pero no a la Iglesia, estar en Cristo pero al margen de la Iglesia» (ibíd.). En efecto, la Iglesia, la gran familia de Dios, es la que nos lleva a Cristo. Nuestra fe no es una idea abstracta o una filosofía, sino la relación vital y plena con una persona: Jesucristo, el Hijo único de Dios que se hizo hombre, murió y resucitó para salvarnos y vive entre nosotros. ¿Dónde lo podemos encontrar? Lo encontramos en la Iglesia. Es la Iglesia la que dice hoy: «Este es el Cordero de Dios»; es la Iglesia quien lo anuncia; es en la Iglesia donde Jesús sigue haciendo sus gestos de gracia que son los sacramentos.
Esta acción y la misión de la Iglesia expresa su maternidad. Ella es como una madre que custodia a Jesús con ternura y lo da a todos con alegría y generosidad. Ninguna manifestación de Cristo, ni siquiera la más mística, puede separarse de la carne y la sangre de la Iglesia, de la concreción histórica del Cuerpo de Cristo. Sin la Iglesia, Jesucristo queda reducido a una idea, una moral, un sentimiento. Sin la Iglesia, nuestra relación con Cristo estaría a merced de nuestra imaginación, de nuestras interpretaciones, de nuestro estado de ánimo.
Esta bendición está en continuidad con la bendición sacerdotal que Dios había sugerido a Moisés para que la transmitiese a Aarón y a todo el pueblo: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (Nm 6,24-26). Con la celebración de la solemnidad de María, Madre de Dios, la Iglesia nos recuerda que María es la primera destinataria de esta bendición. Se cumple en ella, pues ninguna otra criatura ha visto brillar sobre ella el rostro de Dios como María, que dio un rostro humano al Verbo eterno, para que todos lo puedan contemplar.
Además de contemplar el rostro de Dios, también podemos alabarlo y glorificarlo como los pastores, que volvieron de Belén con un canto de acción de gracias después de ver al niño y a su joven madre (cf. Lc 2,16). Ambos estaban juntos, como lo estuvieron en el Calvario, porque Cristo y su Madre son inseparables: entre ellos hay una estrecha relación, como la hay entre cada niño y su madre. La carne de Cristo, que es el eje de la salvación (Tertuliano), se ha tejido en el vientre de María (cf. Sal 139,13). Esa inseparabilidad encuentra también su expresión en el hecho de que María, elegida para ser la Madre del Redentor, ha compartido íntimamente toda su misión, permaneciendo junto a su hijo hasta el final, en el Calvario.
María está tan unida a Jesús porque él le ha dado el conocimiento del corazón, el conocimiento de la fe, alimentada por la experiencia materna y el vínculo íntimo con su Hijo. La Santísima Virgen es la mujer de fe que dejó entrar a Dios en su corazón, en sus proyectos; es la creyente capaz de percibir en el don del Hijo el advenimiento de la «plenitud de los tiempos» (Ga 4,4), en el que Dios, eligiendo la vía humilde de la existencia humana, entró personalmente en el surco de la historia de la salvación. Por eso no se puede entender a Jesús sin su Madre.
Cristo y la Iglesia son igualmente inseparables, y no se puede entender la salvación realizada por Jesús sin considerar la maternidad de la Iglesia. Separar a Jesús de la Iglesia sería introducir una «dicotomía absurda», como escribió el beato Pablo VI (cf. Exhort. ap. N. Evangelii nuntiandi, 16). No se puede «amar a Cristo pero sin la Iglesia, escuchar a Cristo pero no a la Iglesia, estar en Cristo pero al margen de la Iglesia» (ibíd.). En efecto, la Iglesia, la gran familia de Dios, es la que nos lleva a Cristo. Nuestra fe no es una idea abstracta o una filosofía, sino la relación vital y plena con una persona: Jesucristo, el Hijo único de Dios que se hizo hombre, murió y resucitó para salvarnos y vive entre nosotros. ¿Dónde lo podemos encontrar? Lo encontramos en la Iglesia. Es la Iglesia la que dice hoy: «Este es el Cordero de Dios»; es la Iglesia quien lo anuncia; es en la Iglesia donde Jesús sigue haciendo sus gestos de gracia que son los sacramentos.
Esta acción y la misión de la Iglesia expresa su maternidad. Ella es como una madre que custodia a Jesús con ternura y lo da a todos con alegría y generosidad. Ninguna manifestación de Cristo, ni siquiera la más mística, puede separarse de la carne y la sangre de la Iglesia, de la concreción histórica del Cuerpo de Cristo. Sin la Iglesia, Jesucristo queda reducido a una idea, una moral, un sentimiento. Sin la Iglesia, nuestra relación con Cristo estaría a merced de nuestra imaginación, de nuestras interpretaciones, de nuestro estado de ánimo.
Queridos
hermanos y hermanas. Jesucristo es la bendición para todo hombre y
para toda la humanidad. La Iglesia, al darnos a Jesús, nos da la plenitud de la
bendición del Señor. Esta es precisamente la misión del Pueblo de Dios:
irradiar sobre todos los pueblos la bendición de Dios encarnada en Jesucristo.
Y María, la primera y perfecta discípula de Jesús, modelo de la Iglesia en
camino, es la que abre esta vía de la maternidad de la Iglesia y
sostiene siempre su misión materna dirigida a todos los hombres. Su testimonio
materno y discreto camina con la Iglesia desde el principio. Ella, la Madre de
Dios, es también Madre de la Iglesia y, a través de la Iglesia, es Madre de
todos los hombres y de todos los pueblos.
Que esta madre dulce y premurosa nos obtenga la bendición del Señor para toda la familia humana. De manera especial hoy, Jornada Mundial de la Paz, invocamos su intercesión para que el Señor nos de la paz en nuestros días: paz en nuestros corazones, paz en las familias, paz entre las naciones.
Este año, en concreto, el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz lleva por título: «No más esclavos, sino hermanos». Todos estamos llamados a ser libres, todos a ser hijos y, cada uno de acuerdo con su responsabilidad, a luchar contra las formas modernas de esclavitud. Desde todo pueblo, cultura y religión, unamos nuestras fuerzas. Que nos guíe y sostenga Aquel que para hacernos a todos hermanos se hizo nuestro servidor.
Saludemos a la Virgen, quiero proponeros que la saludemos juntos, como lo hizo el valiente pueblo de Éfeso, que gritaba a sus pastores cuando entraban en la Iglesia: "Santa Madre de Dios". ¡Qué bello saludo a nuestra madre! Dice una historia, no se si es cierta, que algunos entre estas personas, tenían bastones en la mano, quizás para dar a entender a los obispos lo que les pasaría si no tenían el valor de proclamarla Madre de Dios… Os invito a todos, sin bastones, a levantaros y por tres veces saludarla, en pie, con este saludo de la Iglesia primitiva: “Santa Madre de Dios”.
Que esta madre dulce y premurosa nos obtenga la bendición del Señor para toda la familia humana. De manera especial hoy, Jornada Mundial de la Paz, invocamos su intercesión para que el Señor nos de la paz en nuestros días: paz en nuestros corazones, paz en las familias, paz entre las naciones.
Este año, en concreto, el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz lleva por título: «No más esclavos, sino hermanos». Todos estamos llamados a ser libres, todos a ser hijos y, cada uno de acuerdo con su responsabilidad, a luchar contra las formas modernas de esclavitud. Desde todo pueblo, cultura y religión, unamos nuestras fuerzas. Que nos guíe y sostenga Aquel que para hacernos a todos hermanos se hizo nuestro servidor.
Saludemos a la Virgen, quiero proponeros que la saludemos juntos, como lo hizo el valiente pueblo de Éfeso, que gritaba a sus pastores cuando entraban en la Iglesia: "Santa Madre de Dios". ¡Qué bello saludo a nuestra madre! Dice una historia, no se si es cierta, que algunos entre estas personas, tenían bastones en la mano, quizás para dar a entender a los obispos lo que les pasaría si no tenían el valor de proclamarla Madre de Dios… Os invito a todos, sin bastones, a levantaros y por tres veces saludarla, en pie, con este saludo de la Iglesia primitiva: “Santa Madre de Dios”.
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