El que había dado razones para tenerlo por buen
administrador, resultaba ser el más prudente para el gobierno, ya que gobernar
es administrar los bienes de todos para que sirvan al bien de cada uno. Se
trata de administrar el Bien Común de la sociedad, para asegurar el bienestar
de todos y cada uno de los individuos.
Pero al que le toca el hacer práctico, le conviene el
consejo del que es capaz de la abstracción, es decir, del que sabe “ver” las
esencias de lo mutable, descubriendo lo verdaderamente importante, separándolo
de lo meramente accidental.
El sabio debe ser el consejero del hombre práctico y
así se completa el obrar prudente que es la regla del político, o debiera ser,
si se quiere gobernar bien.
Es la razón valedera por la que los presupuestos de los
estados incluyen dinero para el sueldo de asesores.
Pero y ¿qué hay del santo?, es decir del hombre
religioso, del que se dedica a hablar a Dios de los hombres y a los hombres de
Dios. Pues bien, que eso es lo que debe hacer y hacerlo bien. Esto no significa
que no deba ser oído su consejo, ya que quien gobierna debe ser capaz de oír a
todos y sobre todo a los mejores, para no equivocarse. Hoy hay unos cuantos
curas metidos a políticos. Yo me pregunto, ¿cuándo se equivocaron? ¿Ahora,
cuando dejaron el ministerio sagrado para dedicarse al gobierno político, o
antes, cuando dejaron el mundo para dedicarse a Dios?
¿Buscan los gobernantes ser buenos administradores de
lo que es de todos? Saberlo, lo saben, todos son políticos desde hace rato.
¿Tienen a sabios por asesores? ¿Se confían a la oración de los santos? ¡Ojo!,
este año hay que exigírselos…
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