domingo, 1 de febrero de 2015

Agradecer las primicias

En nuestra Mendoza, al llegar a los actos principales de la Fiesta de la Vendimia, lo primero es la Bendición de los Frutos, o lo que los antiguos llamaban, la presentación a Dios de las primicias de la cosecha. ¿Por qué? Porque somos administradores de una finca cuyo dueño es Dios, por eso lo primero y lo mejor ha de ofrecerse al dueño.

Después del pecado, la primera gran crisis de la humanidad, consecuencia de la primera desobediencia, fue el homicidio. Descuidado de la Voluntad de Dios, el hombre se volvió lobo del hombre.

La Sagrada Escritura nos describe aquella terrible consecuencia del pecado, con el enfrentamiento entre Caín y Abel. Y justamente se presenta en el marco de la ofrenda de las primicias. Caín era agricultor, Abel era pastor. Mientras Abel presentó a Dios lo mejor de su rebaño, Caín sólo le ofreció las sobras. Dios aceptó con agrado la ofrenda de Abel y, por supuesto, no pudo quedar agradado con el egoísmo avaro de Caín. Pero, este, en lugar de pedir perdón a Dios por su ofensa, se volvió feroz contra su hermano, y por envidia lo mató.

La sangre de Abel es profecía de la de Cristo, el verdadero Justo que ofrece a Dios la mejor primicia, su propia vida en rescate por la multitud.

Sigue habiendo “caínes” que ofrecen a Dios mentiras, sobras, falsos dones. Pero también, sigue habiendo muchos que, como Abel, dan a Dios lo mejor de sí.

En la Bendición de los Frutos de nuestra fiesta vendimial, unimos el verdadero deseo de dar a Dios las gracias por los frutos conseguidos, con el don perfecto del amor de Cristo con el que esperamos sean bendecidos.

Dios no necesita de uvas y duraznos, eso es evidente. Pero sí espera corazones obedientes, que le den lo mejor de sí mismos, que es lo menos que podemos dar a Aquel de quien todo recibimos.

Al participar de la Bendición de los Frutos, en esta nueva Vendimia, ojalá no lo hagamos sólo por participar de un bello espectáculo, de una costumbre tradicional de nuestra tierra y nada más. Estaríamos haciendo algo bueno, pero insuficiente.

Sería bueno que vayamos a poner nuestros corazones ante Dios, a rendirle la debida alabanza. Con un corazón contrito, porque mucho hemos maltratado la finca del Señor. Vayamos al encuentro de aquel que nos ama hasta el exceso más increíble, que es colmarnos de la bendición que no merecemos, pero que Él mismo nos ha conseguido al precio de su sangre.

Cuando el sacerdote invoque el Nombre Santo sobre el fruto de nuestro trabajo, saquemos de nuestros corazones todos los avaros egoísmos de Caín, para poner la pura y limpia intención de Abel. Y a partir de esa mejor intención, al sonar la reja del arado, comencemos, no tanto una fiesta más, sino una vida nueva, mejor.

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