viernes, 28 de agosto de 2015

Se necesitan palabras para pensar

¿A cuántas palabras se reduce el vocabulario de una persona hoy? Si pensamos en adultos que han leído mucho, probablemente ese número de palabras conocidas sea bastante grande. Si pensamos en las jóvenes generaciones, en los que hoy están tomando los puestos de mando en todas las cosas, ya no es tan grande el número, pues han tenido que padecer las barbaridades de los pedagogos modernos, que hicieron todo lo posible por impedirles el acceso a la buena literatura, sumado al aporte de escritores que todo lo que han hecho es multiplicar las palabrotas y las obscenidades en sus supuestas obras literarias, sin contar con el efecto de lo audiovisual que, aunque muy bueno en sí mismo, reemplaza las palabras con sensaciones visuales poco definidas. Si nos trasladamos a los más pequeños de hoy y observamos sus comunicaciones en las redes sociales, encontramos un vocabulario poco superior al de los primates, con apenas algunos rasgos de humanidad que, a Dios gracias, aún permanecen.

Es cierto que no basta tener un gran vocabulario, sino también comprenderlo y usarlo para el bien. Conozco personas que poseen un riquísimo vocabulario que, con gran soberbia, usan para confundir a otros y hacerlos seguir falsas doctrinas. Con esa especie de tratados de la palabra excesivamente trabajada, consiguen grandes frutos, ya sea en dinero, poder o simplemente fama y aplauso. Todos bienes efímeros que suelen terminar siendo muy dañinos.

Si no se conocen palabras en abundancia, conociendo, al mismo tiempo, el significado de ellas, de modo de aprender a usarlas para la argumentación, no se podrá lograr el conocimiento.

No es lo mismo “simiente” que “siguiente”, pero suenan parecido y al leer, no son pocos los que leen una u otra sin detenerse a pensar si es eso lo que se ha querido decir. Por lo tanto, al leer, no han entendido en absoluto lo que leyeron; menos aún lo entendieron los que sólo escucharon la lectura.

Los signos de puntuación, como las comas, los puntos seguidos o los finales, tienen un sentido en la comprensión de lo que está escrito. Si no los respeto, cambio el sentido y me puedo equivocar muy feo. Una vez, en una Misa, un lector leyó: “¡Sí, Cristo no resucitó, vana es nuestra fe!”, pero San Pablo dijo: “si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe”. (Por favor lea las dos versiones de nuevo, bien despacio y trate de entender en dónde está el error. Si no lo comprende, pregunte a alguien que sepa leer con buena pronunciación). La primera forma, equivocando las comas y los acentos, concluye lo que afirmaría un ateo. Bien leída, es una llamada de atención a los cristianos con poca instrucción sobre lo importante de la fe.

Libros, buenos libros, muchos buenos libros, bien leídos, para salvar la inteligencia humana. ¡Urgente!

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