Pero sacando a los perezosos sin arreglo que pudiera
haber, lo de tener la posibilidad de entrenar el cuerpo de modo de lucir y
sentirse bien, capaces de enfrentar los desafíos y salir victoriosos, por estar
bien entrenados, resulta una oportunidad apetecible y aprovechable para la
mayoría.
Si entrenar el cuerpo para tener una condición física
capaz de cualquier meta, resulta atractivo y mucho más si se ofreciera con
cierta facilidad de acceso, cuánto más debiera ser la posibilidad de entrenar
el espíritu para hacerlo capaz de cualquier reto, por duro que fuera y con
resultados exitosos garantizados.
Claro que, por más que me den acceso gratuito al
gimnasio, eso no me exime del esfuerzo del entrenamiento, tanto como de la
necesidad de constancia en ese esfuerzo. Ir al gimnasio no es lo mismo que
hacer ejercicios, sólo estar allí no es lo mismo que entrenar.
Pero vayamos a lo de entrenar el espíritu. ¿Para qué
me haría falta? Si mi condición espiritual tiene capacidad de pensar y querer
(inteligencia y voluntad, las dos potencias del espíritu humano), así sea que las
entrene o que no lo haga, ¿para qué esforzarme en ejercicios espirituales? De la
misma manera podría decirse que si uno fuera o no a un gimnasio igual tendría
una masa muscular, aunque fuera fofa y enfermiza.
Si yo no quiero tener un cuerpo fofo y enfermizo,
tampoco debería contentarme con un espíritu sólo capaz de entender y amar, pero
sin rumbo ni eficacia.
El que lee mucho y medita poco, no sabe nada. El que
se va detrás de cualquier deseo, jamás llegará a amar en serio.
Hacen falta los ejercicios espirituales y esta semana
son gratis y se pueden hacer muy cerca de casa. Basta con acompañar los actos
de la Semana Santa, seguir a Jesús por su camino de dolor, muerte y triunfo.
Pero hacerlo en orden, sin adelantarse, paso a paso, profundizando, aprendiendo
a amar de Aquel que es el Amor mismo. Conocemos la historia y podemos repasarla en los Evangelios, sólo hay que revivirla paso por paso, una y otra vez. Sufrir con Cristo sufriente, padecer con
Cristo paciente, para triunfar con Cristo vencedor del pecado y de la muerte.
Acercarme al Maestro, mirarlo en la cruz con insistencia, dejarme llevar de su
amor sangrante, dejarme amar, enamorarme y comenzar a amar como soy amado por Él.
Animémonos a hacer los ejercicios espirituales de esta
Semana Santa, sin dejar pasar la oportunidad, y ¡feliz Pascua de Resurrección,
para todos!
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