En el falso dilema sobre si es antes el huevo o la
gallina, la sana filosofía responde que primero es la gallina. El huevo está en
potencia de ser gallina, pero no puede llegar a serlo, si una gallina anterior
no lo empolla. Porque la gallina está en acto, puede sacar al huevo de la
potencia, en cambio el huevo que es solo potencia no puede nada. Ahora bien,
como las gallinas no pueden hacerse a sí mismas, hay que aceptar que alguien
anterior las hizo, aquel que es el Acto Puro y que los cristianos llamamos
Dios.
En lo que hace a las leyes, pasa algo semejante,
porque las leyes son la norma del buen obrar de todo. El hombre descubre las
leyes de la física y de la química, simplemente porque ya existían antes que el
hombre las pensase. ¿Qué pasa con las leyes de la sociedad humana? ¿Es el
hombre el supremo legislador de esas leyes? ¿Acaso son y deben ser solamente el
producto de leyes que forman costumbres contra costumbres que imponen leyes?
¿No hay un modelo anterior que permita una armonía frente a tanto caos en el
que vivimos?
Un pensador pagano, Tácito, dijo alguna vez “¿para qué sirven las buenas leyes si no
existen las buenas costumbres?. Según esto, las costumbres son anteriores a
las leyes. Porque las buenas costumbres son la sujeción del obrar a unas normas
superiores, que son las que rigen los hábitos buenos y los distinguen de los
malos. Las que llamamos, con justa razón, “leyes morales”. Estas no han sido
elaboradas en ninguna Legislatura humana, pero sí han estado siempre al alcance
de la comprensión de los legisladores humanos. Cuando estos han obedecido la
ley moral, han establecido leyes positivas que ayudaron a forjar buenas
costumbres en la sociedad, así como intentaron evitar las malas costumbres, por
violadoras de la ley moral.
Pero hoy en día, como con triste jocosidad se dice: “las leyes se han hecho para violarlas”.
O también: “hecha la ley, hecha la trampa”,
que suele ser la guía inmoral de buena parte del obrar jurídico positivo.
Es imperativo salvar las costumbres, procurar que mis costumbres sean conformes a la ley
moral, es decir que sean buenas, simple y arduamente buenas. No necesito
esperar que se hagan buenas leyes en el Congreso de la Nación, ya está claro
que si quiero que las cosas funcionen bien, debo hacer el bien y evitar el mal,
sin esperar a que me obliguen. Y debo hacer el bien, aunque las leyes humanas
pretendan obligarme a hacer el mal.
¡Feliz año nuevo del Señor!
No hay comentarios.:
Publicar un comentario