Prometer bondades, las promete cualquiera y, de hecho,
bien sabemos que casi nadie las cumple. Por esto debemos dejar de ser ingenuos
y volvernos más exigentes con quienes aspiran al noble deber de procurar el
Bien Común de la sociedad.
Un tema fundamental es la Familia y consecuentemente
aquel de todos los derechos humanos por el que se empieza a ser sujeto de los
demás derechos y obligaciones, y que es el derecho a la Vida.
¿Qué puede hacer un concejal o un intendente
municipal, para fortalecer la familia y evitar su acelerado deterioro? Parece
que esto sólo fuera algo posible a los hacedores de las leyes provinciales y
nacionales. Sin duda los legisladores de esos niveles son gravísimamente
responsables, por acción u omisión, de lo que devenga en beneficio o deterioro
de la institución fundante de la sociedad.
¿Basta con declaraciones a favor de la vida y la
familia? Es bueno, muy bueno, que se haya declarado a nuestros municipios del
sur mendocino como defensores de la vida y la familia, con sendas declaraciones
de los Concejos Deliberantes. Pero no basta. ¿Qué parte del presupuesto va a
destinarse a las organizaciones de la sociedad civil que promueven la defensa
de estos valores? Mientras se destina mucho dinero a favorecer espectáculos
totalmente contrarios a los valores esenciales de la familia, casi nada se
ofrece a quienes buscan dar buenas respuestas a los jóvenes que se disponen a
formar nuevas familias. Poco y nada se promocionan los verdaderos modelos
sustentables de la organización familiar natural y normal. Casi nada con los
dineros públicos y bastante poco con los privados.
Es urgente promocionar el verdadero amor, el que
pospone todo egoísmo personal ante el maravilloso don de la vida. Es necesario
restaurar las profundas heridas que la cultura de la muerte y la promiscuidad
desenfrenada, han marcado a fuego en la juventud.
Es necesario que los que aspiran al gobierno digan de
qué modo se comprometerán (ojalá lo hicieran en público y firmándolo por
escrito) a la defensa de la Familia y del derecho a la vida de los aún no
nacidos.
Hacen falta campañas a favor de la vida familiar
natural y sobran dineros puestos a favorecer a los disolventes del orden. Hace
falta destinar dineros a los programas que fortalecen los vínculos familiares y
hace falta perseguir la indolencia de aquellos que abandonan la educación (no
la escolaridad) de sus hijos cada fin de semana o ante cada exigencia de virtud
adolescentemente resistida.
Hace falta imaginación para proponer acciones
concretas y comprometidas a favor del bien. Las seguimos esperando.
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