viernes, 3 de octubre de 2014

Sobre la impunidad

Muchas veces se oye hablar de este tema, tanto a personas que entienden en el asunto, como a cualquiera que habla desde el dolor sufrido o sólo porque tiene boca…
¿Por qué un chico, sólo por ser menor de 18 o 14 años, no debe ser hecho responsable de sus crímenes? Visto así no más, habría que decir que todo el que superó la infancia debe ser responsable de sus actos y si ha cometido delito, debe pagar por ello.
Pero en esto hay matices que no deben ser soslayados. No se puede pretender que sepan de la misma manera y, por lo tanto, que sean igualmente responsables de sus actos, los que tiene 7 años, los de 14 o los de 18. Esto es claro para cualquiera. La responsabilidad sobre los actos está en directa relación con la capacidad de comprensión que uno tiene de los hechos y sus consecuencias.
Lo mismo podríamos decir de los que son incapaces por razones psicológicas.
En todos estos casos, se prevé el instituto jurídico de la tutela. En el caso de los menores, los primeros tutores son papá y mamá, o alguno de los dos si falta el otro. Cuando faltan o fallan los dos, el Estado, por medio del Juez a quien corresponda, nombra un tutor, para que cuide del menor o del incapaz.
Por razón del derecho natural, el caso de los padres, o del derecho civil, el caso de los tutores judiciales, estos (padres o tutores) se hacen responsables del menor o incapaz y, por lo tanto, de todas sus acciones y las consecuencias que de ellas se sigan.
Es decir que no existe persona humana que pueda decirse absolutamente impune o inimputable de sus actos. Unos son responsables por sí mismos, los mayores de edad, en tanto capaces. Otros lo son por medio de sus tutores (padres o responsables asignados por el Estado).
Pero resulta que un menor comete un delito y, por ser menor, se lo declara inimputable y ¡ya está! ¡Nadie paga nada!!!!
Nadie le cobra la responsabilidad a quienes debían cuidar de él, a quienes debían ser responsables por él.
Allí está el error y la gran hipocresía de nuestro sistema social. Los menores delinquen y los mayores desertan de su responsabilidad, mientras el Estado actúa como un imbécil (= alguien incapaz de asumir su rol) sin hacer nada, ni corregir a nadie.
Para peor, cuando la cosa es grave, los que debían hacerse responsables, hunden al menor en el submundo de los “servicios de contención y reforma de menores judicializados” que, todos lo sabemos y los jueces más, no contienen ni corrigen a nadie. Más aún, son verdaderas escuelas de mayores delincuencias.
La verdadera impunidad que nos sumerge en la inseguridad creciente, es la falta de responsabilidad de quienes deben ejercer la autoridad.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Balance Positivo

Pasaron los festejos de la llegada de la Primavera, los festejos del día del estudiante, y el balance de la prensa, en general, muestra un signo “positivo”.

¿Qué cosa funda este balance “positivo”? Según los artículos que he leído, se fundan sobre todo en que no hubieron disturbios sobresalientes. Es decir que los disturbios que hubo no fueron “tan” grandes. Por otro lado se cita que hubo muy pocos procedimientos por la incautación de alcohol y droga. Es decir que hubo poca constatación del consumo de alcohol y droga entre los jóvenes, durante los festejos.

¿Quiere decir que no hubo disturbios, que no hubo consumo de alcohol entre menores de edad, que no hubo consumo de estupefacientes entre los jóvenes festejantes? No, nada de eso, sólo significa que lo disimularon mejor este año.

Hubo disturbios, porque se emborracharon, pero estaban suficientemente aislados como para no generar conflictos notables. Hubo consumo incontrolado de estupefacientes, pero los efectos se conocerán en las estadísticas de la próxima generación, así que no hay nada que lamentar por ahora.

¡Sociedad hipócrita y gravemente culpable! A todo nos vamos acostumbrando y disculpamos todo desorden, siempre y cuando se disimule mejor. ¡Qué asco!

Muchos de nuestros jóvenes pusieron el mayor empeño en lograr conseguir promiscuidad sexual, alcohol sin control y droga a discreción, pero sin hacer olas, y con eso nos quedamos tranquilos.

Una sociedad como esta merece su destrucción… y lo va logrando.

¿Cómo es posible que los padres, que dicen amar a sus hijos, los dejen pervertirse sin ningún escrúpulo? ¿Qué clase de monstruos son? Hay unas arañas que engendran a sus crías en su interior, en gran número. Esas crías, a medida que se desarrollan, se van comiendo a la madre por dentro, hasta matarla y recién entonces salen a luz. Así salen a la luz muchos jóvenes de hoy, pero no son arácnidos, son hijos de criminales egoístas, que no los cuidan como enseña el verdadero amor.

En estos días algunos grupos de jóvenes, católicos y de otras confesiones, e incluso sin definición religiosa, organizaron campamentos y festejos “limpios”. Es decir , eventos en los que se divirtieron sin dañar, ni dañarse. Fueron unos pocos, pero probaron que es posible vivir bien y ser jóvenes alegres y normales. Tuvieron a su favor a personas mayores que los ayudaron a ser buenos y felices. Dichosos ellos, ya que crecerán bien y serán capaces, el día de mañana, de hacerse cargo de este mundo. Ya que los corruptos no sabrán ni podrán hacerlo, porque la promiscuidad en la que viven, los está atontando o matando.

Estos pocos buenos jóvenes, son la prueba de que todos los demás también podrían serlo si les diéramos la oportunidad. Y estamos a tiempo de hacerlo aún. ¿Qué tal si cada uno empieza a hacer lo que puede?

viernes, 19 de septiembre de 2014

Divino Tesoro

Una antigua frase, rezaba así: “juventud, divino tesoro”.

Si hoy miramos por las acequias de las calles aledañas a los boliches, las madrugadas de los viernes, sábados y domingos (en cualquier pueblo o ciudad), y vemos a los jóvenes tirados allí, traspasados de droga y alcohol, tenemos la tentación de cambiar aquel antiguo refrán por otro que dijera: “juventud, diabólico desperdicio”.

Por otro lado, cuando llegan noticias de actos verdaderamente criminales como, entre otras, la llamada reforma educativa de Buenos Aires, que empuja aún más a los jóvenes a ser ignorantes y vagos, podemos entender que no es la juventud el fracaso o el desperdicio, sino los pseudo-pedagogos que manejan, desde hace años, la educación de los argentinos por un camino de desastre, bien pensado y desarrollado por sus ideologías, que los convierte en verdaderos criminales de lesa Patria.

¿La escuela es un lugar para aprender, o sólo un comedero y un aguantadero de vagos (escuela inclusiva, le llaman)?

Los jóvenes son fuertes, por naturaleza, pero sin educación jamás sabrán qué hacer con esa fuerza que tienen. Si no se les da oportunidad del bien, por medio de la exigencia de la virtud, por el esfuerzo del estudio serio, por la cultura del trabajo digno, se perderán y con ellos, la sociedad toda se corromperá aún más, que no es poco.

Los jóvenes son las víctimas de las drogas, porque ellos no tienen capacidad, aún, de ser sus productores, sus comercializadores, ni los poderosos cómplices de los narcotraficantes.

Los jóvenes son víctimas de padres que no les exigen, que cobardemente desertan de sus obligaciones de autoridad educativa. Siendo abandonados por sus propios padres, ¿dónde buscarán refugio? No me refiero sólo a los que sufren abandono material, sino también a aquellos que son abandonados de hecho, colmados de bienes por los que jamás se esforzaron, con tal que no les molesten la comodidad a sus padres desertores y egoístas.

Nos son jóvenes los que producen porquerías en la tele o en internet, por lo menos no depende de ellos lograrlo.

Sin embargo, con cada chico que crece, aún en medio de este mundo tan hostil, crece el divino tesoro de la juventud, que Dios no deja de enviarnos.

Somos responsables de encauzar el tesoro de la ”primavera” de las flores, hacia el tesoro aún mayor del “verano” de los frutos.

No miremos para otro lado. Cada cual mire a su alrededor y apoye, con todo lo que tenga, cada cosa, por pequeña que parezca, que eduque bien a los jóvenes. Pero no lo apoye de boca para afuera, sino con actos concretos, con acciones, con dineros, con compromiso. Salvemos la semilla del mañana, cuidando a los jóvenes, mediante una sostenida exigencia de la virtud. Responderán, como siempre lo han hecho y cambiarán el mundo. No será rápido, pero será seguro.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Podemos pedir y ser buenos

¿Qué hace falta para que un hombre, varón o mujer, sea bueno, pero bueno en serio, en todos los aspectos de su vida?

A veces nos parece una tarea imposible. Intentamos muchas veces no ser tan malos como otros, a quienes vemos haciendo el mal que nos repugna. Nos parece que con eso basta. No hago eso tan malo que hacen otros, por lo tanto soy bueno. Mentira, no es suficiente.

Pero, ¿es que acaso soy malo porque, a veces, me equivoco? Si me equivoco y me doy cuenta, pero no lo reparo, sí que soy malo. Mientras no me daba cuenta estaba eximido, pero cuando lo advertí y lo dejé así nomás, me hice culpable. Así reza el refrán cristiano: “el que no sabe, no peca”. Pero ojo, que el que no quiere saber, es culpable aún de su ignorancia.

Cualquiera puede ser bueno y totalmente bueno. Porque somos libres para elegir el bien y porque tenemos quién nos ayude, hasta en lo que pudiera resultarnos imposible.

Para alcanzar el bien, primero hay que decidir querer el bien, solo el bien, siempre el bien y, además, querer hacerlo bien. Porque cuando el bien no se hace bien, resulta un mal.

Esta decisión es interior, personalísima. debo buscar en mi interior y ser totalmente veraz conmigo mismo. No puedo guardar una parte de mal en mi elección del bien. Debo estar dispuesto a rechazar y renunciar absolutamente todo lo malo, por pequeño que sea.

Algunos dicen que basta con obrar según la conciencia. Pero no siempre han formado esa “conciencia” en la verdad. Su conciencia no es recta, o no es verdadera, sólo es “su” conciencia, o la conciencia regida por alguna ideología y no por la Verdad. Entonces, obrar según conciencia, de esa manera, sería un grave error. Además sería un error que haría daño a muchos.

Y así pasa, con todos los extremismos, los de izquierda, los de derecha y los que se disfrazan de religión y ortodoxia.

Se tiene por muy sabia y aún como un ícono de la sabiduría, la frase atribuida a Sócrates: “sólo sé que nada sé”. La gran sabiduría de esta frase, es la humildad que supone frente al misterio de la Verdad. Por mucho que supiera, siempre estaría muy lejos de saberlo todo, de tener la comprensión de la Verdad en su plenitud.

Para formar una conciencia recta y verdadera, que me lleve al conocimiento del bien que debo procurar, e impida todo error, tengo una herramienta maravillosa. Aquel que es la Verdad absoluta me ha invitado a pedirle ayuda para alcanzarlo y, como Él mismo es el Bien absoluto, alcanzar así la plenitud de bien. Todos estamos invitados a alcanzar así el Bien, pero debemos tener la humildad de pedirlo.

Al que pida con fe, se le dará.

domingo, 31 de agosto de 2014

Manual de Instrucciones

Aunque no siempre lo vemos o lo leemos con la debida atención, con todos los artefactos que compramos, suele venir algo que se llama “Manual de Instrucciones”. Este contiene las instrucciones para el correcto uso del artefacto. Puede que le demos atención o no, pero está escrito por quien ha fabricado el artefacto y, por lo tanto, supone la mejor fuente de información sobre el mismo.

Generalmente hay una notita que explica que no se reconocerá la garantía por roturas que se sigan del uso incorrecto del artefacto, es decir, de no atender al Manual de Instrucciones.

A nadie se le ocurre que los manuales de instrucciones de los artefactos, sean meros caprichos de sus fabricantes. Y cuando alguno, de hecho, actúa sin obedecer sus indicaciones y advertencias, luego deberá lamentar la pérdida del artefacto y la vergüenza por haber desoído las instrucciones.

Cuidamos los artefactos que compramos, porque nos han costado. Nos duele perder aquello por lo que tuvimos que pagar.

Seguimos la instrucciones de los fabricantes de casi todas las cosas que recibimos, de casi todas las que han sido hechas por otros que saben mejor que nosotros cómo se las debe usar.

Pero, ¿qué hay de nosotros mismos? ¿Acaso nos hicimos solos? ¿Somos los fabricantes de nuestra existencia? No, de ninguna manera. Es una soberbia estúpida creernos autogestores de nuestra existencia; incluso de nuestra continuidad en ella. Como si pudiéramos decidir comenzar a existir o seguir haciéndolo. Ni siquiera podemos decidir dejar de existir. Aunque acabáramos con nuestra vida temporal, no por eso podríamos dejar de existir, sólo habríamos abandonado el cuerpo. O acaso “¿eres lo mismo que tu cadáver?”. Tu alma seguirá existiendo, sin depender de lo que hagas con tu cuerpo.

Ya que somos hechura de otro, ¿tenemos Manual de Instrucciones?. Si que lo tenemos.

Está inscrito en nuestro ser y nos exige “buscar el bien y conseguirlo y evitar el mal”. Por la dureza de nuestros corazones, el autor de nuestra vida, publicó esa ley, con más detalles, en tablas de piedra y lo llamó “El Decálogo” o “Los Diez Mandamientos de la Ley de Dios”. En la plenitud de los tiempos nos dijo que toda esa Ley, escrita en nuestra naturaleza y en los Libros Sagrados, se resumía en un Mandamiento Nuevo y perfeccionador de todos los otros: el Mandamiento del Amor. Amar parece fácil, pero para que nos sirva de verdad y nos alcance el éxito definitivo y eterno, debe ser un amor al modo como somos amados por el que nos hizo (”ámense como Yo los he amado”)

Qué duros somos para hacer caso a lo que más nos conviene, y qué paciente es nuestro fabricante, que nos renueva la garantía, una y otra vez, esperando que al fin cumplamos con nuestro Manual de Instrucciones, simplemente para alcanzar la felicidad.

sábado, 23 de agosto de 2014

No olvidar a los mártires

Hace unos días recibía un correo de un fraile franciscano de Jerusalén, suplicando que no los olvidemos.

Este fraile, es un hombre que podría estar viviendo su ministerio y consagración, tranquilamente, en su España natal, pero que desde hace más de 40 años, está entregado a acompañar y asistir a los pocos cristianos que quedan en la Tierra Santa, como miembro de la Custodia Franciscana.

Me escribía a raíz de que tuvimos que postergar nuestra Peregrinación Diocesana, por el riesgo de la guerra. Su súplica de que no los olvidemos, iba más allá del hecho de las peregrinaciones, aunque también es de suma importancia que existan, pues de eso viven, principalmente, los cristianos de Israel y Palestina.

Su súplica se dirigía sobre todo a que no seamos indiferentes a su martirio, constante y reiterado; él mismo ha vivido varias guerras, con toda la historia de horror y miseria que eso significa.

Tenemos frecuentes noticias de cómo enfrentan la muerte los pocos cristianos de Gaza, o de Irak, gracias al testimonio de los sacerdotes del Instituto del Verbo Encarnado que están allá y son paisanos nuestros. Conocemos por los medios de comunicación, lo que sufren hoy, tanto cristianos como gentes de otras confesiones, perseguidos por los fundamentalistas fanáticos.

Hemos escuchado al mismo Papa Francisco, exigir a la comunidad internacional detener a los “agresores injustos” que masacran a cristianos y otros, en el autoproclamado califato islámico, que no es otra cosa que terrorismo internacional. Más aún, aclaró que no es suficiente con que EEUU tire unas bombas contra ellos, que no se trata de apagar el fuego con nafta, y que hay que actuar con suma urgencia.

Los mártires que hoy mueren, atrozmente, en manos de los terroristas del califato, como los que resultan víctimas del odio mutuo entre judíos y musulmanes extremistas en Gaza, son verdaderos mártires, ya que dan la vida por ser fieles a su fe. Los que los están masacrando son agresores injustos y deben ser detenidos, incluso por la fuerza de las armas. ¿Cómo se pueden conciliar estas posturas, ante el Evangelio de la paz?

La doctrina de la Iglesia, que es el Depósito de Fe que Dios le confió al fundarla, sostiene tanto la legitimidad de la defensa, como la preferencia heroica a la ofrenda de la propia vida.

Valga un ejemplo: las atrocidades del nazismo debieron y deberán siempre ser enfrentadas y detenidas, aún por la fuerza legítima. Por otro lado, frente a esas mismas atrocidades, Maximiliano María Kolbe, eligió dar la vida por un desconocido y es un mártir. La legítima defensa venció al nazismo, pero no los males del fanatismo. El martirio de San Maximiliano, mostró que la humanidad sólo se salva de verdad, por el amor, y sobre todo por el amor sacrificial. No hay contradicción entre defensa “legítima” y “heroísmo” martirial.

lunes, 18 de agosto de 2014

El Reino es para los violentos

Esto lo dijo Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, y se debe entender con exactitud, pero junto a todo lo demás que dijo Jesús. Todo Él y todo lo que Él dijo es la Palabra eterna de Dios. Quien tome una de sus palabras y la use como un todo, sin cuidar la interpretación en el contexto de toda la Revelación, puede equivocarse y mucho.

Según ha dicho Jesús, para ganar el Reino de los Cielos, hay que hacerse violencia. Hay que matar en nosotros las obras de la carne (y no se refiere sólo a las que prohíbe el sexto mandamiento), para que, muerto el “hombre viejo” (el que se deja llevar de las concupiscencias de lo temporal), surja el “hombre nuevo” (el que sólo busca la Voluntad de Dios y todo lo sacrifica con tal de ganar la virtud que lo acerque a Dios).

Siempre ha sido posible equivocarse respecto de la violencia que nos pide el Señor. Baste un ejemplo. En la noche misma de la Pasión, cuando el Señor se entregaba, voluntariamente, como manso cordero, para ser sacrificado por nuestros crímenes, el primero de sus apóstoles sacó la espada e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja. Jesús reprendió a Pedro y curó al herido. Más aún, dijo a modo de advertencia: “el que a hierro mata a hierro morirá”.

Toda la violencia cometida en nombre de Dios, a todo lo largo de la historia y aún hoy, tanto por cristianos como por quienes tengan otros credos, es una negación del mismo Dios.

Dios es el que “hace salir el sol sobre buenos y malos y caer la lluvia sobre justos e injustos”. El que en nombre de Dios hiere o mata a su hermano, se hace abominable a los ojos del Dios de la Vida.

Los fundamentalistas de todos los credos, incluso los que a sí mismos se llamen católicos, no creen en Dios. No en el Dios verdadero. Ellos se han hecho sus falsos dioses, hechos a su forma y medida; al modo de sus pequeñas capacidades para entender. Creen que son grandes y sabios, pero sólo son necios. La Sabiduría de Dios se manifiesta a los pequeños, a los simples, a los mansos.

Sólo son discípulos del único Dios, los que trabajan por la paz.

Sólo son verdaderos mártires, los que ofrecen sus vidas y no los que matan a sus adversarios.

Roguemos cada día a Dios, que nos dé entrañas de misericordia. No que seamos blandos y negligentes en el cumplimiento de nuestros deberes, sino misericordiosos, dispuestos a perdonar a los que se arrepienten, a ofrecer las propias vidas, aún por los que hacen el mal, a fin de que lleguen a salvarse todos. Cada día hay que hacerse, a sí mismos, esta violencia.