miércoles, 1 de abril de 2015

Ejercicios para todos

Pienso que si le dieran a algún joven la posibilidad de ir gratis a un muy buen gimnasio, con resultados garantizados, no dejaría pasar la oportunidad. Pienso también que, hoy en día, no cualquier joven perseveraría mucho tiempo en ese buen gimnasio, solo porque fuera gratis. Lamentablemente a muchos jóvenes les han mentido tanto sobre la vida, que han llegado a creer que sólo vale lo que les sale fácil y sin esfuerzo.

Pero sacando a los perezosos sin arreglo que pudiera haber, lo de tener la posibilidad de entrenar el cuerpo de modo de lucir y sentirse bien, capaces de enfrentar los desafíos y salir victoriosos, por estar bien entrenados, resulta una oportunidad apetecible y aprovechable para la mayoría.

Si entrenar el cuerpo para tener una condición física capaz de cualquier meta, resulta atractivo y mucho más si se ofreciera con cierta facilidad de acceso, cuánto más debiera ser la posibilidad de entrenar el espíritu para hacerlo capaz de cualquier reto, por duro que fuera y con resultados exitosos garantizados.

Claro que, por más que me den acceso gratuito al gimnasio, eso no me exime del esfuerzo del entrenamiento, tanto como de la necesidad de constancia en ese esfuerzo. Ir al gimnasio no es lo mismo que hacer ejercicios, sólo estar allí no es lo mismo que entrenar.

Pero vayamos a lo de entrenar el espíritu. ¿Para qué me haría falta? Si mi condición espiritual tiene capacidad de pensar y querer (inteligencia y voluntad, las dos potencias del espíritu humano), así sea que las entrene  o que no lo haga, ¿para qué esforzarme en ejercicios espirituales? De la misma manera podría decirse que si uno fuera o no a un gimnasio igual tendría una masa muscular, aunque fuera fofa y enfermiza.

Si yo no quiero tener un cuerpo fofo y enfermizo, tampoco debería contentarme con un espíritu sólo capaz de entender y amar, pero sin rumbo ni eficacia.

El que lee mucho y medita poco, no sabe nada. El que se va detrás de cualquier deseo, jamás llegará a amar en serio.

Hacen falta los ejercicios espirituales y esta semana son gratis y se pueden hacer muy cerca de casa. Basta con acompañar los actos de la Semana Santa, seguir a Jesús por su camino de dolor, muerte y triunfo. Pero hacerlo en orden, sin adelantarse, paso a paso, profundizando, aprendiendo a amar de Aquel que es el Amor mismo. Conocemos la historia y podemos repasarla en los Evangelios, sólo hay que revivirla paso por paso, una y otra vez. Sufrir con Cristo sufriente, padecer con Cristo paciente, para triunfar con Cristo vencedor del pecado y de la muerte. Acercarme al Maestro, mirarlo en la cruz con insistencia, dejarme llevar de su amor sangrante, dejarme amar, enamorarme y comenzar a amar como soy amado por Él.

Animémonos a hacer los ejercicios espirituales de esta Semana Santa, sin dejar pasar la oportunidad, y ¡feliz Pascua de Resurrección, para todos!

domingo, 29 de marzo de 2015

Memoria sanadora

En cierta ocasión, un grupo de personas esperaba, a las puertas de un tribunal, al que habían sido citados para prestar testimonio. En general estaban nerviosos, tratando de imaginar cómo sería aquella declaración. Había uno muy tranquilo, tanto que llamaba la atención. Preguntado por su tranquilidad, dijo simplemente: “voy a decir lo que sé y como sólo sé lo que recuerdo, no tengo temor a equivocarme”.

Simples y profundas palabras, “sólo sé lo que recuerdo”. Si bien habrá algún superdotado que pueda, para el común de los mortales no es posible recordar todas las cosas que se han vivido. Nuestra memoria actúa selectivamente. Guardamos algunos recuerdos y otros los desechamos. Por muy variadas razones; puede ser por miedo, por no repetir dolores profundos, porque algunas cosas nos dan vergüenza o porque son simplemente inútiles para nuestra vida.

Tratamos de atesorar sólo los mejores recuerdos y buscamos darnos tiempo para revivirlos. Lo hacemos a veces en el silencio y la soledad y otras veces, en la conversación con amigos que puedan valorarlos tanto como nosotros.

Es común oír de las perdonas mayores contar casi siempre las mismas anécdotas. Cierto que a veces es por alguna disfunción neurológica, pero en general es porque con el tiempo, cada vez son menos las cosas que se recuerdan como verdaderamente valiosas.

Los buenos recuerdos nos hacen bien. Al recordarlos los revivimos y nos enriquecen más y más, porque con el tiempo y la experiencia podemos llegar a valorarlos más y con más detalle.

Los malos recuerdos también son necesarios para formar la prudencia, para no caer otra vez en el mismo pozo. Pero esconden un peligro gravísimo del que debemos estar muy alertas; y es que pueden envenenar el corazón por el rencor y el ansia de venganza. Son el origen de todas las guerras. Hay que guardarlos para aprender, pero desechar el odio que nos pueden provocar, de lo contrario el mal que nos hicieron se vuelve contra nosotros y nos hace infelices.

Debemos recordar el bien para ser más buenos. El bien que nosotros mismos vivimos y también el que otros vivieron para nosotros.

Recordar y revivir el bien realizado o recibido, nos ayuda a valorarlo más y a realizar mayores bienes en nuestra vida. Cura nuestras miserias, sana nuestro corazón, nos ayuda a amar con mayor intensidad y con mucho más fruto.

Estamos a las puertas del recuerdo anual del mayor bien que podamos concebir, el que se nos ha dado sin haberlo merecido. Es necesario darle todo el tiempo posible a este recuerdo, ponerle la mayor atención y grabarlo a fuego. es el recuerdo del mayor amor con que hemos sido y somos amados por el mismo Amor encarnado. Es la Semana Santa. Es sólo una vez por año. No la desperdiciemos. Revivámosla en soledad y con los hermanos.

lunes, 23 de marzo de 2015

Familia, Vida y elecciones

Ante la campaña electoral que, aunque prohibida por ley con tanta anticipación, igualmente se desarrolla con impunidad y gran despliegue de dineros publicitarios, hay que seguir reflexionando sobre los temas principales en los que hay que poner la atención.

Prometer bondades, las promete cualquiera y, de hecho, bien sabemos que casi nadie las cumple. Por esto debemos dejar de ser ingenuos y volvernos más exigentes con quienes aspiran al noble deber de procurar el Bien Común de la sociedad.

Un tema fundamental es la Familia y consecuentemente aquel de todos los derechos humanos por el que se empieza a ser sujeto de los demás derechos y obligaciones, y que es el derecho a la Vida.

¿Qué puede hacer un concejal o un intendente municipal, para fortalecer la familia y evitar su acelerado deterioro? Parece que esto sólo fuera algo posible a los hacedores de las leyes provinciales y nacionales. Sin duda los legisladores de esos niveles son gravísimamente responsables, por acción u omisión, de lo que devenga en beneficio o deterioro de la institución fundante de la sociedad.

¿Basta con declaraciones a favor de la vida y la familia? Es bueno, muy bueno, que se haya declarado a nuestros municipios del sur mendocino como defensores de la vida y la familia, con sendas declaraciones de los Concejos Deliberantes. Pero no basta. ¿Qué parte del presupuesto va a destinarse a las organizaciones de la sociedad civil que promueven la defensa de estos valores? Mientras se destina mucho dinero a favorecer espectáculos totalmente contrarios a los valores esenciales de la familia, casi nada se ofrece a quienes buscan dar buenas respuestas a los jóvenes que se disponen a formar nuevas familias. Poco y nada se promocionan los verdaderos modelos sustentables de la organización familiar natural y normal. Casi nada con los dineros públicos y bastante poco con los privados.

Es urgente promocionar el verdadero amor, el que pospone todo egoísmo personal ante el maravilloso don de la vida. Es necesario restaurar las profundas heridas que la cultura de la muerte y la promiscuidad desenfrenada, han marcado a fuego en la juventud.

Es necesario que los que aspiran al gobierno digan de qué modo se comprometerán (ojalá lo hicieran en público y firmándolo por escrito) a la defensa de la Familia y del derecho a la vida de los aún no nacidos.

Hacen falta campañas a favor de la vida familiar natural y sobran dineros puestos a favorecer a los disolventes del orden. Hace falta destinar dineros a los programas que fortalecen los vínculos familiares y hace falta perseguir la indolencia de aquellos que abandonan la educación (no la escolaridad) de sus hijos cada fin de semana o ante cada exigencia de virtud adolescentemente resistida.

Hace falta imaginación para proponer acciones concretas y comprometidas a favor del bien. Las seguimos esperando.

sábado, 14 de marzo de 2015

Los candidatos y las drogas

Este año hay que elegir gobernantes. Debemos elegir en todas las instancias y en múltiples actos electorales. Hay que pensar bien y, aunque un voto es solo un voto, si al pensar bien ayudo a otros a hacerlo, se van sumando votos y votos.

En estos días trascendieron distintos dichos del Papa Francisco sobre la drogadicción en la Argentina. Dijo lo que todos sabemos, aunque no podamos reunir las pruebas para ir a un tribunal (¿no habrá fiscales que lo sepan?). Lo vemos a diario en los efectos, lo oímos en las charlas de amigos, lo deducimos de las noticias policiales.

Con asombro escuchamos también en estos días a funcionarios de alto nivel negar, frescamente, lo que es para todos evidente: que aquí hay droga, hay mucha, hay en todas las clases sociales y que mucha es de fabricación nacional (con plantaciones descubiertas casi a diario). ¿Cómo se puede negar esta realidad? Sólo lo pueden negar los necios y los cómplices.

Estamos de acuerdo en que la droga-dependencia es un flagelo que carcome la sociedad misma. Es un veneno maldito que nos mata a los jóvenes y aún a los niños. También estamos de acuerdo que se trata de un negocio que le da mucho dinero a un número, cada vez mayor, de delincuentes de lesa humanidad, muchos de los cuales tienen que ser funcionarios o empresarios con altos niveles de autoridad y poder. Lo digo porque es necesario que este tráfico perverso sea permitido por la autoridad para funcionar como funciona, de lo contrario los narcotraficantes estarían todos presos y no lo están.

Quiero decir algo que resulta evidente al más superficial de los análisis, y es que el narcotráfico es el negocio de muchos de nuestros políticos y tiene otro montón más de cómplices silentes que los dejan actuar.

Alguno dirá que esto pasa porque hay jueces y policías en el negocio y yo agrego que también hay kiosqueros y amas de casa y lo que se te ocurra, pero todos esos pueden ser cómplices porque los que manejan el negocio son gobernantes con poder y con impunidad.

Es hora de averiguar de dónde sacan la plata para las campañas los candidatos. Hay que exigirles las facturas y demás comprobantes. Y al que no los muestre, tenerlo por cómplice o simple delincuente.

Señores candidatos, de todos los cargos electivos, anímense a mostrar pruebas de que el dinero con el que cuentan no está manchado de sangre del narcotráfico. Si no lo pueden mostrar… es que lo tiene sucio y deberían estar presos.

Este es un punto nada más, uno muy grave, hay otros. Lo seguiremos analizando, lo seguiremos pensando. Pero mientras tanto, ya tienen tema para sus próximos discursos: prueben que no son narcotraficantes o tendremos que pensar que sí lo son, y negarles el voto.

sábado, 7 de marzo de 2015

Católicos en política

Sé que algunos de los lectores de esta columna se molestan cuando dedico el espacio para hablar de política. Me lo han dicho. Piensan que no es un tema que deba ser abordado por un sacerdote. Siento mucho disgustarlos una vez más y contradecir su opinión.

Precisamente porque soy sacerdote no debo dejar de iluminar desde el Evangelio y las enseñanzas de la Iglesia, también este tema de la política. Lo que de ninguna manera debo hacer es tomar partido por alguna postura política en particular, ya que debo mi ministerio a todos, sin excepción. Incluso a los que pudieran sostener ideas opuestas a las enseñanzas de Cristo, ya que el Señor dio la vida también por ellos y yo sólo soy un administrador de su gracia redentora.

El “meterse” en posturas determinadas, dentro del actuar político, es tarea de los cristianos laicos. Al decir “laico” me refiero a todo bautizado que no sea clérigo.

Esta obligación surge del propio compromiso bautismal, que nos exige una caridad concreta y eficiente. El recto actuar político es precisamente el ejercicio de la más alta caridad en el orden social. No basta con dar limosna o comprometer algún tiempo o recursos en una obra de ayuda a los demás. Es fundamental hacer participar la fe en la toma de decisiones de la sociedad civil. Para que haya una más justa distribución de los bienes y oportunidades, no se debe dejar la política en manos de los corruptos. Hay que meterse y meterse en serio.

Si bien la acción política es una obligación que surge de la misma fe en Cristo, debe ser realizada con prudencia y respeto de la diversidad de opciones. El Papa Pío XII enseñaba que la política es el plano de las libres opciones; y ya que son libres no se las debe encerrar en una única, por muy mejor que pudiera ser alguna respecto de otras. En casi todos los partidos políticos hay católicos (aunque no siempre se notan), pero no existe ni existirá un “partido católico”. Así como es una obligación de todo bautizado el confesar (incluso públicamente) su fe en el ámbito de la política, resulta una cierta deshonestidad pretender representar a la Iglesia en su conjunto o a alguna de sus instituciones particulares en la opción que cada uno elije.

Es bueno que un laico católico se comprometa dentro de una opción política, incluso que forme con otros, asociaciones dedicadas a la política, en sus múltiples aspectos. Pero ninguno tiene permiso para reducir la fe a su opción política, ni comprometer a la Iglesia en una opción entre otras.

El que se ponga a trabajar en lo político, no debe olvidar que su compromiso no es con los hombres, sino con Dios y que debe obedecer a Dios antes que a los hombres, en todos los temas. ¡Ánimo, valientes!

viernes, 20 de febrero de 2015

¿Por qué la penitencia?

Se podría preguntar, al modo de una analogía, si todavía hacen falta medicinas para curar enfermedades. En ese caso, la respuesta sería clara, mientras existan las enfermedades, serán indispensables las medicinas.

Así mientras exista pecado, será necesaria la penitencia para reparar la culpa.

Algunos se oponen a esta afirmación. Dicen que, efectivamente, el pecado exige reparación, pero que ésta ya se ha dado de una vez para siempre y para todos. La revelación divina nos ensaña que Jesucristo ha pagado en la cruz por todos los pecados, de todos los hombres, de todos los tiempos, aún los todavía no cometidos. Es cierto. Pero San Pablo nos enseña que “hay que completar en nosotros, lo que falta a la Pasión de Cristo”.

En cuanto al pago por el pecado, exigido por la divina justicia, a la Pasión de Cristo no le falta nada. Constituye el definitivo triunfo de la gracia de Dios sobre todo pecado y esa justicia es la que se nos aplica por medio del Bautismo, como camino ordinario, sin excluir los infinitos caminos extraordinarios que Dios puede dar a los hombres, para cumplir su voluntad de salvar a todos.

Si la Pasión de Cristo ha satisfecho de manera plena y definitiva la deuda de los pecados, cómo es que el apóstol habla de “completar lo que falta a la Pasión de Cristo”. ¿Qué le falta que debamos nosotros completar? ¿Qué hay de lo nuestro que pueda pagar la deuda de un solo pecado y qué imperfección podría tener la misericordia del Redentor?

La Misericordia de Dios, obrada por la Pasión y Muerte de Jesucristo, su divino Hijo, no tiene imperfección alguna. Es acto de Dios y es, por lo tanto, perfecto y completo. Una sola cosa es capaz de frustrar sus efectos y es la libertad de cada hombre. Para obtener sus frutos es necesario creer y obedecer. Si bien, la fe y la posibilidad de ser discípulos, se nos dan juntas en el Bautismo, así como el ser plenamente humanos se nos da desde la concepción, pero debe ir desarrollándose poco a poco, hasta llegar a la plenitud; de semejante manera, la gracia recibida de la Pasión de Cristo no requiere de un nuevo mérito de parte del hombre, pero sí de su continua y constante aceptación. La misma gracia que nos rescata en el Bautismo, nos vuelve a santificar en cada Reconciliación o Confesión, pero no de un modo mágico, sino al modo de lo humano, es decir con nuestra colaboración, con nuestra aceptación. Para eso es necesario, entre otras cosas la penitencia, esto es, los sacrificios y privaciones que podamos realizar libremente. La Iglesia nos pide realizarlos siempre. Cada semana nos lo pide especialmente los viernes; y una vez al año en el tiempo de Cuaresma, con 40 días de oportuna y vivificante penitencia. Estamos en ese período del año, no dejemos de aprovecharlo.

domingo, 1 de febrero de 2015

Agradecer las primicias

En nuestra Mendoza, al llegar a los actos principales de la Fiesta de la Vendimia, lo primero es la Bendición de los Frutos, o lo que los antiguos llamaban, la presentación a Dios de las primicias de la cosecha. ¿Por qué? Porque somos administradores de una finca cuyo dueño es Dios, por eso lo primero y lo mejor ha de ofrecerse al dueño.

Después del pecado, la primera gran crisis de la humanidad, consecuencia de la primera desobediencia, fue el homicidio. Descuidado de la Voluntad de Dios, el hombre se volvió lobo del hombre.

La Sagrada Escritura nos describe aquella terrible consecuencia del pecado, con el enfrentamiento entre Caín y Abel. Y justamente se presenta en el marco de la ofrenda de las primicias. Caín era agricultor, Abel era pastor. Mientras Abel presentó a Dios lo mejor de su rebaño, Caín sólo le ofreció las sobras. Dios aceptó con agrado la ofrenda de Abel y, por supuesto, no pudo quedar agradado con el egoísmo avaro de Caín. Pero, este, en lugar de pedir perdón a Dios por su ofensa, se volvió feroz contra su hermano, y por envidia lo mató.

La sangre de Abel es profecía de la de Cristo, el verdadero Justo que ofrece a Dios la mejor primicia, su propia vida en rescate por la multitud.

Sigue habiendo “caínes” que ofrecen a Dios mentiras, sobras, falsos dones. Pero también, sigue habiendo muchos que, como Abel, dan a Dios lo mejor de sí.

En la Bendición de los Frutos de nuestra fiesta vendimial, unimos el verdadero deseo de dar a Dios las gracias por los frutos conseguidos, con el don perfecto del amor de Cristo con el que esperamos sean bendecidos.

Dios no necesita de uvas y duraznos, eso es evidente. Pero sí espera corazones obedientes, que le den lo mejor de sí mismos, que es lo menos que podemos dar a Aquel de quien todo recibimos.

Al participar de la Bendición de los Frutos, en esta nueva Vendimia, ojalá no lo hagamos sólo por participar de un bello espectáculo, de una costumbre tradicional de nuestra tierra y nada más. Estaríamos haciendo algo bueno, pero insuficiente.

Sería bueno que vayamos a poner nuestros corazones ante Dios, a rendirle la debida alabanza. Con un corazón contrito, porque mucho hemos maltratado la finca del Señor. Vayamos al encuentro de aquel que nos ama hasta el exceso más increíble, que es colmarnos de la bendición que no merecemos, pero que Él mismo nos ha conseguido al precio de su sangre.

Cuando el sacerdote invoque el Nombre Santo sobre el fruto de nuestro trabajo, saquemos de nuestros corazones todos los avaros egoísmos de Caín, para poner la pura y limpia intención de Abel. Y a partir de esa mejor intención, al sonar la reja del arado, comencemos, no tanto una fiesta más, sino una vida nueva, mejor.