domingo, 10 de agosto de 2014

Hacerse como niños

En muchas ocasiones, Jesús invitó a ganarse el Cielo, buscando hacerse como niños. Más aún, dejó bien claro, que sólo se harán merecedores de la Vida, los que logren hacerse tales.

¿Cuáles son la virtudes que sólo se ven en la niñez, y que deben ser buscadas en toda edad?

Ante todo la inocencia, es lo primero que se ve brillar en la sonrisa de un niño. ¡Qué duro que va a ser el Juicio de aquellos que la hayan mancillado! Es tan común, en este mundo nuestro, la perversión contra los niños, que hasta dentro de la misma Iglesia se han colado esta clase de traidores miserables.

Cuando Jesús invita a ser como los niños en la inocencia, no es a los niños a los que invita. Ellos ya lo son. Es a nosotros, a los que hemos probado el mal y, por lo tanto, hemos perdido la inocencia. A nosotros nos invita a recuperar aquella frescura, que sólo la Gracia de Dios puede restaurar en el alma, si nos dejamos tocar por su misericordia.

Junto a la inocencia, en los niños brilla la sencillez. ¡Con qué poco se puede contentar a un niño! Me refiero a los bien criados, porque los malcriados no se contentan con nada. Pero la culpa no es de ellos sino de esos padres que les ahogan la sencillez con mil cosas superfluas.

La sencillez que debemos imitar de los niños, nosotros los grandes, siempre preocupados por tener, es aquella que se construye con la pobreza de espíritu. La capacidad de desprendimiento. Usar de las cosas sin atarse a ellas, y ser tan felices teniendo poco como teniendo mucho.

Entre otras características que se muestran en los niños, como virtudes necesarias para la salvación y que debemos imitar los que, a menudo, nos sentimos tan autosuficientes, es la confianza. El niño confía en sus padres, en sus mayores. ¡Qué miserables los que traicionan esta confianza de los niños!

Hace tiempo, en un avión militar, viajaban varios pasajeros civiles y entre ellos había un niño que jugaba, despreocupadamente, con sus autitos por el pasillo. El avión comenzó a transitar una turbulencia muy fuerte. Todos los pasajeros, incluido un obispo que iba con ellos, comenzaron a temer por sus vidas. El obispo observó que, a pesar del temor generalizado de todos por las sacudidas, el niño seguía jugando como si nada. Se volvió hacia él y le preguntó si se daba cuenta que el avión se sacudía tan fuerte. El niño asintió y siguió con sus juguetes. Entonces el obispo le preguntó “¿y cómo es que no tienes miedo?” a lo que el niño respondió, con toda naturalidad: “es que el piloto es mi papá”. La confianza de aquel niño se fundaba tan sólo en el amor. Esa confianza espera Dios que le tengamos.

viernes, 1 de agosto de 2014

Ante el dolor

Frente a esa realidad inevitable que es el dolor, existen diversas formas de reacción.

La más absurda e inútil, pero la primera que se presenta, es la negación. Negar el dolor no lo cura, pero parece evitarlo. Vivimos la era de los analgésicos. Para todo dolor parece haber una pastillita de algo que te lo alivia, sin más. Muchas veces ese alivio no hace otra cosa que ocultar el dolor y permitir que su causa siga avanzando. Por lo que hace a los efectos de los analgésicos para dolores físicos, es bueno consultar con los que saben más, es decir con los médicos.

Para los dolores del alma, no se encuentra remedio en las farmacias. Pero es posible negarlos de modos muy sutiles, tan sutiles como mortales.

¿Qué decir a quienes tratan de “borrar” el dolor? Simplemente que no se puede, nadie puede. Así como la ciencia no ha podido, ni podrá, evitar todo dolor, mucho menos ha podido explicar su causa última y fundamental. No se ve en un microscopio, no depende de una fórmula matemática. Para la sola luz de la razón es, simplemente, un misterio y una terrible contradicción.

Por eso tantos se preguntan, angustiados, “si el mayor deseo de mi corazón es la felicidad, ¿por qué entonces tanto dolor?”

En los momentos de mayor sufrimiento es común encontrar como único culpable de nuestros males, al mismo Autor de nuestra existencia. Pareciera que Dios nos ha hecho defectuosos. ¡Él tiene la culpa!

Pensar que cualquier mal que me aqueje sea siempre, y por definición, “la culpa de otro”, es un infantilismo espiritual que no nos resuelve nada. Tan solo nos lleva a sufrir aún más.

Pero el analgésico o la negación, o el echarle la culpa a otro, no son la única forma de enfrentar el misterio del dolor.

Sin duda, todo dolor es el efecto de una causa. Para curar los dolores del cuerpo es preciso encontrar sus causas y tener la terapia adecuada para su tratamiento y cura. De todos modos, más tarde o más temprano, la muerte llega siempre, sin que se pueda evitar.

Los dolores en general, los físicos, los espirituales y la misma muerte, pueden ser aprovechados. Pero para eso es necesario asumir su causa.

El origen de todo mal está en la negación del bien debido. Esto sólo lo puede hacer el que es libre para elegir. La cadena de males que todos tenemos que sufrir y la misma muerte, tienen origen en la primera desobediencia.

Si la desobediencia es la causa, la obediencia es la cura. Si esta vida corruptible fuera la única, lo que he dicho no tiene ningún valor de respuesta. Pero no es la única, ni la más importante. Son sólo unos años, frente a la eternidad sin fin.

Es sencillo, y por eso sólo los sencillos lo comprenden.

lunes, 7 de julio de 2014

Tomar vida de los muertos

Se ha dicho que los muertos recién mueren, cuando los vivos dejamos de recordarlos. Esta expresión debe ser aplicada al recuerdo arquetípico de los muertos. No es porque ellos requieran de nuestro recuerdo para su existencia más allá de la muerte física, sino porque nosotros necesitamos de su recuerdo para vivir mejor nuestras vidas. Por eso no podemos “matarlos” con nuestro olvido, ya que sería, para nosotros, como un suicidio.

Con la expresión “arquetipo”, entendemos “modelo”, pero mucho más que simplemente un buen ejemplo. Los arquetipos son los modelos mayores, los que resultan modelo para todos, incluso para aquellos que no tienen sus mismas circunstancias de vida. Y esto es porque en los arquetipos vemos el ejemplo de lo esencial bien vivido. Por eso se lo podemos aplicar a cualquier individuo.

Hace unos días murió un policía. No murió en acto heroico de servicio, enfrentándose a desalmados criminales o emboscado por delincuentes. Tal vez hubiera sido un muerto más de los tantos que se cobra el tránsito, de no ser por lo que se vio en su sepelio. No me refiero sólo a la solemnidad de la ceremonia policial que lo acompañó, o a la presencia de jefes y políticos.

El Sargento Primero Mario Cantero, fue acompañado a su sepultura por su vida, por una buena vida, y una vida bien vivida. En una tumba, sus restos esperan la resurrección. En nuestros corazones, su ejemplo espera ser imitado.

Para testimoniar esto que escribo, allí estaba su mujer, sus hijos y sus nietos. Traspasados de dolor, pero fuertes, con una fortaleza que no es común en nuestros pobres días, de tanta flojera de voluntades.

Estaban sus compañeros de la función policial. Unos habían ido en respuesta a una orden de servicio, otros no y eran muchos. Pero todos los policías que estaban allí, dejaron un poco de ellos mismos junto a los restos de su querido “babacha”, como lo llamaban.

Como lo señaló con santo orgullo su hijo, Cantero murió vestido de policía, como siempre había querido. Venía de cumplir servicio, de vuelta a su hogar, como cualquier otro día de sus 34 años de servicio policial. Y eso es lo grande, lo que lo define como un arquetipo. Fue capaz de hacer siempre lo que debía, hacerlo con ganas y dar ejemplo constante en el servicio de su misión policial y en el amor de su familia y amigos.

Hoy es común, tanto en la policía, como en otras formas de servicio comprometido, ver la deserción de muchos, ante cualquier dificultad. Son pocos los que luchan, los que perseveran, los que se comprometen. Pero podemos decir que tenemos un modelo más, que prueba que el bien obrar es posible, que llena el alma y deja huella profunda, y que es posible imitarlo.

Sargento Primero Mario Cantero, ¡¡¡Presente!!!

viernes, 27 de junio de 2014

Recemos por el Papa

Este domingo, festividad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, es el Día del Papa.

La palabra “Papa” se origina en la abreviatura de un título, originalmente dado a aquellos obispos que, por diversas razones, tenían cierto predominio sobre otros. El título era “Pater Patrorum” y significa “Padre de los Padres” (Pa-Pa). Por eso hay varios Patriarcas que llevan también este título de Papa.

Pero no es el día de todos los Papas, sino de uno sólo, el Papa de Roma. Que es el único y legítimo sucesor, histórica y arqueológicamente certificado, del Apóstol san Pedro; aquel que se llamaba “Simón el hijo de Juan” y a quien Jesús dio el título de “Cefas”, esto es “piedra”, de donde deriva el nombre de Pedro. Hay que subrayar que “Pedro” no es un simple apodo, sino un título y un encargo, muy solemne.

Jesús le dio este nombre luego de que el apóstol confesara la divinidad del Maestro, movido por una inspiración del mismo Dios Padre. “…feliz de ti, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado la carne o la sangre, sino mi Padre del Cielo, por eso te digo: tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, ha dicho Jesús y, al hacerlo, le ha dado un título y una misión, a la vez que ha expresado una profecía de cumplimiento indispensable. A esta Iglesia, levantada sobre la piedra de la confesión de Pedro, la única fundada por Cristo, y que subsiste en la llamada Iglesia Católica, Apostólica, Romana, le ha prometido el Hijo de Dios prevalecer contra todos sus enemigos, sin defección posible, hasta que Él vuelva a juzgar al mundo.

Las fuerzas del infierno han atacado a esta Iglesia, en todas las épocas y cada vez con mayor ferocidad y jamás han podido ni podrán destruirla. Y esto no porque sea una empresa humana muy bien organizada y mucho menos por pura casualidad. La Iglesia fundada por Cristo, cuyo Vicario en la Tierra es el Papa de Roma, jamás ha sido vencida ni podrá serlo, a pesar de que los hombres que la formamos somos tan débiles como cualquiera, porque su fuerza está puesta en una promesa divina.

¿Por qué deberíamos rezar por el Papa, si es Cristo quien se juega por él? De tal modo que si el Papa defeccionara en la fe, como tantos lo han temido a lo largo de su historia, deberíamos decir que Cristo falló a su promesa y, por lo tanto, no es Dios.

Los enemigos, de dentro y de fuera, le pegan duro al Papa, porque es quien confirma la divinidad de Cristo, como testimonio constante. Pero como el Papa es un simple hombre, con un gran peso sobre sus hombros, justo es que recemos por él, para que cumpla su misión con la debida santidad.

viernes, 20 de junio de 2014

Un amor que no falla

Si algo esperamos del amor es que no nos falle, que no se acabe, que jamás nos traicione. Queremos alcanzar el amor y que nunca se agote.

Queremos amar y ser amados. ¡Es nuestra naturaleza! El sentido último de nuestra existencia es poder sentirnos colmados de amor. “En amar está todo el contento de amar” dijo uno que sabía mucho de amor. Es clarísimo, sólo el amor llena el ansia de nuestro corazón y, una vez colmado, nada más nos hace falta.

Pero, aunque tenemos esta ansia de amor, siempre despierta, sabemos que los amores que podemos encontrar son, como nosotros mismos, finitos, limitados. Se nos pueden acabar y de hecho se nos acaban. Y por mucho que nos dure un amor, tarde o temprano se enfrenta a la muerte.

¿Es que no hay amor que colme nuestro deseo de amar, de modo pleno y sin fin? ¿Será que nuestra naturaleza está frustrada en su intento más esencial?

Alguien ha dicho que “el amor es más fuerte que la muerte”, que no pueden anegarlo ni todas las aguas que existen, que trasciende todas las cosas, en todas está, que todo lo colma y todo existe únicamente por el amor. Alguien ha dicho que el amor existe y que puede ser alcanzado por el hombre sediento de amar.

Decirlo es fácil. Cualquiera puede escribir palabras bonitas sobre el amor, dejado llevar de sus ansias legítimas.

Pero una cosa es decirlo y otra es hacerlo realidad.

Sólo podría hacerlo realidad quien poseyera el amor en toda su plenitud, quien fuera su mismo autor infalible, capaz de compartirlo con quien quiera y sin que se le acabe jamás.

Para que el amor que desea mi corazón pudiera existir, ese amor debería ser Dios, ni más ni menos. Menos amor sería siempre demasiado débil. Si el amor no fuera Dios, no me sería suficiente. El amor de las creaturas es como las mismas creaturas, limitado, corruptible. No alcanza a colmar ningún corazón, al menos no por mucho tiempo.

Pero es cierto que el amor es Dios, porque Dios es amor. No sólo lo ha dicho, sino que lo ha probado. Y del modo más increíble. Del modo más exigente y permanentemente.

No sólo se ha dado por entero a la creatura amada, hasta dar la misma vida, sino que permanece sin cesar en esta entrega, a la espera silenciosa de hallar nuestra reciprocidad. Para que el amor sea pleno para nosotros, tanto como es pleno en Él.

Este misterio de amor alcanzable, se esconde para ser encontrado en cada Sagrario, se ofrece para ser recibido en cada Misa. Es el milagro más repetido y menos considerado.

¡Qué terrible es que teniendo todos tanta sed del amor, el Amor sea tan poco amado! Sin embargo, Él sigue esperando…

sábado, 14 de junio de 2014

Hay mucha gente buena

Parece que no quedaran muchos buenos. Parece, a veces, que no quedara ni uno solo. Y no me refiero a los candidatos para lejanas elecciones, porque no es  tema para este año.

Me refiero a la gente en general, sin excluir a nadie. Sin dejar fuera ninguna categoría, incluyendo a los políticos y hasta los mismos curas… En todas las categorías de personas, hay mucha gente buena.

Estoy convencido de esto, porque a diario lo veo y porque, aunque no lo viera, resulta evidente por el mismo hecho de que este mundo aún existe.

Imagínense que los malos fueran tantos y de tan generalizada forma que lo dominaran todo, como nos lo muestran habitualmente los medios y las charlas de café. Todo estaría en sus manos y, por lo mismo, todo estaría destruido.

Si fueran tantos como dicen, por ejemplo, los partidarios del aborto y de la eutanasia, ya nadie nacería vivo y no quedaría ni un viejo. Es cierto que las tasas de natalidad han caído mucho en varias regiones del mundo y que las prácticas eutanásicas se multiplican, casi en los mismos lugares. Pero todavía son muchos los que nacen y los viejos que sobreviven, porque hay mucha gente buena que ama la vida y la respeta.

Si fueran tantos, como te hacen creer, los que, despreciando la naturaleza de la sexualidad humana, pasan la vida sometidos a sus gustos y a la búsqueda de satisfacciones egoístas, de cualquier orden que sea, ya no habría maternidades ni escuelas. Al egoísmo hedonista de la lujuria, en cualquiera de sus formas, le molestan los hijos, aunque después anden queriendo adoptarlos. Les parece que mostrándolo como algo generalizado, como si fuera un derecho el hacer todo al revés del designio del Creador, podrán convencerse y convencer a todos de que está bien lo que hacen. No es verdad que sean tantos, no es verdad que tengan derecho a ser de ese modo, y no es verdad, ni lo será jamás, que esté bien lo que hacen. Es cierto que envenenan a la sociedad, pero no todos caen en sus redes. Incluso, a diario los veo, muchos que llegan a caer, luego, asqueados de todo eso, que no puede satisfacer jamás el ansia del corazón humano, vuelven, heridos pero arrepentidos y dispuestos a vivir de otra manera y ser verdaderamente felices.

La gente no es tonta, como ellos nos hacen creer y son muchos más los que tratan de vivir bien y transmitirlo a sus hijos y conocidos. Es cierto que muchos tienen miedo a manifestar el bien que poseen y por el que viven, porque piensan que son los “únicos raros” que quieren vivir conforme a la naturaleza y en obediencia al Creador.

Gente buena: ¡anímense a mostrarse! ¡No les teman a los corruptos, ellos no heredaran la vida!

viernes, 6 de junio de 2014

Lo importante y lo que me importa

Tantas veces se da que, lo que de veras me importa y por lo que me muevo en la vida, no es ni por lejos algo verdaderamente importante.

Nada debería importarme más que lo verdaderamente importante, lo objetivamente importante, lo indiscutiblemente importante. Sin embargo, tantas veces me descubro perdiendo la paciencia y aún la paz interior, por ocupar todo mi corazón en cosas banales, pasajeras, casi sin importancia. Es que, como suelen ser cosas que me atraen o molestan en lo inmediato, me quedo ante ellas como las liebres ante las luces de los autos. Y, peor que a las liebres, la vida me atropella, una y otra vez.

¡Ah, si las liebres no fueran tan zonzas de salir al camino de las cosas pasajeras, las que encandilan y atropellan sin piedad, y pasan luego de largo, dejándonos vacíos! Si en cambio, como liebres astutas, camináramos por las sendas que nos resultan más convenientes, sin arriesgar inútilmente la vida del alma, cuánto aprovecharíamos, y de cuántas heridas nos veríamos libres.

Lo importante no puede ser, jamás, aquello que nos trae un contento pasajero y luego nos abandona, apaleados, a la orilla del camino de la vida, sin rumbo ni destino.

Lo importante, en nuestras vidas, ha de ser, más bien, aquello que pueda darnos una paz estable y duradera. Una paz que no pueda ser vencida por las dificultades de lo cotidiano, antes bien, que sea una fortaleza interior que nos alcance para vencer tales dificultades, imponiéndonos a ellas.

Por ejemplo el honesto amor humano que hace de un varón y una mujer, por el sagrado consorcio del matrimonio, un nuevo y único ser, indisoluble y llamado por la misma naturaleza a constituir la base de una familia y de la sociedad humana misma, es algo muy importante, objetiva e indiscutiblemente importante. No puede anteponerse a este bien importante, ningún egoísmo, ningún “proyecto personal”, ningún “otro amor”, por verdadero y consolador que parezca.

El Bien Común de la sociedad, que se juega en los actos u omisiones de todos y cada uno de los individuos, pero de manera principal en los actos u omisiones de quienes tienen el sagrado deber de gobernar, es un bien importantísimo que no debe ser descuidado por conseguir bienes individuales, ni lícitos ni, mucho menos, ilícitos. La corrupción en el manejo de los fondos públicos debería ser castigada con la misma pena que el homicidio. Aún más debería ser equiparada, tal como están las cosas, con el genocidio.

Son sólo dos ejemplos. Hay muchos más. Lo justo sería que cada uno de nosotros, hagamos nuestro examen de prioridades. ¿Qué estoy anteponiendo, en mi vida y obligaciones, a lo que es verdaderamente importante? Y, en consecuencia, que procuremos cambiar lo que se deba cambiar, ya mismo.

“La pelota está en nuestra cancha”, juguémosla bien.