viernes, 21 de noviembre de 2014

Cómo matar la esperanza

La semana pasada escribía sobre los buenos pibes, los que nos llenan de esperanza. Es claro que no ignoro que hay otros, otra clase de pibes. Esos que se van haciendo grandes en medio del vicio y la promiscuidad.

Mientras unos consiguen la oportunidad del esfuerzo y con ello conquistan la virtud, otros, en cambio, no reciben de los mayores otra cosa que mal.

Vi por la calle a una madre golpeando e insultando a su pequeño hijo, vi la mirada transida de dolor y angustia del pequeñito. Nada pudieron lograr unos policías que se acercaron. La mujer tenía “contactos”. ¿Qué será de ese niño? Alguien que miraba, dijo: seguro terminará siendo un delincuente. No lo sé, tal vez encuentre quien pueda darle la ayuda que allí no pudimos los que lo veíamos sufrir. Tal vez acepte esa ayuda y supere su trauma. Tal vez su madre se arrepienta y lo salve. Tal vez, como tantos otros, llegue a ser un santo. O tal vez tenga razón quien habló entonces y vaya por el camino del mal y el resentimiento, hacia su propia perdición.

Veo padres que dan a sus hijos ejemplo de amor y sacrificio, pero también veo a muchos desertores de su rol de padres, permisivos ante la pereza, faltos de verdadero amor, llevando a sus hijos por el camino del odio.

Ningún mafioso del mundo lograría tantos seguidores de sus crímenes como logran los que encuentran a los hijos de malos padres, a los hijos acostumbrados a que se les dé todo lo que piden, con sólo unos chillidos, porque a sus padres les molesta y los dejan hacer. Niños caprichosos, a los que llaman: “pobrecito, hay que darle el gusto para que no sufra”. Los van haciendo egoístas, egocéntricos. Luego cualquiera los hará delincuentes, porque el que no aprende a sufrir, a conseguir las cosas con esfuerzo, luego las buscará por el camino del facilismo y la delincuencia.

¡Cuántas lágrimas tardías de viejos padres, que no supieron imponerse a los caprichos para educar de verdad a sus hijos!

Es cierto que aún en las mejores familias hay hijos malos. Todos somos libres y por mucho bien que se reciba, siempre es posible que se elija el mal. Pero es mucho más difícil sacar un mal tipo de un hijo bien educado, y es muy fácil hacer un delincuente de un hijo mal educado.

La familia, la familia de verdad, la que cuesta hacer y mantener, pero que es como Dios lo quiso, es el mayor seguro de la esperanza. Las familias desquiciadas, con mucha frecuencia engendran monstruos egoístas, y matan la esperanza en aquellos que recién se abren a la vida.

Para matar la esperanza basta con dejar hacer, con no poner límites, con hacerse cómplice, con desertar del ejercicio de la autoridad.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Hay buenos pibes

Hoy en día hay tanto pibe malo, que parece que ya no quedaran pibes buenos. Pero sí que los hay. ¡Hay pibes buenos! Y no son pibes raros, ¡son buenos, sencillamente buenos!. Tampoco es que sean perfectos, pero quieren serlo, tratan de serlo aunque se equivoquen. Y se equivocan, pero saben que se puede volver de cada error, porque todavía hay quienes les dan buen ejemplo. En general se trata de pibes a quienes alguien les puso a la vista que para ser bueno, no hay que empezar por ser perfectos, sino que hay que llegar a ser perfectos, paso a paso, volviendo de cada error y sabiendo que Dios te ve también cuando te portás mal, pero no te liquida, te ama, te ama siempre y te espera.

Dios les dice al corazón: “no te equivoques como los facilistas, Dios no te quiere malo, te quiere bueno, pero sabe esperarte”. Los que comprenden esta misericordia divina, se animan a ser buenos, a intentarlo cada vez. Y cuando ven los buenos ejemplos de los que lo lograron antes, se entusiasman aún más.

He visto el rostro impresionado y emocionado de muchos jóvenes ante un buen ejemplo de amor verdadero. Tal vez un amor que no han visto en sus propias familias, pero que de pronto descubren en un matrimonio que se ama de verdad, en alguien que generosamente se entrega a Dios con toda el alma. Lo ven en sus miradas, en sus gestos, y se emocionan, porque lo ven posible. ¡Cuánto bien hacen a los jóvenes, los viejos matrimonios que se aman bien a la vista de todos! ¡Cuánto bien contagian a los jóvenes, los consagrados que viven con alegría su entrega a Dios!

Tal vez alguno piensa que estoy exagerando, que no hay tanto bien en el mundo. Si miro los diarios, no se ve esto. Si camino las calles, no se ve esto. Si miro con la mirada de Dios, con la paciencia de Dios, con el amor crucificado, sí que se encuentra. Y esa es una mirada más cierta, más confiable.

Muchas veces damos a los jóvenes oportunidades que para nada les sirven. Les damos oportunidad para ser flojos, para pasarla bien sin esfuerzo. Les damos permiso para falsear el amor, llamando tal a lo que sólo es deseo egoísta. Lo hacemos en las bromas que festejamos, en los programas que vemos, en los modelos que ensalzamos.

Personalmente soy testigo del éxito que tiene el exigir la virtud, no por la fuerza de la violencia, sino por la fuerza del ejemplo, del testimonio, de las razones explicadas con caridad y paciencia. Invito a todos a buscar lo mejor de los jóvenes, con exigencia, con cariño no-cómplice, con perseverancia, con confianza en que eso es lo que quiere el Dios que todo lo puede.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Benditos los peregrinos


En 1299, Europa se deshacía por la peste y la guerra, y en la Navidad de aquel año, Roma se vio, de golpe y sin previo aviso, llena de una multitud de peregrinos que buscaban purificarse de sus vicios y pecados, pues habían comprendido que los males que azotaban a Europa provenían de sus mismos pecados y sólo podían curarse por medio de la penitencia y la conversión. El Papa de entonces, Bonifacio VIII, convocó para el 1300 el primer Jubileo cristiano de la historia. Desde aquel año, en diferentes momentos, más o menos cada 25 años, los Papas nos invitan a peregrinar, a hacer penitencia y a convertir los corazones. Las peregrinaciones son parte de la vida cristiana, que concibe el vivir, como un caminar hacia la Casa del Padre

Peregrinar es caminar hacia un lugar distante y distinto. Porque es distante me esfuerzo, porque es distinto me animo y entusiasmo. Puedo ir lejos a buscar trabajo, puedo huir de la guerra o de las responsabilidades, puedo viajar para tomar vacaciones. Hay muchos modos de peregrinar, pero el más importante es el peregrinar hacia el lugar “santo”. A los jóvenes les gusta la aventura de la peregrinación, probarse en el esfuerzo del camino. A los viejos les cuesta caminar pero saben que necesitan limpiarse por el sacrificio de la marcha. A todos nos conviene peregrinar. Al hacerlo nos acordamos que vamos andando en la vida, que no fuimos hechos para “quedarnos”, sino para avanzar y llegar a la casa del Padre Bueno que nos espera.

¡Ánimo los jóvenes (y los no tan jóvenes) que peregrinan al Santuario de la Virgen del Valle Grande cada año! Ojalá aprovechen la aventura y conviertan el corazón. Ojalá valoren el esfuerzo y se enamoren de lo arduo, de lo grande, de lo noble. Todos avanzamos en la vida, pero sólo algunos deciden hacia dónde, son aquellos que caminan en la paz y la justicia hacia Dios.

Frente a tanta “peste” de egoísmos y corrupciones, frente a la “guerra” absurda de la inseguridad instalada, del “tomo lo que quiero”, del “mato porque puedo”, de tanta sinrazón. Frente a la disolución galopante de la institución fundamental de toda sociedad, como es la familia “tal cual Dios la diseñó”. Frente a la cultura de la muerte que se rasga las vestiduras ante algunas muertes, mientras procura legalizar el genocidio del aborto. Frente a todos estos males, nos convendría pensar como aquellos europeos del 1299 y comenzar un arduo peregrinar de vuelta a la Voluntad de Dios.

Hoy, muchos caminan hacia su propio exterminio, dejados llevar de sus caprichos, vicios y pecados. Hoy, como ayer y siempre, podemos mostrar, con nuestro peregrinar a los lugares santos, que es todavía posible la conversión para la vida y la felicidad verdaderas.

¡Ánimo, peregrinos! ¡Nos espera el Padre Bueno!

domingo, 2 de noviembre de 2014

Los invisibles

Por los medios de comunicación, se puede visibilizar una buena parte de nuestra sociedad. Se presentan a diario los que prometen, los que no cumplen, los que dañan, los que roban, los que mienten. También alguno que otro que lo hace bien y por eso, con toda justicia, lo premian. Pero de esto muy poco.

Son noticia los que manejan mal y hacen mucho daño con sus vehículos, porque los conducen como armas mortales.

Son noticia los famosos, por el arte, el deporte o por los escándalos que desatan, casi como si todo fuera lo mismo.

Protagonistas de nuestro día a día, parecen ser más los que desordenan la sociedad que los que la construyen con esfuerzo, ladrillo por ladrillo.

Sólo unos pocos se visualizan en las portadas de la prensa, pero somos muchos más los argentinos que compartimos este espacio de historia y geografía, nuestra “Patria”.

¿Qué hay de los invisibles? Los que figuran en los censos de población y no se ven en los medios. ¿Dónde están? ¿Qué están haciendo cada día?

Tanto mostrar “modelos” de mentira y criminalidad, muchos de esos invisibles están tratando de vivir sus vidas como ven que lo hacen los protagonistas de la prensa. Desean el éxito y la fama, lo cual no tiene nada de malo, pero lo hacen por caminos equivocados. Siguen modelos efímeros, aunque como tienen pocos recursos y muchas trabas,  se angustian al no llegar.

No son los únicos, ni los más numerosos. Hay mucha gente en la pavada. Y hasta parece que cada día hay más. Pero no son la mayoría.

La mayoría labura cada día. La mayoría tiene una familia y la lleva lo mejor que le sale. La mayoría desea el verdadero amor y lucha por conquistarlo, cada día. La mayoría sufre cuando se equivoca e intenta reparar los errores. La mayoría se escandaliza de los escándalos y espera soluciones y vida en paz. Esta mayoría es invisible para los registros diarios de la fama. Pero es la porción de la sociedad que hace posible, cada día, su existencia.

La mayoría tiene fe, aunque lo exprese de muy diferentes formas. La mayoría espera de Dios lo que ya no puede esperar de los hombres, y hace bien, porque sólo en Dios hay que poner la confianza.

Tal vez piensen que soy demasiado optimista al decir esto. No es que ignore que nos falta mucho para ser lo que deberíamos ser. Pero en cada niño que crece, en cada joven que pasa, aun en los que parecen ya perdidos por las adicciones y los vicios que les venden los corruptos, se puede visualizar la esperanza. Porque a los pibes, cuando tienen alguna posibilidad, por pequeña que sea, les brillan los ojitos y se les despiertan las ganas de ser felices de verdad. Y muchos lo logran, aun ahora, aunque sigan pareciendo invisibles.