Simples y profundas palabras, “sólo sé lo que
recuerdo”. Si bien habrá algún superdotado que pueda, para el común de los
mortales no es posible recordar todas las cosas que se han vivido. Nuestra
memoria actúa selectivamente. Guardamos algunos recuerdos y otros los
desechamos. Por muy variadas razones; puede ser por miedo, por no repetir dolores
profundos, porque algunas cosas nos dan vergüenza o porque son simplemente
inútiles para nuestra vida.
Tratamos de atesorar sólo los mejores recuerdos y
buscamos darnos tiempo para revivirlos. Lo hacemos a veces en el silencio y la
soledad y otras veces, en la conversación con amigos que puedan valorarlos
tanto como nosotros.
Es común oír de las perdonas mayores contar casi
siempre las mismas anécdotas. Cierto que a veces es por alguna disfunción
neurológica, pero en general es porque con el tiempo, cada vez son menos las
cosas que se recuerdan como verdaderamente valiosas.
Los buenos recuerdos nos hacen bien. Al recordarlos
los revivimos y nos enriquecen más y más, porque con el tiempo y la experiencia
podemos llegar a valorarlos más y con más detalle.
Los malos recuerdos también son necesarios para formar
la prudencia, para no caer otra vez en el mismo pozo. Pero esconden un peligro
gravísimo del que debemos estar muy alertas; y es que pueden envenenar el
corazón por el rencor y el ansia de venganza. Son el origen de todas las
guerras. Hay que guardarlos para aprender, pero desechar el odio que nos pueden
provocar, de lo contrario el mal que nos hicieron se vuelve contra nosotros y
nos hace infelices.
Debemos recordar el bien para ser más buenos. El bien
que nosotros mismos vivimos y también el que otros vivieron para nosotros.
Recordar y revivir el bien realizado o recibido, nos
ayuda a valorarlo más y a realizar mayores bienes en nuestra vida. Cura
nuestras miserias, sana nuestro corazón, nos ayuda a amar con mayor intensidad
y con mucho más fruto.
Estamos a las puertas del recuerdo anual del mayor
bien que podamos concebir, el que se nos ha dado sin haberlo merecido. Es
necesario darle todo el tiempo posible a este recuerdo, ponerle la mayor
atención y grabarlo a fuego. es el recuerdo del mayor amor con que hemos sido y
somos amados por el mismo Amor encarnado. Es la Semana Santa. Es sólo una vez
por año. No la desperdiciemos. Revivámosla en soledad y con los hermanos.