viernes, 19 de diciembre de 2014

La Paz y las guerras

Veinte siglos atrás, cuando llegó a nuestra tierra el Rey de Paz, el mundo tenía guerras por todos lados. Veinte siglos después, cuando nos acercamos a una nueva recordación de su primera venida, el mundo sigue con guerras.

¿Será que en estos veinte siglos, Cristo no ha podido establecer su Reino de Paz? Ha realizado la Redención y mostrado fehacientemente su triunfo de Resurrección, con testigos fidedignos. Dijo con toda claridad, y los que lo escucharon de sus labios lo registraron por escrito, que su Reino ya estaba entre nosotros, su Reino de Paz, en medio de las guerras del mundo.

¿Cómo es posible? Ha establecido su Reino de Paz y los hombres siguen en guerra. ¿No podría Dios forzarnos a vivir en paz? Podría, ciertamente, si nos quitara la libertad, pero entonces ya no podríamos elegir y por lo tanto no podríamos amar. Por otro lado, solo el amor es capaz de establecer la paz. Todo lo demás se ha probado una y mil veces y no ha podido evitar el odio y las guerras. La prepotencia por lograr la paz universal, se ha disfrazado incluso de religión, fracasando siempre en su intento de paz forzada. Los integrismos y fundamentalismos, incluso de cristianos, aún hoy persisten en la idea de procurar la paz, por la imposición de sus reglas, sin lograrlo. Más bien han agregado odio sobre odio.

¿Es que no existe el reino de Paz que Cristo aseguró haber establecido y que llevaría a plenitud en la eternidad de los justos? Sí que existe y son muchos los que viven en él.

La Ciudad de Dios, el Reino de Paz, cuyos moradores abundan en paz y amor, coexiste con la Ciudad de los hombres, con la ciudad del odio. Ahora crecen juntos el trigo y la cizaña, y será así hasta que llegue el Día grande de la Justicia final y permanente.

En esta Ciudad de Dios, verdaderamente presente en medio del mundo, viven los que aman de verdad. Sus ciudadanos han elegido amar a Dios, incluso hasta despreciar todo lo demás y hasta a sí mismos. “Despreciar” es quitar precio y, en cristiano, es más bien poner a cada cosa su precio justo. Priorizar el Amor, a los amores.

No se pierde ningún amor verdadero en esta priorización, al contrario, se ganan más de los imaginables. Lo único que se pierde y bien perdido está, son los falsos amores, los que engañan y dañan, los pasajeros, los engendrados en el egoísmo.

En veinte siglos, si bien hubo falsos seguidores del Rey de Paz, ha habido y aún hay, una “multitud imposible de contar” de santos. Su permanencia en la Ciudad de Dios, será siempre ardua pero gozosa.

En esta nueva Navidad, muchos más serán invitados a entrar… la puerta está abierta. ¡Feliz Navidad!

domingo, 14 de diciembre de 2014

¡Que se acabe el año!

Este es el más repetido deseo que se escucha pedir, por todos lados. Grandes y chicos, trabajadores y jubilados, todos (menos los vagos…, ya que a ellos no les importa ni el comienzo ni el fin de nada), todos esperan que se acabe el año, que se acabe el trabajo, el estudio, el trajín diario, las angustias de la política y la economía, etc.

Pero, ¿acaso con el fin de este año no vendrá, Dios mediante, el comienzo de otro nuevo? Sí, es lo más probable.

Algunos esperan las “fiestas”, así en general, la oportunidad de celebrar, de festejar, recibir regalos. No les importa si hay un Papá Noel o no. Ya son grandes y no se la creen, sólo esperan la fiesta y el regalo.

En los últimos años, se ha visto aumentar la oferta comercial de los “Pesebres”, junto a los arbolitos (los de las lucecitas de colores, y también los de moneda extranjera) y demás adornos navideños.

Creo que las múltiples campañas de información, han dejado menos ignorantes acerca del verdadero sentido de la Navidad. Son más los que han oído que la Navidad celebra el nacimiento de Jesús. Son menos los que ignoran que ese Jesús, al que suelen ver en la cruz, es el mismo Niño del pesebre.

La información se ha dado y ha llegado. No debemos dejar de anunciarlo, todavía más. No puede ser que lleguemos a la fiesta y muchos no sepan de qué se trata.

Es una fiesta para todos y todos deberíamos prepararnos muy bien para ella, ya que es una fiesta para nosotros. Dios se da a los hombres en la pequeñez de un niño envuelto en pañales. Todo Dios, el inmenso Dios que no puede ser abarcado por el universo entero. El creador se hace creatura, por amor a la creatura.

La noticia de la Navidad, la historia que celebraremos, los hechos pasados siempre presentes, nos aprovecharán tanto más, cuanto más los comprendamos. Como nos pasa con algún libro o película bien hechos, con profundo mensaje. Nos gusta releerlo, volver a ver la película, profundizar más en sus símbolos y en su mensaje. Así debemos tratar la Navidad.

Estamos en el tiempo previo, pero es muy cortito y pasa rápido, entre tanto cierre de año, de cosas, de preparativos, de otras noticias menos importantes, pero más llamativas.

Repasemos la Historia en casa, con los demás miembros de la familia. La tenemos en los evangelios, especialmente en la versión de San Lucas, que lo pone con más detalle.

Busquemos entender más y más el sentido del mensaje. Él ha venido ya y lo celebramos, pero va a volver y lo esperamos.

Se acaba un año y empezará otro, siempre, hasta que Él vuelva, entonces será el premio para quien haya entendido y vivido bien la Navidad.

Una fuente para calmar toda sed

La sed es una de las experiencias dolorosas más fuertes que siente el hombre. Sentir sed resulta más agobiante que sentir hambre. Nuestra masa corporal está formada por agua en más del 70 % y, cuando esa cantidad decrece mucho, la sed se vuelve un fuego ardiente y torturante.

Si un ser humano sufriera una profunda perdida de líquido por transpiración extrema, sumado a una gran pérdida de sangre, su sed sería terrible, mortal. Eso sintió Cristo en la cruz y, sin embargo, se negó a beber, pues su sed más intensa no era la ocasionada por la pérdida de fluidos corporales, sino por la amorosa necesidad de recuperar a su obra más preciada, nosotros. Dios tiene sed del hombre. Porque es el Bien, y el bien tiende, por naturaleza, a darse, y Dios eligió darse al hombre. Sin forzar su libertad, pero con una terrible sed de su creatura amada.

Por su parte, el hombre creado por Dios y para Dios, no encuentra en nada de lo creado, algo que sacie suficientemente sus ansias. Creado para unirse al Dios infinito, no puede calmar el ansia de su corazón en ningún otro amor, por grande y noble que sea. Aunque creado finito (esto es, con límites), está hecho para unirse al Infinito. Sólo el amor de Dios puede dar satisfacción a la sed de amor del hombre.

Dos sedientos. Y la fuente que los satisfacía, quebrada por la herida del pecado, seca de toda sequedad. Dos abismos que se buscan y no pueden encontrarse. El abismo del amor divino que solo puede darse al alma pura. El abismo de la miseria del hombre que, por su culpa, rechaza el amor divino, el único que puede llenarlo.

La iniciativa para curar este absurdo, sólo podía partir de Dios, pero debía contar con la creatura. Y Dios toma la iniciativa. Abre una fuente de la que podrán beber ambos. Una fuente capaz de restaurar lo que el pecado rompió, de unir lo que separó. En esa fuente, Dios va a encontrar la herramienta capaz de redimir a la humanidad. En ella, el Todopoderoso se hará pequeño como su creatura, para que la creatura pueda tener con qué pagar la deuda del pecado. Una fuente que debe ser límpida, para albergar el agua Viva que vivifica. Por eso adelanta a la Madre, los méritos del Hijo y la convierte en el Arca purísima de la Nueva y Eterna Alianza.

La fiesta de la Inmaculada Concepción, fiesta por demás popular, porque lo que se oculta a la soberbia de los poderosos, se revela suavemente a los sencillos de corazón, es la Fiesta en que celebramos el puente puesto por Dios.

Celebramos a María, por ser la Elegida, desde su concepción, para ser la fuente de la que bebemos la salvación.

martes, 2 de diciembre de 2014

¿Deshonestos o incapaces?

Le pregunté a un amigo, ¿vos crees que los legisladores (dicho en general y sin pretender condenar a las excepciones) son más deshonestos que incapaces? y me contestó: ¡en ese orden!. Me dejó pensando.

Uno ve tanta ineptitud para hacer las leyes que nos rigen, que se me ocurre pensar que muchos de los legisladores (esa mayoría que convierte los malos proyectos en leyes) tienen una absoluta incapacidad para la tarea. Votan cualquier cosa y no entienden sino las órdenes que da el partido. Eso es lo que parece, al menos.

Volviendo a la respuesta de mi amigo (“en ese orden”), hay que decir que la primera deshonestidad que se observa, no es ni más ni menos que la de asumir una tarea para la que no se tiene capacidad. Es una especie de “ignorancia culpable”, que debería ser penada por la ley, pero… ellos son los que hacen y modifican las leyes.

Se podría objetar que el trabajo del legislador es algo muy complejo, que no admite un juicio tan tajante en tan pocas líneas. Que las leyes que rigen a la sociedad deben ser abarcativas del conjunto social, más allá de que a algunos no les guste esto o aquello. Perdón, pero no es cuestión de gustos. Claramente lo dijo el que sabe: “por los frutos se conoce el árbol”. Y los frutos son muy malos.

La disciplina social está quebrada, se nota en la calle, en los accidentes, en la desidia colectiva y ni hablar de las aulas escolares, donde siempre se nivela hacia abajo, suicidando el futuro.

¿Dónde están las leyes que protejan y exalten la familia natural, como premio al que se esfuerza por alcanzar la virtud, el amor verdadero, lo óptimo? No hace falta condenar al que no lo logra, pero es imprescindible favorecer el bien y distinguirlo del mal, o se pudre todo el cajón.

¿Dónde están las leyes que favorezcan la cultura del trabajo, desde la niñez y adolescencia? Con flojos a los que se les facilite la flojera, no se edifica nada, solo se destruye más. No es que no haya que atender al que necesita ahora mismo, y no puede esperar soluciones de largo plazo. Pero las buenas leyes deberían premiar el esfuerzo, favorecer al que lo intenta y perseguir a los ladrones (a todos, pero sobre todo a los de “guante blanco”).

Me pregunto si de esta eterna y siempre renovada “campaña electoral”, al fin surgirá un candidato que empiece por hacerse cargo de los males realizados, que tenga la nobleza de pedir perdón sin andar echando la culpa a otros. Un candidato que tenga el coraje de decir que promoverá las leyes virtuosas y borrará los engendros que ha permitido la corrupción, con que se ha enriquecido la clase gobernante. ¿Aparecerá un valiente así? Dios lo quiera.