¿Será que en estos veinte siglos, Cristo no ha podido
establecer su Reino de Paz? Ha realizado la Redención y mostrado
fehacientemente su triunfo de Resurrección, con testigos fidedignos. Dijo con
toda claridad, y los que lo escucharon de sus labios lo registraron por
escrito, que su Reino ya estaba entre nosotros, su Reino de Paz, en medio de
las guerras del mundo.
¿Cómo es posible? Ha establecido su Reino de Paz y los
hombres siguen en guerra. ¿No podría Dios forzarnos a vivir en paz? Podría,
ciertamente, si nos quitara la libertad, pero entonces ya no podríamos elegir y
por lo tanto no podríamos amar. Por otro lado, solo el amor es capaz de
establecer la paz. Todo lo demás se ha probado una y mil veces y no ha podido
evitar el odio y las guerras. La prepotencia por lograr la paz universal, se ha
disfrazado incluso de religión, fracasando siempre en su intento de paz
forzada. Los integrismos y fundamentalismos, incluso de cristianos, aún hoy
persisten en la idea de procurar la paz, por la imposición de sus reglas, sin
lograrlo. Más bien han agregado odio sobre odio.
¿Es que no existe el reino de Paz que Cristo aseguró
haber establecido y que llevaría a plenitud en la eternidad de los justos? Sí
que existe y son muchos los que viven en él.
La Ciudad de Dios, el Reino de Paz, cuyos moradores
abundan en paz y amor, coexiste con la Ciudad de los hombres, con la ciudad del
odio. Ahora crecen juntos el trigo y la cizaña, y será así hasta que llegue el
Día grande de la Justicia final y permanente.
En esta Ciudad de Dios, verdaderamente presente en
medio del mundo, viven los que aman de verdad. Sus ciudadanos han elegido amar
a Dios, incluso hasta despreciar todo lo demás y hasta a sí mismos. “Despreciar”
es quitar precio y, en cristiano, es más bien poner a cada cosa su precio justo.
Priorizar el Amor, a los amores.
No se pierde ningún amor verdadero en esta
priorización, al contrario, se ganan más de los imaginables. Lo único que se
pierde y bien perdido está, son los falsos amores, los que engañan y dañan, los
pasajeros, los engendrados en el egoísmo.
En veinte siglos, si bien hubo falsos seguidores del
Rey de Paz, ha habido y aún hay, una “multitud imposible de contar” de santos.
Su permanencia en la Ciudad de Dios, será siempre ardua pero gozosa.
En esta nueva Navidad, muchos más serán invitados a
entrar… la puerta está abierta. ¡Feliz Navidad!