viernes, 14 de febrero de 2014

Amor a prueba

La capacidad de amar es, con toda seguridad, la principal y más distintiva cualidad humana. Lo que más y mejor nos distingue de todas las demás especies. Somos libres y por esto somos capaces de amar. Somos capaces del amor y para esto hemos sido hechos libres. Amor y libertad van juntos, como el efecto a su causa, como la meta respecto del camino para alcanzarla.

El espíritu del mundo, que es expresión del ángel caído y condenado, tiende a tergiversar las palabras más sagradas, a fin de empujar al hombre a seguir la desgraciada suerte del maligno. Así usa la palabra “amor” tan mal como usa la palabra “libertad”.

El mundo llama “libertad” a la capacidad de hacer lo que a cada uno le da la gana, cuando la libertad es la capacidad para elegir el bien, lo que supone que debe estar iluminada por la inteligencia, fortalecida por la voluntad y ajena a toda malicia.

Amar sería pues, elegir el bien verdadero y permanecer en él, con toda la fruición que esto supone y con todo el esfuerzo que implica vencer el propio egoísmo.

La sexualidad humana no es elección del libre albedrío, sino que nos viene impuesta por la naturaleza, o más bien, maravillosamente concebida por la providencia amante de nuestro Creador. Esta naturaleza originada en el Amor providente, nos ha querido dos mitades, siempre necesitadas de mutua ayuda y complemento.

Si no existiera el riesgo de mal usar la libertad, la misma libertad dejaría de existir. Por lo tanto hay que considerar la libertad como un bien principalísimo, pero no absoluto, sino siempre condicionado a los límites de la misma naturaleza y de las leyes que para ella estableció su divino Autor.

Lo primero que conduce a que el varón y la mujer establezcan la maravillosa alianza de amor, que los unirá y hará fecundos, será por cierto el conjunto de cosas, casi inexplicables, que los llevan a atraerse mutuamente. Pero si se quedaran sólo en el disfrute de esta primera atracción, jamás llegarían a probar el verdadero amor. Por eso el tiempo del noviazgo es de gran importancia. Es el amor “probándose”. No hay que olvidar que la carnalidad del amor humano no necesita entrenamiento previo. “Probar para estar seguro”, es simplemente rendirse al deseo egoísta, disfrazado de amor. Lo que no se ve ni se toca del amor, es lo que requiere entrenamiento, y para eso está el noviazgo. Demorar la satisfacción de lo sensible, no sólo es gran prueba de verdadero amor, sino buen entrenamiento para conocer la capacidad del don amoroso, que asegure el “para siempre” que la naturaleza exige.

San Juan nos ha revelado que “Dios es Amor”. No se olviden los enamorados de encontrarse seguido con Aquel que es el Amor, el único que asegura eternidad al amor humano.

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