El espíritu del mundo, que es expresión del ángel
caído y condenado, tiende a tergiversar las palabras más sagradas, a fin de
empujar al hombre a seguir la desgraciada suerte del maligno. Así usa la
palabra “amor” tan mal como usa la palabra “libertad”.
El mundo llama “libertad” a la capacidad de hacer lo
que a cada uno le da la gana, cuando la libertad es la capacidad para elegir el
bien, lo que supone que debe estar iluminada por la inteligencia, fortalecida
por la voluntad y ajena a toda malicia.
Amar sería pues, elegir el bien verdadero y permanecer
en él, con toda la fruición que esto supone y con todo el esfuerzo que implica
vencer el propio egoísmo.
La sexualidad humana no es elección del libre
albedrío, sino que nos viene impuesta por la naturaleza, o más bien,
maravillosamente concebida por la providencia amante de nuestro Creador. Esta
naturaleza originada en el Amor providente, nos ha querido dos mitades, siempre
necesitadas de mutua ayuda y complemento.
Si no existiera el riesgo de mal usar la libertad, la
misma libertad dejaría de existir. Por lo tanto hay que considerar la libertad
como un bien principalísimo, pero no absoluto, sino siempre condicionado a los
límites de la misma naturaleza y de las leyes que para ella estableció su
divino Autor.
Lo primero que conduce a que el varón y la mujer
establezcan la maravillosa alianza de amor, que los unirá y hará fecundos, será
por cierto el conjunto de cosas, casi inexplicables, que los llevan a atraerse
mutuamente. Pero si se quedaran sólo en el disfrute de esta primera atracción,
jamás llegarían a probar el verdadero amor. Por eso el tiempo del noviazgo es
de gran importancia. Es el amor “probándose”. No hay que olvidar que la
carnalidad del amor humano no necesita entrenamiento previo. “Probar para estar seguro”, es simplemente
rendirse al deseo egoísta, disfrazado de amor. Lo que no se ve ni se toca del
amor, es lo que requiere entrenamiento, y para eso está el noviazgo. Demorar la
satisfacción de lo sensible, no sólo es gran prueba de verdadero amor, sino
buen entrenamiento para conocer la capacidad del don amoroso, que asegure el
“para siempre” que la naturaleza exige.
San Juan nos ha revelado que “Dios es Amor”. No se
olviden los enamorados de encontrarse seguido con Aquel que es el Amor, el
único que asegura eternidad al amor humano.
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