No es fácil estar a solas con Dios. En primer lugar
hay que tener fe, pues a Dios no se lo ve, ni se lo aprende en los libros. La
pobre inteligencia humana, que ni siquiera se explica a sí misma, al menos de
modo completo y satisfactorio, menos podría abarcar al inabarcable y entender
la suma inteligencia. Sólo si Dios se manifestara, podríamos acertar a
conocerlo. Pero esto ha ocurrido ya, se llama la divina revelación, en parte
escrita en lo que llamamos las Sagradas Escrituras (Biblia) y en parte
transmitida en la comunidad jerárquicamente organizada y fundada por el mismo
Dios revelado. De todos modos es algo que no puede ser aceptado sólo porque se
comprenda. Requiere de un asentimiento especial, interno y espiritual, que no
surge de la misma inteligencia humana, sino que baja al hombre como un don, de
parte de la Inteligencia divina. También implica una respuesta de parte del
hombre, ya que la fe, establece un diálogo inteligente, entre dos inteligentes,
Dios (suma inteligencia) y el hombre (inteligencia racional, que compone y
divide para poder entender y que depende de los datos que recibe de los
sentidos corporales, por lo que puede tener múltiples deficiencias).
Si no tienes fe, pídela, que Dios no se la niega a
nadie, si lo pide con sinceridad de corazón. Si tienes fe, fíjate bien cómo
estás respondiéndole. Sería bueno quedarse, de vez en cuando, a solas con Él.
Para tratar de amor con Aquel a quien no podemos abarcar con la inteligencia,
pero si podemos amar y, amándolo, fundirnos en Él, en un solo amor.
Para hacer este ejercicio de “estarse a solas con Él”,
hay que considerar, lo primero, que es que estamos ante el que es “Todo”, siendo
nosotros “casi nada” y no una nada inocente, sino una “nada pecadora”.
La consideración de mi miseria ante la magnificencia
de Dios, para nada ha de espantarme, ya que su grandeza se pone de manifiesto
en su infinita misericordia por mí. Así, cuanto mayor sea mi miseria, mayor
será conmigo su Misericordia.
¡Con cuánta confianza puedo ir a encontrarme a solas
con Dios! Sólo los soberbios quedarán confundidos. Cuando sólo queremos ser
encontrados, vistos, admirados y nunca concebimos ir al encuentro, mostrarnos
con la humildad de la verdad; entonces sólo nos encontramos con nosotros
mismos, nos miramos al espejo de nuestras propias mentiras, como en el cuento
infantil, y nos vamos quedando solos y secos.
El que se humilla ante Dios, encuentra momentos para
estarse a solas con Él, y se dispone al cambio en función de vivir
concretamente la caridad; ese es el grande de verdad, el que posee y comparte
generoso, la grandeza de Dios. A “solas con Dios”, nos llenamos de Él, tanto,
que desbordamos a los demás y, socios del Salvador, damos salvación a los
hermanos.
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