sábado, 1 de febrero de 2014

A solas con Dios

(escrito desde el Retiro de la Comunidad Secular de la CCC, en el Monasterio del Rosario, Guaymallén, Mendoza)
 

No es fácil estar a solas con Dios. En primer lugar hay que tener fe, pues a Dios no se lo ve, ni se lo aprende en los libros. La pobre inteligencia humana, que ni siquiera se explica a sí misma, al menos de modo completo y satisfactorio, menos podría abarcar al inabarcable y entender la suma inteligencia. Sólo si Dios se manifestara, podríamos acertar a conocerlo. Pero esto ha ocurrido ya, se llama la divina revelación, en parte escrita en lo que llamamos las Sagradas Escrituras (Biblia) y en parte transmitida en la comunidad jerárquicamente organizada y fundada por el mismo Dios revelado. De todos modos es algo que no puede ser aceptado sólo porque se comprenda. Requiere de un asentimiento especial, interno y espiritual, que no surge de la misma inteligencia humana, sino que baja al hombre como un don, de parte de la Inteligencia divina. También implica una respuesta de parte del hombre, ya que la fe, establece un diálogo inteligente, entre dos inteligentes, Dios (suma inteligencia) y el hombre (inteligencia racional, que compone y divide para poder entender y que depende de los datos que recibe de los sentidos corporales, por lo que puede tener múltiples deficiencias).

Si no tienes fe, pídela, que Dios no se la niega a nadie, si lo pide con sinceridad de corazón. Si tienes fe, fíjate bien cómo estás respondiéndole. Sería bueno quedarse, de vez en cuando, a solas con Él. Para tratar de amor con Aquel a quien no podemos abarcar con la inteligencia, pero si podemos amar y, amándolo, fundirnos en Él, en un solo amor.

Para hacer este ejercicio de “estarse a solas con Él”, hay que considerar, lo primero, que es que estamos ante el que es “Todo”, siendo nosotros “casi nada” y no una nada inocente, sino una “nada pecadora”.

La consideración de mi miseria ante la magnificencia de Dios, para nada ha de espantarme, ya que su grandeza se pone de manifiesto en su infinita misericordia por mí. Así, cuanto mayor sea mi miseria, mayor será conmigo su Misericordia.

¡Con cuánta confianza puedo ir a encontrarme a solas con Dios! Sólo los soberbios quedarán confundidos. Cuando sólo queremos ser encontrados, vistos, admirados y nunca concebimos ir al encuentro, mostrarnos con la humildad de la verdad; entonces sólo nos encontramos con nosotros mismos, nos miramos al espejo de nuestras propias mentiras, como en el cuento infantil, y nos vamos quedando solos y secos.

El que se humilla ante Dios, encuentra momentos para estarse a solas con Él, y se dispone al cambio en función de vivir concretamente la caridad; ese es el grande de verdad, el que posee y comparte generoso, la grandeza de Dios. A “solas con Dios”, nos llenamos de Él, tanto, que desbordamos a los demás y, socios del Salvador, damos salvación a los hermanos.

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