Es cierto que no basta tener un gran vocabulario, sino
también comprenderlo y usarlo para el bien. Conozco personas que poseen un
riquísimo vocabulario que, con gran soberbia, usan para confundir a otros y
hacerlos seguir falsas doctrinas. Con esa especie de tratados de la palabra
excesivamente trabajada, consiguen grandes frutos, ya sea en dinero, poder o
simplemente fama y aplauso. Todos bienes efímeros que suelen terminar siendo
muy dañinos.
Si no se conocen palabras en abundancia, conociendo,
al mismo tiempo, el significado de ellas, de modo de aprender a usarlas para la
argumentación, no se podrá lograr el conocimiento.
No es lo mismo “simiente” que “siguiente”, pero suenan
parecido y al leer, no son pocos los que leen una u otra sin detenerse a pensar
si es eso lo que se ha querido decir. Por lo tanto, al leer, no han entendido
en absoluto lo que leyeron; menos aún lo entendieron los que sólo escucharon la
lectura.
Los signos de puntuación, como las comas, los puntos
seguidos o los finales, tienen un sentido en la comprensión de lo que está
escrito. Si no los respeto, cambio el sentido y me puedo equivocar muy feo. Una
vez, en una Misa, un lector leyó: “¡Sí, Cristo no resucitó, vana es nuestra fe!”,
pero San Pablo dijo: “si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe”. (Por favor lea las dos versiones de nuevo,
bien despacio y trate de entender en dónde está el error. Si no lo comprende,
pregunte a alguien que sepa leer con buena pronunciación). La primera
forma, equivocando las comas y los acentos, concluye lo que afirmaría un ateo.
Bien leída, es una llamada de atención a los cristianos con poca instrucción
sobre lo importante de la fe.
Libros, buenos libros, muchos buenos libros, bien
leídos, para salvar la inteligencia humana. ¡Urgente!