viernes, 8 de mayo de 2015

La Gran Misionera

Cuando esta Patria nuestra comenzaba a tener una propia existencia en el concierto de las naciones, Ella ya estaba entre nosotros y nosotros nos vestimos de Ella desde que nacimos. Quiso quedarse cuando todavía no éramos, para darnos el ser debido, el que no debemos olvidar y mucho menos renunciar.

Tal como nos lo refiere la documentación segura, a los pies de la pequeña imagen de la Pura y Limpia Concepción del Luján (tal el primer nombre que tuvo nuestra Virgencita gaucha), el recientemente nombrado General Don Manuel Belgrano, pidiendo la protección de la Madre de Dios y nuestra, le prometió vestir con sus colores al ejército que comandaría. Así lo hizo y, con el tiempo, la insignia de aquel primer ejército patrio se convirtió en la Bandera Nacional.

Para que la bandera fuera totalmente mariana y por lo mismo cristiana, le faltaba en el seno una figura del Verbo eterno encarnado en María. Y esto lo realizó, sin saberlo ni pretenderlo, el General Bartolomé Mitre. Dicen que quiso distinguir nuestra bandera de los colores de la casa de Borbón, o bien que tuvo alguna otra causa no tan clara, lo cierto es que le puso en el medio un sol rampante. Y resulta que Cristo es el verdadero “sol de justicia” y como la bandera fue tomada del manto de María de Luján, poner el sol en su centro no hace sino representar, mejor aún, el Misterio escondido desde los siglos y manifestado en el Hijo de Dios, hecho carne en las purísimas entrañas de la que Él mismo se eligió y preparó para tal misión.

La Virgen Madre, en su título de Ntra. Sra. de Luján es proclamada como Patrona de la República Argentina, la misma República que juró su primera constitución de organización nacional, invocando el auxilio de Dios, fuente de toda razón y justicia. Y juraron por Dios, ya que de nada vale un juramento por uno mismo o las cosas inferiores, se jura por lo superior, por eso los padres fundadores lo hicieron a la sombra del crucificado y bajo el manto de María.

El amor de la Santísima Virgen, en Luján como en tantos otros lugares de esta bendita tierra argentina, ha forjado un espíritu de fe, sencilla y profunda, que nuestro pueblo manifiesta siempre y a pesar de la prédica disolvente de tantos poderosos. La simiente que plantó María santísima en nuestra tierra patria, es el mismo Hijo que de ella hemos recibido por designio divino.

Desde Luján y desde tantos otros santuarios de su presencia misionera, Ella nos dice lo que en Caná de Galilea, cuando la primera manifestación del Mesías: “Hagan todo lo que Él les diga”. ¡Una sola frase! Y ¡qué profundidad! Buscamos fórmulas salvadoras de la Patria y Ella nos responde: ¡argentinos, hagan todo lo que les manda mi Hijo!

domingo, 3 de mayo de 2015

Que mande el prudente

Cuentan como verdadera una anécdota de la vida de Santo Tomás de Aquino, máximo doctor de la Iglesia, que habría ocurrido al tener que elegir un nuevo superior para un convento. Algunos frailes le fueron a proponer a fray Tomás que les dijera cual de tres candidatos, se debería elegir para el cargo. Proponían uno muy santo, otro muy docto en todas las ciencias filosóficas y teológicas (que son las ciencias de las esencias) y por último uno que era muy buen administrador, pero nada más. Cuando todos pensaban que el famoso fraile sabio se quedaría con alguno de los dos primeros candidatos, este dijo sin dudar “que el prudente nos gobierne y que el sabio lo asesore”. Los otros dijeron “¿y el santo?”, a lo que Santo Tomás respondió: “ese que rece por nosotros”. No sé si la anécdota es verdadera en todas sus instancias, pero sí sé que concuerda con las enseñanzas del Doctor Angélico, que así es como entendía el gobierno de la cosa política, usando este concepto en su sentido más amplio.

El que había dado razones para tenerlo por buen administrador, resultaba ser el más prudente para el gobierno, ya que gobernar es administrar los bienes de todos para que sirvan al bien de cada uno. Se trata de administrar el Bien Común de la sociedad, para asegurar el bienestar de todos y cada uno de los individuos.

Pero al que le toca el hacer práctico, le conviene el consejo del que es capaz de la abstracción, es decir, del que sabe “ver” las esencias de lo mutable, descubriendo lo verdaderamente importante, separándolo de lo meramente accidental.

El sabio debe ser el consejero del hombre práctico y así se completa el obrar prudente que es la regla del político, o debiera ser, si se quiere gobernar bien.

Es la razón valedera por la que los presupuestos de los estados incluyen dinero para el sueldo de asesores.

Pero y ¿qué hay del santo?, es decir del hombre religioso, del que se dedica a hablar a Dios de los hombres y a los hombres de Dios. Pues bien, que eso es lo que debe hacer y hacerlo bien. Esto no significa que no deba ser oído su consejo, ya que quien gobierna debe ser capaz de oír a todos y sobre todo a los mejores, para no equivocarse. Hoy hay unos cuantos curas metidos a políticos. Yo me pregunto, ¿cuándo se equivocaron? ¿Ahora, cuando dejaron el ministerio sagrado para dedicarse al gobierno político, o antes, cuando dejaron el mundo para dedicarse a Dios?

¿Buscan los gobernantes ser buenos administradores de lo que es de todos? Saberlo, lo saben, todos son políticos desde hace rato. ¿Tienen a sabios por asesores? ¿Se confían a la oración de los santos? ¡Ojo!, este año hay que exigírselos…