Nos duele la inseguridad creciente y casi no reconocemos
sus causas. Nos duele ver a los jóvenes atrapados por las adicciones, pero como si
fuera ajeno a nuestra responsabilidad. Nos duele que la sociedad, de esta
Patria rica y generosa, esté siempre disconforme, quejosa, insatisfecha. Nos
duele que algunos se enriquezcan robando los bienes de la bolsa común, esto es
del Estado, pero lo apañamos de hecho y hasta lo aplaudimos tantas veces.
No estamos sanos. Tenemos muchas pestes de que
librarnos. Hay mucha violencia, mucha indiferencia, mucha impiedad, mucha despreocupación
por lo verdaderamente importante.
Hubo un hombre que se preocupaba de los demás, con
gran cuidado y aún a riesgo de su propia vida. Y a pesar de hacer el bien a
todos, recibió males que lo llevaron casi a la desesperación.
Había una joven que quería amar y ser amada, ser la
alegría de sus padres y madre de muchos buenos hijos. Pero no podía encontrar
el amor, que le era arrebatado una y otra vez. Su propósito era generoso y la
respuesta una terrible frustración que la empujó a la idea del suicidio.
Pero el hombre bueno y humillado, no desesperó, sino
que rogó a Dios y se puso en sus manos. La joven, resistió el impulso a huir
por la solución aparente de la autodestrucción y también oró al Señor y se
entregó a su Voluntad.
La oración de ambos fue escuchada y, en el mismo
momento, envió Dios la medicina que los curaría de sus males y les daría una
nueva mirada de la vida, una nueva esperanza a sus deseos, una renovada
historia que compartir.
Esta es la historia que cuenta el Libro bíblico de
Tobias. La medicina de Dios enviada a aquellos que le suplicaron, fue
administrada por un ángel con ese mismo nombre: Medicina de Dios, eso significa
Rafael.
En el sur mendocino, quiso la Providencia de Dios que
este gran Arcángel fuera el patrono de todos los que peregrinamos la vida aquí.
Estamos preparando una vez más su fiesta, para renovar
nuestra adhesión a su patronazgo. Estamos enfermos de muchas miserias. Él,
nuestro santo Patrono, es la Medicina de Aquel que todo lo puede.
“Alaben a Dios y
sólo a Él denle gracias”, dice el Arcángel y nos lo dice a nosotros
también. Alabar a Dios es volver a ponerlo en primer lugar en nuestras vidas y
en todas las cosas (lo hemos “sacado” de tantas realidades). Darle gracias es
conformarse con su Voluntad y vencer todo egoísmo (sólo el amor vence al mal).
Desde nuestra pena y dolor, elevemos la súplica a Dios
y hagamos caso a su enviado, nuestro Patrono.