lunes, 20 de octubre de 2014

Necesitados de medicina

Necesita ser sanado, sólo el que está enfermo. El que está sano, no requiere ningún tratamiento. A veces pensamos estar muy sanos y, al mismo tiempo, nos quejamos de muchas cosas.

Nos duele la inseguridad creciente y casi no reconocemos sus causas. Nos duele ver a los jóvenes atrapados por las adicciones, pero como si fuera ajeno a nuestra responsabilidad. Nos duele que la sociedad, de esta Patria rica y generosa, esté siempre disconforme, quejosa, insatisfecha. Nos duele que algunos se enriquezcan robando los bienes de la bolsa común, esto es del Estado, pero lo apañamos de hecho y hasta lo aplaudimos tantas veces.

No estamos sanos. Tenemos muchas pestes de que librarnos. Hay mucha violencia, mucha indiferencia, mucha impiedad, mucha despreocupación por lo verdaderamente importante.

Hubo un hombre que se preocupaba de los demás, con gran cuidado y aún a riesgo de su propia vida. Y a pesar de hacer el bien a todos, recibió males que lo llevaron casi a la desesperación.

Había una joven que quería amar y ser amada, ser la alegría de sus padres y madre de muchos buenos hijos. Pero no podía encontrar el amor, que le era arrebatado una y otra vez. Su propósito era generoso y la respuesta una terrible frustración que la empujó a la idea del suicidio.

Pero el hombre bueno y humillado, no desesperó, sino que rogó a Dios y se puso en sus manos. La joven, resistió el impulso a huir por la solución aparente de la autodestrucción y también oró al Señor y se entregó a su Voluntad.

La oración de ambos fue escuchada y, en el mismo momento, envió Dios la medicina que los curaría de sus males y les daría una nueva mirada de la vida, una nueva esperanza a sus deseos, una renovada historia que compartir.

Esta es la historia que cuenta el Libro bíblico de Tobias. La medicina de Dios enviada a aquellos que le suplicaron, fue administrada por un ángel con ese mismo nombre: Medicina de Dios, eso significa Rafael.

En el sur mendocino, quiso la Providencia de Dios que este gran Arcángel fuera el patrono de todos los que peregrinamos la vida aquí.

Estamos preparando una vez más su fiesta, para renovar nuestra adhesión a su patronazgo. Estamos enfermos de muchas miserias. Él, nuestro santo Patrono, es la Medicina de Aquel que todo lo puede.

Alaben a Dios y sólo a Él denle gracias”, dice el Arcángel y nos lo dice a nosotros también. Alabar a Dios es volver a ponerlo en primer lugar en nuestras vidas y en todas las cosas (lo hemos “sacado” de tantas realidades). Darle gracias es conformarse con su Voluntad y vencer todo egoísmo (sólo el amor vence al mal).

Desde nuestra pena y dolor, elevemos la súplica a Dios y hagamos caso a su enviado, nuestro Patrono.

viernes, 10 de octubre de 2014

El amor y la vida

No se puede pensar la existencia, sin estos dos valores fundamentales. Es como si cada uno fuera causa y efecto del otro.

No se llega a la vida, sino por amor. Y sin amor no es posible una vida verdadera.

La falta de amor es lo único que pone en peligro la vida. Cuando el amor está asegurado, la vida siempre encuentra refugio.

Creo que se debe negar todo debate a favor de la muerte, como así también debe ser prohibido todo diálogo que excluya el amor. Si por defender la vida, mato el amor, los mato a los dos.

En cuanto al derecho fundamental a la vida, tanto del inocente no nacido, como del hombre en cualquier circunstancia de su vida natural, el amor no se debe permitir ninguna blandura en su defensa. El amor nunca será causa verdadera de un homicidio, esto es, de la muerte de un inocente. No hay amor verdadero entre los motivos que se esgrimen a favor del crimen del aborto, o de las agresiones injustificadas de las guerras.

Alguien se levanta y dice que es por amor a una, que se elige contra la vida de otro; que es por amor a la libertad, que se da licencia para matar al inocente concebido y aún no nacido. Que es por amor de misericordia que se acorta la vida de un enfermo. Pamplinas. Es solo el amor desordenado del propio bien aparente, el que mueve estas decisiones y supuestos derechos, y es algo que se llama egoísmo, nunca amor. ¡Qué paradoja que los que promueven la impunidad del aborto, son justamente los que se salvaron de ser abortados!

Así también, la justa defensa, nunca ha de ser confundida con la maquiavélica estrategia, por el dinero o el poder, que mueve las guerras actuales; ni con los fundamentalismos terroristas que le dan entretención a los locos desalmados, de todas las calañas.

El amor llama a la vida y la protege. La vida requiere del amor, más que del aire para respirar.

No dejemos que nos roben el amor, ni que ha nadie se le niegue el derecho a la vida. Pero hagamos que estos valores sean sostenidos, al modo en que lo hace su Creador. Es de Dios toda vida y el mismo Dios es el Amor.

Él defendió la vida y probó el amor más grande, con la ofrenda de su propia vida en la cruz.

Debemos promover la cultura de la vida, para vencer a la cultura de la muerte; pero hemos de hacerlo desde la perspectiva que nos brinda aquel que es la Vida y el Amor. No hagamos “teatro” de la defensa de los valores fundamentales, más bien tengamos el compromiso positivo de alentar el bien en todas las cosas. Sólo el bien, bien hecho, vence al mal.

viernes, 3 de octubre de 2014

Sobre la impunidad

Muchas veces se oye hablar de este tema, tanto a personas que entienden en el asunto, como a cualquiera que habla desde el dolor sufrido o sólo porque tiene boca…
¿Por qué un chico, sólo por ser menor de 18 o 14 años, no debe ser hecho responsable de sus crímenes? Visto así no más, habría que decir que todo el que superó la infancia debe ser responsable de sus actos y si ha cometido delito, debe pagar por ello.
Pero en esto hay matices que no deben ser soslayados. No se puede pretender que sepan de la misma manera y, por lo tanto, que sean igualmente responsables de sus actos, los que tiene 7 años, los de 14 o los de 18. Esto es claro para cualquiera. La responsabilidad sobre los actos está en directa relación con la capacidad de comprensión que uno tiene de los hechos y sus consecuencias.
Lo mismo podríamos decir de los que son incapaces por razones psicológicas.
En todos estos casos, se prevé el instituto jurídico de la tutela. En el caso de los menores, los primeros tutores son papá y mamá, o alguno de los dos si falta el otro. Cuando faltan o fallan los dos, el Estado, por medio del Juez a quien corresponda, nombra un tutor, para que cuide del menor o del incapaz.
Por razón del derecho natural, el caso de los padres, o del derecho civil, el caso de los tutores judiciales, estos (padres o tutores) se hacen responsables del menor o incapaz y, por lo tanto, de todas sus acciones y las consecuencias que de ellas se sigan.
Es decir que no existe persona humana que pueda decirse absolutamente impune o inimputable de sus actos. Unos son responsables por sí mismos, los mayores de edad, en tanto capaces. Otros lo son por medio de sus tutores (padres o responsables asignados por el Estado).
Pero resulta que un menor comete un delito y, por ser menor, se lo declara inimputable y ¡ya está! ¡Nadie paga nada!!!!
Nadie le cobra la responsabilidad a quienes debían cuidar de él, a quienes debían ser responsables por él.
Allí está el error y la gran hipocresía de nuestro sistema social. Los menores delinquen y los mayores desertan de su responsabilidad, mientras el Estado actúa como un imbécil (= alguien incapaz de asumir su rol) sin hacer nada, ni corregir a nadie.
Para peor, cuando la cosa es grave, los que debían hacerse responsables, hunden al menor en el submundo de los “servicios de contención y reforma de menores judicializados” que, todos lo sabemos y los jueces más, no contienen ni corrigen a nadie. Más aún, son verdaderas escuelas de mayores delincuencias.
La verdadera impunidad que nos sumerge en la inseguridad creciente, es la falta de responsabilidad de quienes deben ejercer la autoridad.