La Patria nació con una unidad de destino que
trascendía sus propias fronteras, el ideal que conjugaba el bien de los pueblos
que la formaban, uniendo en una única empresa la defensa de la fe y del
legítimo patrimonio material.
¡Qué lejos estamos de aquellos héroes!
Hoy, lo que no se arregla a un tanto por ciento de
coimisión, no se hace.
¿Algún partido político ha entregado, alguna vez, a la
justicia a un corrupto de entre sus filas? Ninguno, jamás. Y ¿de dónde salen
los que roban el erario público? ¿Acaso vienen de otro planeta?. ¿Tal vez son
extranjeros infiltrados en el tesoro nacional?
Y ¿con qué gente se forman los gobiernos? ¿Acaso los
importamos de otros pueblos?
¿Quiénes son pues los corruptos? ¡Nosotros!. Los
herederos de una gloria que hemos dilapidado y ensuciado con nuestra indolencia
o con nuestra complicidad.
Somos nosotros, yo, usted, todos y cada uno. Nos
hacemos culpables siempre que toleramos a los corruptos, a los deshonestos, a
los asesinos de guante blanco, a los criminales de la droga y del libertinaje
moral, a los que roban mucho y a los que roban poquito. A los “vivos” que compran
barato lo que otros roban. A los que prefieren vivir de arriba, como sea, antes
que trabajar honestamente.
Pero no vaya a pensar que yo creo que está todo mal en
la Argentina. Ni por lejos.
Todos los días veo jóvenes que no se conforman con que
las cosas estén mal y se ponen a hacer el bien, de muchas y muy variadas
formas, cristianos y de otros credos. Uno sólo de estos jóvenes vale más que un
millón de los corruptos que parecen manejar los hijos de la sociedad. También
al principio de la Patria fueron un puñado los valientes que se levantaron y
pusieron las cosas en orden.
Nos hemos dejado caer, ya es hora que comencemos a
levantarnos. Todavía podemos construir el ideal de nuestros fundadores. Si no
lo procuramos, no mereceremos tener Patria.
María Santísima del Luján, cuyos colores viste la
Patria, ¡ayúdanos a salvarla!
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