Esperen orando, les dijo, la venida del Espíritu Santo
que les dará la fuerza, y luego salgan, salgan, no se queden quietos. Vayan por
todo el mundo, anuncien este misterio a todos los hombres, hasta que yo vuelva.
Se quedaron pasmados, mirando al cielo. No podían
creerlo, se les había ido. Tan atónitos estaban que tuvieron que aparecer unos
ángeles para despertarlos. ¿Qué hacen ahí papando moscas?, les dijeron; este al
que han visto partir, volverá, ¡vayan a cumplir su misión!
Ante tamaño desafío, los discípulos se pusieron a orar
y pasaron diez días haciéndolo, reunidos en torno a María la Madre, tal como
ellos mismos nos lo han contado. Al décimo día llegó la promesa. Quedaron todos
llenos de un fuego tan arrebatador, que se les notaba sobre las cabezas.
Desde entonces la Iglesia no paró ni parará más. El
mensaje debe ser proclamado, el Señor debe ser anunciado, hasta su vuelta en
gloria y majestad.
Este es el tiempo de la Misericordia, pero llegará el
tiempo del Juicio. Hay que aprovechar la Misericordia, hay que cumplir la
misión, hay que hacerlo con apuro, ya que no sabemos ni el día, ni la hora,
pero si sabemos que volverá y pedirá cuentas.
Además, si no nos toca estar para el día en que Él
vuelva, será porque nos tocó morir antes, es decir, encontrarnos antes con Él.
Así que a no remolonear, a no andar perdiendo el tiempo en cosas que se pasan,
que se acaban, en falsos consuelos que no duran para siempre.
Es increíble que, sabiendo esto, haya cristianos que
pasan la vida tan tranquilos, sin misionar, ocupados en su pequeñeces,
perdiendo la vida como si no se les fuera a acabar… Lamentablemente los hay y
los ha habido siempre. Los enemigos de la Iglesia y de su prédica de salvación,
encuentran en estos pusilánimes, pasto para rumiar sus odios.
Pero si hay perezosos, también hay santos. Siempre ha
habido y habrá cristianos con agallas, dispuestos a dar la vida,
cotidianamente, cruenta e incruentamente. Estos son los que cuentan, los otros
pasarán como la niebla. los santos cambian el mundo y todos estamos llamados a
serlo. Ya viene el Señor, que cada uno lo espere, encendida la lámpara de la fe
(y no confundir con velas, eh!).