viernes, 20 de febrero de 2015

¿Por qué la penitencia?

Se podría preguntar, al modo de una analogía, si todavía hacen falta medicinas para curar enfermedades. En ese caso, la respuesta sería clara, mientras existan las enfermedades, serán indispensables las medicinas.

Así mientras exista pecado, será necesaria la penitencia para reparar la culpa.

Algunos se oponen a esta afirmación. Dicen que, efectivamente, el pecado exige reparación, pero que ésta ya se ha dado de una vez para siempre y para todos. La revelación divina nos ensaña que Jesucristo ha pagado en la cruz por todos los pecados, de todos los hombres, de todos los tiempos, aún los todavía no cometidos. Es cierto. Pero San Pablo nos enseña que “hay que completar en nosotros, lo que falta a la Pasión de Cristo”.

En cuanto al pago por el pecado, exigido por la divina justicia, a la Pasión de Cristo no le falta nada. Constituye el definitivo triunfo de la gracia de Dios sobre todo pecado y esa justicia es la que se nos aplica por medio del Bautismo, como camino ordinario, sin excluir los infinitos caminos extraordinarios que Dios puede dar a los hombres, para cumplir su voluntad de salvar a todos.

Si la Pasión de Cristo ha satisfecho de manera plena y definitiva la deuda de los pecados, cómo es que el apóstol habla de “completar lo que falta a la Pasión de Cristo”. ¿Qué le falta que debamos nosotros completar? ¿Qué hay de lo nuestro que pueda pagar la deuda de un solo pecado y qué imperfección podría tener la misericordia del Redentor?

La Misericordia de Dios, obrada por la Pasión y Muerte de Jesucristo, su divino Hijo, no tiene imperfección alguna. Es acto de Dios y es, por lo tanto, perfecto y completo. Una sola cosa es capaz de frustrar sus efectos y es la libertad de cada hombre. Para obtener sus frutos es necesario creer y obedecer. Si bien, la fe y la posibilidad de ser discípulos, se nos dan juntas en el Bautismo, así como el ser plenamente humanos se nos da desde la concepción, pero debe ir desarrollándose poco a poco, hasta llegar a la plenitud; de semejante manera, la gracia recibida de la Pasión de Cristo no requiere de un nuevo mérito de parte del hombre, pero sí de su continua y constante aceptación. La misma gracia que nos rescata en el Bautismo, nos vuelve a santificar en cada Reconciliación o Confesión, pero no de un modo mágico, sino al modo de lo humano, es decir con nuestra colaboración, con nuestra aceptación. Para eso es necesario, entre otras cosas la penitencia, esto es, los sacrificios y privaciones que podamos realizar libremente. La Iglesia nos pide realizarlos siempre. Cada semana nos lo pide especialmente los viernes; y una vez al año en el tiempo de Cuaresma, con 40 días de oportuna y vivificante penitencia. Estamos en ese período del año, no dejemos de aprovecharlo.

domingo, 1 de febrero de 2015

Agradecer las primicias

En nuestra Mendoza, al llegar a los actos principales de la Fiesta de la Vendimia, lo primero es la Bendición de los Frutos, o lo que los antiguos llamaban, la presentación a Dios de las primicias de la cosecha. ¿Por qué? Porque somos administradores de una finca cuyo dueño es Dios, por eso lo primero y lo mejor ha de ofrecerse al dueño.

Después del pecado, la primera gran crisis de la humanidad, consecuencia de la primera desobediencia, fue el homicidio. Descuidado de la Voluntad de Dios, el hombre se volvió lobo del hombre.

La Sagrada Escritura nos describe aquella terrible consecuencia del pecado, con el enfrentamiento entre Caín y Abel. Y justamente se presenta en el marco de la ofrenda de las primicias. Caín era agricultor, Abel era pastor. Mientras Abel presentó a Dios lo mejor de su rebaño, Caín sólo le ofreció las sobras. Dios aceptó con agrado la ofrenda de Abel y, por supuesto, no pudo quedar agradado con el egoísmo avaro de Caín. Pero, este, en lugar de pedir perdón a Dios por su ofensa, se volvió feroz contra su hermano, y por envidia lo mató.

La sangre de Abel es profecía de la de Cristo, el verdadero Justo que ofrece a Dios la mejor primicia, su propia vida en rescate por la multitud.

Sigue habiendo “caínes” que ofrecen a Dios mentiras, sobras, falsos dones. Pero también, sigue habiendo muchos que, como Abel, dan a Dios lo mejor de sí.

En la Bendición de los Frutos de nuestra fiesta vendimial, unimos el verdadero deseo de dar a Dios las gracias por los frutos conseguidos, con el don perfecto del amor de Cristo con el que esperamos sean bendecidos.

Dios no necesita de uvas y duraznos, eso es evidente. Pero sí espera corazones obedientes, que le den lo mejor de sí mismos, que es lo menos que podemos dar a Aquel de quien todo recibimos.

Al participar de la Bendición de los Frutos, en esta nueva Vendimia, ojalá no lo hagamos sólo por participar de un bello espectáculo, de una costumbre tradicional de nuestra tierra y nada más. Estaríamos haciendo algo bueno, pero insuficiente.

Sería bueno que vayamos a poner nuestros corazones ante Dios, a rendirle la debida alabanza. Con un corazón contrito, porque mucho hemos maltratado la finca del Señor. Vayamos al encuentro de aquel que nos ama hasta el exceso más increíble, que es colmarnos de la bendición que no merecemos, pero que Él mismo nos ha conseguido al precio de su sangre.

Cuando el sacerdote invoque el Nombre Santo sobre el fruto de nuestro trabajo, saquemos de nuestros corazones todos los avaros egoísmos de Caín, para poner la pura y limpia intención de Abel. Y a partir de esa mejor intención, al sonar la reja del arado, comencemos, no tanto una fiesta más, sino una vida nueva, mejor.