Así mientras exista pecado, será necesaria la penitencia
para reparar la culpa.
Algunos se oponen a esta afirmación. Dicen que,
efectivamente, el pecado exige reparación, pero que ésta ya se ha dado de una
vez para siempre y para todos. La revelación divina nos ensaña que Jesucristo
ha pagado en la cruz por todos los pecados, de todos los hombres, de todos los
tiempos, aún los todavía no cometidos. Es cierto. Pero San Pablo nos enseña que
“hay que completar en nosotros, lo que falta a la Pasión de Cristo”.
En cuanto al pago por el pecado, exigido por la divina
justicia, a la Pasión de Cristo no le falta nada. Constituye el definitivo
triunfo de la gracia de Dios sobre todo pecado y esa justicia es la que se nos
aplica por medio del Bautismo, como camino ordinario, sin excluir los infinitos
caminos extraordinarios que Dios puede dar a los hombres, para cumplir su voluntad
de salvar a todos.
Si la Pasión de Cristo ha satisfecho de manera plena y
definitiva la deuda de los pecados, cómo es que el apóstol habla de “completar
lo que falta a la Pasión de Cristo”. ¿Qué le falta que debamos nosotros
completar? ¿Qué hay de lo nuestro que pueda pagar la deuda de un solo pecado y
qué imperfección podría tener la misericordia del Redentor?
La Misericordia de Dios, obrada por la Pasión y Muerte
de Jesucristo, su divino Hijo, no tiene imperfección alguna. Es acto de Dios y
es, por lo tanto, perfecto y completo. Una sola cosa es capaz de frustrar sus
efectos y es la libertad de cada hombre. Para obtener sus frutos es necesario
creer y obedecer. Si bien, la fe y la posibilidad de ser discípulos, se nos dan
juntas en el Bautismo, así como el ser plenamente humanos se nos da desde la
concepción, pero debe ir desarrollándose poco a poco, hasta llegar a la
plenitud; de semejante manera, la gracia recibida de la Pasión de Cristo no
requiere de un nuevo mérito de parte del hombre, pero sí de su continua y
constante aceptación. La misma gracia que nos rescata en el Bautismo, nos
vuelve a santificar en cada Reconciliación o Confesión, pero no de un modo
mágico, sino al modo de lo humano, es decir con nuestra colaboración, con nuestra aceptación.
Para eso es necesario, entre otras cosas la penitencia, esto es, los
sacrificios y privaciones que podamos realizar libremente. La Iglesia nos pide
realizarlos siempre. Cada semana nos lo pide especialmente los viernes; y una vez al año
en el tiempo de Cuaresma, con 40 días de oportuna y vivificante penitencia. Estamos
en ese período del año, no dejemos de aprovecharlo.