Ver aquella bonita película me trajo a la memoria
tantas otras y, sobre todo, pensar en lo que produce en el alma el recuerdo de
esas bonitas películas. Cuánto más cuando se refieren a historias reales,
verdaderas. Porque entonces, además de la armonía de los sentidos, producen una
gran tranquilidad y confianza en el alma, ya que lo que agrada y entusiasma, ha
resultado posible y real. Por lo tanto, también imitable.
Cuando, al encender la imagen, se presentó ante mi la
historia que ya conocía representada, que tanto me había gustado y emocionado,
todo en mi se dispuso a revivirlo. Hasta me acomodé distinto en el asiento que
ocupaba y busqué que nada, ni nadie, me interrumpiera de aquel revivir la
experiencia de armonía que la película había dejado en mi interior en otras
oportunidades. Ya estaba empezada, pero no hacía falta volver al principio,
porque el recuerdo era muy vívido y toda la historia fluyó al instante, como
recuerdo presente. Y me dejé llevar. Y me emocionó de nuevo. Y me transportó a
ese momento único de la primera vez que la vi. Y despertó de nuevo en mi todo
el conjunto armonizador de sentimientos de que resultó capaz para mi. No voy a
contarle de qué película se trata porque eso es lo de menos. Al fin y al cabo,
sobre gustos, se ha escrito mucho y cada cual tiene su propia biblioteca.
Ha comenzado la Cuaresma. ¿Qué tiene que ver? Es que
nos hemos dispuesto a revivir las escenas de una bonita película, que ya hemos
visto antes y tantas veces. Se trata no de una ficción agradable, sino de una
historia de amor real, histórica y actualísima. Porque el amor es siempre vivo
y actual, si es verdadero. Vamos a revivir la historia de amor más grande de la
humanidad, la que nos lleva a Dios, al Amor. Revisemos nuestro proyecto cuaresmal, preparemos todo bien y dejémonos
llevar hacia la Pascua.