La expresión “interrupción
del embarazo” es un eufemismo hipócrita, por el que se trata de disimular
en qué consiste esta acción del aborto provocado: el homicidio más vil y
miserable, el asesinato de un varón o una mujer, aún no ha nacido, pero ya
existente y que debe ser protegido.
Agregarle a esta hipócrita condena a muerte la palabra
“legal”, es establecer el derecho y
hasta la obligación, según este mismo adefesio pretendidamente legal, de
dictar oficialmente la pena de muerte de los inocentes por nacer, sin
juicio ni defensa.
Que se pretenda que existen “personas con derecho” a asesinar a seres humanos nonatos, por el motivo que
sea, es una monstruosidad digna del nazismo o de las peores prácticas del
paganismo precristiano.
Que este engendro de injusticia y malignidad esté
rubricado por las más altas autoridades, que para vergüenza suya se declaran
cristianos, convierte a sus autores en criminales de lesa humanidad. Hay que recordarles que, a menos que se arrepientan
y reparen, no podrán escapar de la justa ira de Dios, que protege a los débiles
y aplasta a los soberbios.
El perverso “protocolo” pretende imponerse sobre las
conciencias personales e institucionales, prohibiendo de hecho la objeción de
conciencia, actitud comparable a las criminales órdenes de Nerón o de Hittler,
que al menos no tenían la hipocresía de llamarse cristianos o defensores de la
causa del pueblo.
La Conferencia Episcopal Argentina ha emitido un claro
mensaje al respecto (que invito a buscar en los medios y leer con atención). En ella
recuerdan la sabia advertencia ética de
San Juan Pablo II cuando expresó que "en el caso de una ley
intrínsecamente injusta, como es la que admite el aborto o la eutanasia, nunca
es lícito someterse a ella". Por lo tanto es necesario decir
claramente que nadie, ni los simples ciudadanos, ni los profesionales de la
salud (médicos, enfermeros, etc.), ni la autoridades políticas o judiciales,
nadie debe aceptar este protocolo y mucho menos ejecutarlo, sin caer en el
delito agravado de homicidio.
Oremos
por nuestros gobernantes para que se arrepientan de su crimen y reparen
urgentemente sus nefastas consecuencias. Que protejan la vida y la defiendan.
Que procuren condiciones verdaderamente dignas para la vida y virtud de los
jóvenes y destierren la corrupción que los pervierte, en lugar de promover
mayores crímenes.
Roguemos
a Dios, por la sangre derramada de inocentes asesinados en el vientre de sus
madres, que tenga piedad de la Patria en la que se cometen tan aberrantes
crímenes.