Es un mensaje breve, pero de mucho contenido. De todos
modos no nos cabe en el espacio de esta columna, por lo que trataremos de
compartir una síntesis.
Empieza recordándonos que, al hacerse hombre, el Hijo
de Dios no aparentó ser como nosotros, sino que lo fue realmente. Se bajó a
nuestra condición, se “vistió” de nuestra pobreza, de la miseria de nuestros
pecados. No se hizo pecador, pues no dejó de ser Dios, pero se hizo cargo de
todas las consecuencias del pecado, sufriéndolas verdaderamente, cargó sobre sí
y llevó nuestros pecados hasta el altar de la Cruz, para pagar nuestra deuda.
Su solidaridad no es una apariencia, no es la limosna que se arroja desde lo
alto de la abundancia, como una sobra que se tira.
Esta “pobreza” con la que Jesús nos “enriquece”, es su
amor por nosotros y es también el “modo” con el que nos ama. Su amor es la
“gracia”, el regalo que nos hace para darnos aquello que jamás hubiéramos
obtenido por nosotros mismos. Ni el mejor de los hombres, ni todos los hombres
juntos, podríamos haber dado satisfacción a la dignidad de Dios ofendida por
nuestros pecados. Nos excede totalmente. Él se hace cargo, haciéndose pobre de
nuestra pobreza, para darnos de su riqueza, haciéndonos capaces de aquello que
perdimos pecando.
Y hace algo más, nos invita a ser socios suyos en este
acto de amor, siempre renovado y siempre salvador.
El Papa reflexiona sobre la triple miseria en la que
caemos los hombres y de la que Él nos rescata. En primer lugar la miseria
material, esto es la insuficiencia de las cosas que aseguran la vida digna de
un hombre. Lo que habitualmente llamamos pobreza o indigencia.
En segundo lugar está la miseria moral, que es aquella
en la que caen incluso quienes no padecen pobreza material, dejándose arrastrar
por las adicciones (alcohol, drogas, sexo desordenado). Esta clase de pobreza
es mucho más grave, envilece a quien la padece y se contagia con gravísimas
consecuencias.
Por último la miseria espiritual. Es la de aquellos
que creen poder vivir sin Dios, por ignorancia o rechazo. Es la peor miseria,
la que rechaza los bienes eternos, rechazando al único que puede proveerlos.
El Papa invita a los fieles a procurar vencer estas
miserias y, sobre todo, ayudando a otros a salir de ellas. Ser generosos en
nuestras limosnas, hasta que duela, para que sean verdaderas. Mostrar por el
testimonio, el verdadero sentido de la vida, dando de lo que Dios nos ha dado, un
amor concretado en obras.